jueves, julio 14, 2016

Hace un mes murió Pavlova.
Pavlova nació en casa de una amiga de mi madre. Fue un embarazo extraño porque en la camada sólo existía ella. La hija de esa amiga es bailarina y le puso el nombre de Pavlova a la única cachorra nacida. Así que Pavlova llegó con nosotros ya bautizada. Como hija única nunca se acostumbró a convivir con otros gatos y ese fue el primer conflicto que tuvo cuando llegó a vivir con nosotras. Ya existían otras dos gatas. Ella ocuparía el puesto de la hermana menor. Pero nunca lo ocupó y siempre se opuso a usar el mismo arenero de las otras dos gatas. Pavlova hacía todo afuera del arenero, en una esquina de la regadera. Esta gata es muy cochina por eso hace eso, decían. Mi hermana y mi mamá se tardaron un par de años en entender la indirecta. Necesitaba otro arenero. No era una gata cochina.

*

Tenía 11 años cuando llegó a vivir conmigo en el Downtown.
Cuando me separé mi hermana me insistió en que no me llevara a ninguna de las gatas de mi matrimonio. Adopta a Pavlo. Pavlo necesita vivir sola, alejada de gatos. Para este momento ya no sólo había un arenero extra en la casa, ya había una sobrepoblación de animales. Pavlo se había convertido en la tía amargada de cuatro gatos. Y la hermana arisca de dos. Aquí no vive feliz. Está tan infeliz que se lame todo el tiempo la panza y tiene completamente pelón el vientre. 
Mi mamá me la fue a dejar un día a mi departamento y Pavlova se escondió rápidamente adentro del edredón.
Cuando me fui a dormir salió disparada y no la volví a ver. Me fui a trabajar y cuando regresé la volví a encontrar escondida en el edredón. Así pasó cerca de un mes hasta que se acostumbró a verme. Si bien habíamos vivido en algún momento de la historia en la misma casa de mi madre, de eso ya no quedaba más que un vago recuerdo. El amor que nos pudimos tener nació justamente en esta etapa de mi vida.

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Pavlova odiaba a los gatos y a los perros. 
Sólo una vez intenté que conviviera con un perro. Foster era un perro salchicha que intentó hacer migas con Pavlova en cuanto la vio. Pavlova por supuesto le soltó un par de zarpazos y después se fue a esconder al closet. Nunca más volvió Foster al departamento. Tampoco su dueño.
Después llegó a vivir por una temporada Vicky. Y ahí nos dimos cuenta que a Pavlova le gustaba el tabaco. El catnip que mi mamá me había regalado le daba exactamente lo mismo. Pero no el olor del cigarro. Un día despertamos y encontramos los cigarros de Vicky completamente mordisqueados. Vicky me decía que cuando yo me iba a la oficina, Pavlo y él tenían un diálogo privado. Pavlova me obliga a dormir la siesta. Y yo la llamo a ella y viene.
Vicky también es hijo único como Pavlova y entendía el mundo desde ese extraño lugar en donde el amor, las preocupaciones y las expectativas de los padres sólo señalan un sujeto. Pavlova dormía en mi lugar cuando Vicky se quedaba solo. Y en los pies de la cama cuando dormíamos juntos. Los dos se quedaban dormidos hasta muy tarde en la mañana. 
Voy a decir lo que todos dicen de sus mascotas: no era como cualquier gatita.
No lo era. Cuando había reuniones solía esconderse. Cuando sólo éramos unos cuantos salía a vigilar a la comitiva. Desde el banco del piano observaba el comedor en donde solíamos sentarnos alrededor de la mesa a tomar cerveza, coca y empanadas. A veces se refugiaba en el cuarto y ahí esperaba a que todos se fueran. Otras se quedaba dormida en el tapete de la sala.

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Cuando Graciela vivió en mi casa a principios de año se enamoró de la personalidad que tenía mi gata. Pavlo, dueña por supuesto del piso y del downtown, ya sabía cómo tratar con seres humanos en cualquier estado o situación sentimental.
Descubrimos que Pavlova amaba el sonido del piano. Que ronroneaba cuando Graciela comenzaba a cantar. Y se acurrucaba en su axila cuando nos íbamos a dormir.
¿Por qué rasca tanto su arenero por las noches?, me preguntó G.
El ruido de cómo rascaba y rascaba inundaba toda la habitación como si estuviera encima de nosotras. Parecía que Pavlova nos anunciaba que estaba en el baño. 
Rascar en su arenero, rascar el sillón gris, rascar el sillón café, esos eran los ruidos cotidianos en el departamento.
Quiero un gato como Pavlova, me dijo Graciela.
No hay nadie como Pavlova, llévate a Pavlova si la quieres.

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Y Pavlova se fue a Berlín. Con sus patitas rasuradas de los análisis que le tomaron y su microchip insertado en el lomo de su cuerpo. Fui a dejarlas al aeropuerto con el corazón comprimido. Aunque había tomado la decisión sentía que ese viaje me alejaría por siempre de mi gata. Esto sólo era el inicio de un largo adiós.
¿Quién me esperaría en Allende? ¿A quién tendría que ir a alimentar? ¿Quién sería la razón para volver a casa?

*
Pero Pavlo se acostumbró rápidamente a la buena vida.
Pavlova tenía el cotidiano olor de cemento mojado de República de Cuba.
Allá descubrió el sonido de los cuervos y el olor de la primavera. La corteza y las hojas desprenden el olor del almidón. Su cuerpo se acomodaba en el límite de la puerta y el balcón. 
Nunca en su vida había tenido un balcón. Afuera sólo árboles y pájaros.
Al mes llegué también yo. Quería ver a mi gata. Quería comprobar con mis ojos que estaba bien. Y sí. Ahí encontré a Pavlo. En otra vida, en otra atmósfera, con otros sobrenombres, con otros personajes a quien vigilar desde una silla del departamento.

*
Hace un mes murió Pavlova.
Fue una negligencia médica. La inyectaron pensando que tenía una infección en la garganta y el medicamento le hizo una reacción alérgica que le costó la vida. En tres días tuvimos que despedirnos de ella.
Su nariz rosada no volverá a oler el aire.
Su tope borrego no volverá a golpear mi pierna.
Su hermosa carita no me verá de soslayo.
Estuvimos con ella cuando le pusieron una inyección letal. Teníamos que dormirla. Los veterinarios usan esa palabra "dormir" "sleep". No dicen "matar", "morir".
Graciela estaba a mi lado. Y no supimos qué hacer con su cuerpo recién fallecido.
Tuve que inventar algo. Si existe el ritual de la muerte es porque existe una cultura del amor.
La misma tragedia de Príamo. Tener el cuerpo para enterrarlo. Nosotras teníamos a nuestra Pavlova. A nuestra Pitzilein. 
Pavli Pavlo. 
Nos despedimos de ella y su carita se acostó en nuestras manos. Es lo mejor para ti. Para que dejes de sufrir. Y las lágrimas. Tantas lágrimas. Y su atenuado maullido. 
Era una queja y un perdón.
No hay escapatoria. Viajaste a Berlín para encontrarte con la muerte.
La muerte tiene lugares extraños de citarnos. Un viaje internacional no es poca cosa.
Mexikoplatz, es la estación del metro más cercana a la clínica veterinaria de la Universidad de Berlín, en donde Pavlova murió.
La doctora nos dejó a solas con su cuerpo.
Graciela me dijo: cierra sus ojos.
Yo lo hice. Después se abrieron de nuevo. Y volví a cerrarlos, ahora apretándolos. No sabía cómo lidiar con su peso muerto. Aún enferma oponía resistencia, pero ahora no había nada, sólo su cuerpo que vence las manos. La envolví en la toalla blanca que había. La envolví como un tamalito. Como me envolvía mi papá cuando era niña y tenía frío. Su cola salía de la toalla.
Escribo ahora por esa colita atigrada que asomaba.

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