viernes, julio 22, 2016

—No he leído eso que escribiste sobre Pavlova.
—¿Lo de mi blog?
—En el Face o en tu blog, no sé, no me interesa leerlo.
—¿Por?
—Porque no quiero sentirme mal.
—Apaga ya la tele.
—No.


*


Comencé a leer el tercer capítulo de la novela de William Gibson.
El archivo adjunto.
Ahí escribe: "Necesita desesperadamente salir de ese laberinto de logos".
No saldrá. Irá al quinto piso en un elevador, la traducción dice ascensor, la descripción es "Sí, un ascensor del tamaño de un armario".  Luego continúa: "sabe que está sola en ese ataúd vertical de espejos y acero bruñido".


*

Recibí un e-mail hoy por la mañana.
Se trata de la compañía de alimentos en donde compré por última vez comida para Pavlova.

Un sábado llevamos a Pavlova al veterinario.
Hacía calor y Graciela se puso un vestido negro. Yo no recuerdo qué me puse, si vestido o pantalón, no importa ahora. La doctora revisó a Pavlova. Tocaba su cuerpo. Está muy bien. Está perfecta. La inyectó, una medicina para su garganta, en su lomo gris con blanco, y dijo, es una infección, nada grave. Luego dijo que la gatita tenía una alergia, que era necesario cambiar su alimentación. En un post-it la doctora escribió una página de Internet. Llegando a casa entré y ordené el alimento. Luego me di cuenta que me había equivocado, necesitaba el que era de alergias. Escribí y me mandaron un mail diciendo que ya estaba la orden realizada pero que mandarían el alimento con alergia y un vale para regresar el otro alimento.
El jueves llegó el alimento, dos paquetes, el de alergia y el normal.
Ese mismo jueves por la mañana habíamos dormido a Pavlova.
Y el alimento se quedó en dos grandes paquetes en el pasillo del departamento. No hicimos nada. La cinta que envolvía las cajas era amarilla. Habría que devolver ese alimento. Sí, pero en otro momento.

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El mundo es extraño. Pavlova is everywhere. Afuera está lloviendo.
Los únicos sonidos que hay son las vibraciones del refrigerador. Los carros pasando en la calle mojada. Y mis dedos tecleando sobre la Macbook.
Ya sé que le dije adiós.
Nunca se puede terminar de acariciar a un gato.

*

Regreso a la novela.
"El e-mail de Parkaboy no lleva texto. Sólo está el archivo adjunto".
Bebo un vaso de agua.
La luz ilumina mi e-book.
"Siempre, ahora, abrir un archivo adjunto que contiene metraje no visto es algo profundamente liminal, un estado umbral, transitorio".
Me encantaría que algo extraño ocurriera.
Que el texto que estoy leyendo, así como puedo elegir su font y tamaño pudiera elegir su narrador.
Con mi dedo índice oprimo la palabra "liminal".
Aparecen dos ventanas. Una con tres iconos: un lápiz, una lupa y un enlace.
La otra sólo dice:
Liminal, adj.
1. Que concierne al comienzo de alguna cosa.
Sigo leyendo:
"Parkaboy ha llamado a su archivo adjunto nº 135".

*

Hago una pausa y voy a la cocina.
Más agua. Recuerdo de la nada una acción que observé por la tarde:
Un hombre en la mesa de junto tomó un sobre de splenda y lo hizo una especie de avión para quitarse comida de entre los dientes. Suena muy asqueroso. No fue tan dramático. Sólo ocupó la envoltura del splenda como si fuera un palillo de madera. Después la aventó sobre la mesa y siguió tomando una taza de café. Era ya un hombre mayor, quizá sesenta o sesenta y cinco años. Mi termómetro de edades nunca falla. Estaba acompañado de una chica, quizá su hija. Ella traía unos tenis anaranjados y unos pantalones negros.

*

Regreso a la novela.
"Hace clic en 'Repetir'. Vuelve a mirarlo.
Abre la página web y recorre con el ratón una página entera de correos. Se han acumulado varios a lo largo del día, a raíz de la aparición del nº 135, pero ahora no le apetece".
La traducción usa la palabra "apetece".
Apetecer.
1. Provocar en una persona deseo o apetencia.
En Madrid conocí a un chico de Soria, una vez me invitó a salir al cine y en lugar de decirme, ¿quieres venir al cine? me dijo: ¿te apetece ir al cine?
Sigo leyendo:
"No parece venir al caso.
Una ola rompe con estrépito, puro agotamiento, contra la cual el café colombiano no le sirve de defensa.
Se quita la ropa, se lava los dientes, con los miembros entumecidos de cansancio y temblorosos por la cafeína, apaga las luces y se arrastra, literalmente, bajo la rígida colcha plateada de la cama de Damien.
Se acurruca allí en posición fetal, fugazmente asombrada, mientras una última ola rompe sobre ella, del grado perfecto y ahora perfectamente revelado de su actual soledad".
Fin del capítulo 3.
Observo la distancia entre perfecto y perfectamente, y me da curiosidad saber cómo está escrito este párrafo en inglés.
La soledad sigue teniendo la imagen de una persona hecha bolita. Dormida y sola.
O también de una persona en un comedor con un foco prendido y la pantalla de la computadora. El e-book refleja la luz del foco. Un avión pasando. Y el sonido de los carros cruzando sobre charcos. Sigue lloviendo. El refrigerador sigue respirando.

*

—Quizá sea bueno que llores. Deberías de llorar.
—No tienes la menor idea de todo lo que he llorado este año. No tienes la menor idea. Podría pasarme cualquier cosa en este momento. Y no me importaría. Podrían llegar cinco tipos con metralletas y pararse frente a nosotros. Estoy cansada, eso es todo.

*

Respondí el e-mail explicando que Pavlova no tenía una alergia. O quizá sí. Pero que tuvimos que dormirla. Escribí esto en mi pésimo inglés. Escribí: we have to sleep her
En este instante recibo una respuesta:

We are sorry to hear about Pavlova and that you had to let her go.
We fully understand your situation.

Kind regards,

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Son las ocho de la mañana en Berlín. Una persona ya está trabajando. Abrió el correo electrónico y comenzó a responder mails. Ahí tienen la cinta amarilla para sellar los paquetes. Esa persona que nunca conoció a Pavlo escribe el nombre de Pavlova en un correo que es también un pésame. Pero no sabe que los ojos de Pavlova eran verdes. No sabe que sus patitas eran blancas y sus almohadillas rosas. No sabe que si recorrías con un dedo su nariz había una pequeña curvatura. Una pequeña jaiba. No sabe que abrí uno de los paquetes y encontré un ratón de tela dentro de la caja. Quería ver el recibo para devolver el paquete y por eso lo abrí. Un juguete para Pavlova.
También estas son las palabras para decir adiós.


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