sábado, abril 07, 2007

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Love me or leave me and let me be lonely
You wont believe me but I love you only
Id rather be lonley than happy with somebody else
Nina Simone

Café de la Conchita: No salir de ahí, cerrar con llave, aunque esa llave tiembla, yo misma estoy temblando porque nunca sé. Primera vez que dejo de hacer dibujitos para poder entrar aquí. Al cuarto para las doce pasó por mí. Entonces podía ver mi reflejo en sus lentes negros. Yo también de negro pero con perfume en las muñecas. Cuando entré a su carro se quitó los lentes y se hizo hacia atrás para verme bien. Un ataque de besos me compone cada recado que escribo en mi libreta. Nina Simone es una casualidad, si la sueño será comprensible. ¿Pero, por qué? A veces todo me parece tan, tan incomprensible. De verdad.
(Estos recados escritos a lápiz envidian mi pluma roja.)
Sueño: figuritas de sal miniaturas, una flor azul en el cuaderno. Mis sueños, esos que no necesito comprar, tienen más adjetivos que ideas, tienen secretos, mentiras. En algún momento la doctora empezó a hablar con un acento extranjero. Desperté y el reloj marcaba las 16:35. Ni un mensaje. El sol en la panza. El verdadero peso está en los cambios, el peso de cambiarle la hoja a la gran rutina, de querer brincar lo incomprensible, pero al mismo tiempo se tiene que caminar lo absurdo, aunque aún así se siga pensando que lo sólido se desvanece en el aire, no, hay cosas que no se desvanecen. Mirar bien esa eternidad detrás de nosotros, no quitarle la mirada. Esa araña en la cabecera no está tejiendo destinos, está lapidando mis preguntas, esas preguntas que me siguen doliendo por debajo de las uñas cuando rasco las ideas, cuando me crece la comezón o el sol me sigue dando en la cara. Parpadeando sílabas absurdas, una y otra vez, al margen de todo dibujo, y telón y escrito y amor Cacharel.
Lo que quiero es entrar al cubo de arena y cerrar la ventana de media luna.
Café y dona de azúcar: Pero a pesar del ataque de besos, era impresionante la cantidad de nombres que pronuncio mal, porque en cada uno me interrumpía con la pronunciación correcta, misma que yo repetía, perdón, repetía bien.
Luego mi barbilla en su mano, mis ojos miraron hacia todos lados de su rostro.
Encontré una ceja blanca parada en medio de las negras. Desde hace tiempo he tratado de atrapar ese pedacito de tiempo que nos hace ser. Bang, bang.
Miedo: He dejado de sentirme tropezada. Tal vez porque he olvidado que los márgenes sirven para dibujar o hacer anotaciones, los márgenes soportan verdades o algunos secretos.
Escribo porque guardo secretos inútiles.


martes, abril 03, 2007

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Abril es el mes más cruel; engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
memorias y anhelos, remueve...
T.S. Eliot


Es así: se ha ido creando un hueco entre el paso del tiempo y mi escritura.

No sé: el mismo día que escribo comienzo una lenta depuración, no sé por qué lo hago, simplemente debería seguir y seguir, pero esto me hace perder la noción de lo que quiero decir. Me siento extraviada y no logro hacer un puente para no caerme en lo que se parece tanto al tiempo muerto. Ese tiempo se va atorando, es precisamente ese tiempo lo que crea un tedio incomprensible, pero no hay tedio, me arde por adentro, es un reflujo de ideas que se mete por los oídos y quema, hay un doblez en la rutina y se tiene que sobrellevar lo mejor posible. El tiempo se vuelve cada vez más feroz, se detiene en una banca, en una librería, pero me mantiene a un lado, estoy a un lado y observo, vigilo cada instante cómo va girando sobre un mismo sitio, puede ser la palma de la mano o el pie en el dintel de una librería, el mundo no se observa desde arriba de los bancos, se tiene encerrado entre tantos libros, oliendo a polilla a naftalina y humedad, absurdo como un sueño, pero de manera lineal se niega a caer sin antes abrir las alas.

—Abril es un mes que no existe. Pero al mismo tiempo se parece a un unicornio.

Hoy soñé que traía un traje de corredor de autos y un paracaídas que me negaba a abrir. En ese momento era un poco tonto abrir mi paracaídas. Pero había algo en el sueño que me emocionaba, sentía alegría y no había papeles tirados como otras veces, los papeles tirados ha ido inundando mis sueños. Primero quería escribir todo esto en una hoja y comencé a dibujarme con los brazos en alto para colocar el paracaídas, yo pensaba dibujarme en el aire, aunque en el sueño no lo haría, sólo hasta el final lo abrí en el pasillo de mi casa, se infló por un momento y después cayó al suelo. Desperté y aún era de día. Pero el absurdo supone la ausencia total de esperanza, no entiendo por qué seguir abriendo los libros como si fueran paracaídas o seguir oliéndolos a pesar de todo, seguir oliendo sus páginas aunque sienta que me hace daño. Entonces todo parecería fuera de este mundo, podría ser el pixel en el universo. Un nuevo acorde de la hora. Estoy convencida de que no voy para ningún lado, no quiero hablar con el gato Cheshire, más bien quiero ser el gato. Cualquier lugar estaría bien si todavía hay frases por perseguir. Hoy estuve tocando el piano largo rato, primero calentando los dedos y luego tratando de recuperar lo que he olvidado. Me cansa saber que el fa seis sostenido no sirve. Es como tratar de escribir sin colocar una vocal como la “e”. Tal vez lo mismo está ocurriendo con estas teclitas, pero no en el texto como en mi mente.

—Abril es el mes de mi cumpleaños.

En la última hoja del libro que estoy leyendo, escribí: “a veces es como si me fuera desprendiendo, entre mi pensamiento y lo que me sostiene cuando doy un paso o abro los brazos en espera de que esa alegría...”. Se corta la frase porque la escribí antes de dormir, cuando cerré el libro y sentía el sopor de la tarde. Las gatas a mi alrededor, me pareció que en ese instante, acostada bocabajo y los brazos a los lados, casi podía bailar dentro de mí, en ese momento sólo pienso en besar a Alberto, de manera obsesiva, besarlo, tal vez de lado.

—Nadie contesta el teléfono, lleva más de diez minutos sonando.

Última frase subrayada mientras Sartre escucha a Nina Simone en un bar:

Qué extraño, qué conmovedor que esta duración sea tan frágil. Nada puede interrumpirla y todo puede quebrantarla, bastaría tan poco para que el disco se detuviera: un resorte roto, un capricho. Esa hermosa voz me gusta sobre todo, no por su amplitud ni su tristeza, sino porque es el acontecimiento que tantas notas han preparado desde lejos, muriendo para que ella nazca.


Yo escucho a Nina cuando de pronto me invade por completo el sueño. Me detengo a escribir en la parte de atrás del libro. Tengo la impresión de que ya no es para mí esto que escribo, indefectiblemente se lo estoy dedicando a la persona que amo, por encima de todo existe esa carta imaginaria que sólo podría entender él, también es linda esta manera, aunque no la única. Estoy saltando las piedritas de agua mientras mi mano está en el único lugar a salvo, contigo (que ahora me lees), subo cada escalón, bajo, subo, como si se pudiera caminar más arriba de la banqueta, en los límites de lo amarillo, de la columna de los árboles. De pronto, en una puerta hay un espejo octagonal y me quedo pasmada, porque en el espejo está escrito “refleja aquí lo que quieres y no lo que puedes o debes”.

Y en este momento podría alzar los brazos al cielo y gritar.

miércoles, marzo 28, 2007

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And if you get in trouble,

Just write and let mi know—

Ethel Waters


Cuando menos me doy cuenta estoy gozando de la felicidad. Es un estado en donde todo lo que me rodea es cómplice de este bienestar; una mano que me toca el cuello por detrás, y esa mano, el reconocimiento de ese calorcito que se acomoda por abajo del cuello de la blusa y me dice que todo está bien, todo está bien, no hay que escribir a nadie como Ethel Waters porque un abrazo embona perfecto con la palabra y el camino, los escalones que hay que bajar para llegar a la librería en donde venden libretas pequeñas, la mirada puesta en una libreta, bella porque está en blanco. Entonces sí es verdad la frase de Time is on my side. Y si yo hubiera comprado la libreta hubiera escrito en la primera hoja: Time is on my side. Yes it is!

Es tanto el goce que ni siquiera lo percibo, tal vez por la cercanía que hay con la paz. Pero hoy ha sido dejarme querer por las pequeñas cosas, quiero decir, todo estuvo perfecto, y comienzo a entender que esta felicidad llena mi corazón cuando desde un hombro voy cayendo al centro de seguridad, a ese límite imaginario que han colocado enfrente del espacio escultórico

y la mirada, los ojos delineados de café y mañanas dejan de ver el sueño, los barandales

gigantes precipicios a un paso de mí, a tres cabezas, a dos piernas que me llevan y

un círculo blanco bien podría encerrar mi alegría a las dos y media

aplazarse quince minutos, tal vez toda la tarde

el sol, el reflejo de mi rostro en unos lentes oscuros, la caminata al borde las piedras que a veces son hojas o son árboles pero siempre un ritual. Me siento realmente plena y sólo me doy cuenta de eso cuando han pasado unas horas y de pronto me descubro tranquila. Me sorprendo a mí misma inquieta porque despierto de esa felicidad, la voy abandonando poco a poco y los pensamientos comienzan su lento bostezo a las ocho de la noche, cuando creo que nada podría salir mal y esa mano en el cuello, aunque se ha ido alejando de mí, de alguna manera sigue tecleando mi nombre en la memoria, se acerca supersónica mientras estoy sola y escribo en mi cuarto.

Sí, la felicidad tiene formas extrañas de manifestarse, es como la sombra que produce una nube y me tiene a salvo por unos instantes, justo como el círculo blanco que promete seguridad, ahí en donde el tiempo ha decidido detenerse un poco, sólo un poco, como los son los besos y los bailes.


domingo, marzo 18, 2007

¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.

Nietzsche


Pero podría ser cualquier lugar en el que yo quepa,

un lavabo

una silla

un librero...

Podría ser escribir.

Ya sé que no me puedo esconder del domingo, ni simular la ausencia que me provoca en el fondo de mí.

Y luego. A veces siento que algunos días me dan dolor de caballo. Mañana es como otro domingo, algo similar porque no hay labores, no hay nada que hacer —aparentemente—, en realidad hay muchas cosas pero ningún tipo de ánimo.

Me prometí a mí misma no escribir triste. No sé. Estoy harta de quejarme. De verdad. A veces siento que cualquier palabra es una queja. Y ya no. Ya no.

Por lo menos hasta algún punto me prometo siempre la vanidad de ser feliz con alguna cosa mínima. Incluso esconderme en un baño que tiene una puerta hacia un patio con bicicletas. O ponerme los lentes que compré por cinco pesos y no le he cambiado las micas. Veo todo desenfocado y sé que hace daño, pero de esta manera veo todo como una fotografía borrosa y me tiene sin cuidado ir así, me quito de encima las miradas de desdén que hay por todas partes. Más bien traer los lentes puestos me hacen ver que en verdad todo tiene un tinte absurdo de ser. Cada movimiento me permite fingir que las cosas son de otro modo.

No me gusta saber de las verdades.

Hace tiempo le dije a Andenken, a mí me gusta que me doren la píldora, de esta manera soy más feliz.

Y sigo creyendo lo mismo.

lunes, marzo 12, 2007

Oh qué será, qué será

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Isolda me sacó una sonrisa el día de hoy.

No lo podía creer, pero sí.

Me puso una canción que me gusta tanto.

Pero tanto.

En el fondo, tengo que decirlo, me da mucha nostalgia porque es una de las canciones que más escuchaba mi papá cuando vivía con nosotras.

Yo creo en muchas cosas que no he visto, y ustedes también, lo sé. No se puede negar la existencia de algo palpado por mas etéreo que sea. No hace falta exhibir una prueba de decencia de aquello que es tan verdadero. El único gesto es creer o no. Algunas veces hasta creer llorando. Se trata de un tema incompleto porque le falta respuesta; respuesta que alguno de ustedes, quizás, le pueda dar.

Una vez dije que escribiría una canción, que seguramente es algo sencillo, pero la verdad es que no, quiero decir, no es nada fácil. Menos si quiero una historia en technicolor y que tenga esa suerte de ritmo viejo que,

me va quitando las palabras,

que se quiebra,

que me hace llorar,

porque en el fondo extrañar siempre es doloroso,

eso ya lo sabía,

pero a veces lo siento,

dejo de pensarlo para sentirlo como un asalto,

como una canción que de pronto se escucha,

y no puedo hacer nada.

(Suspiro largo.)

Las canciones son recuerdos con esquinas exactas, estas canciones siempre me ponen a pensar tantas cosas, oh qué será, qué será.

Uf, sé que debería dejarlo ya, que es inútil, pero a veces sigue doliendo aunque ya no haya costra, aunque todo parezca bien, en el fondo son fantasmas que tocan a la puerta, que están detrás de cada frase, me tocan el hombro cuando escribo, se recargan en mí, me inclino un poco hacia el monitor como si quisiera asomarme a una foto vieja y mirarla, así, mirarla todo el tiempo.

domingo, marzo 11, 2007

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Las aftas mentales. Cada vez que la lengua de la asociación las toca, duele. La idiotez de decir: “Dispongo de poco tiempo—”, cuando es el tiempo el que dispone poco o mucho de ti.

Diario de Andrés Fava, Julio Cortázar.


Quisiera estar dormida todo el domingo. Lo siento, pero es la verdad. Todo el domingo dormida. Aunque a veces me despierto con ganas de estar Feeling Good. A veces con tantas ganas de gritar, con tantas ganas de hacer algo más que no sea un rutina en domingo, pero de gritar en buena medida, de gritar mucho. Abrir la cortina delgada que está por debajo de la cortina gruesa, abrir un poquito la ventana que da hacia la casa a la que no han dejado de crecerle plantas y gallos y perros ladrando, y entonces soltar un buen grito, largo, casi como un silbido. Y no me importaría que saliera la señora que calla el perro a callarme a mí, y estaría bien, sé que estaría bien. Ayer vi una película (Little Miss Sunshine), ahí dicen que es necesario pasar por los años difíciles de la juventud, porque es cuando más se sufre, pero que sin ese sufrimiento no sería posible la vida, entonces el señor (que es el tío de Olive) pone el ejemplo de Proust y su obra, creo que es un muy buen ejemplo, porque sin esos años, en los que la vida parece tan insoportable como un domingo, la magdalena de Proust no tendría efecto. Imagino que el domingo es un día adolescente que no termina por crecer nunca, pero que se tiene que admitir y soportar como una piedrita en el zapato, porque sin ese día, no sé, supongo que sin domingos las personas no envejecerían nunca.

Cosa buena, me asomé a la ventana: Está nublado y me enceguece las ideas esa luz blanca. Ayer se cayeron todas las florecitas moradas que había en las jacarandas. Creo que sólo pude disfrutarlas dos días. Aún así para ser domingo, el simple hecho de que esté nublado lo convierte en un buen síntoma. Y no está tan mal: la cama tendida, me esperan los trastes sucios, guardar la tarta de fruta al refri y ponerme a leer, nada mal. Mi té aún no se enfría, podría ser peor. Podría tener una afta real por adentro de los labios. Podría considerar el domingo como una afta, pero en realidad se trata de un libro en las manos, de una paloma con pelaje sucio, de seguir estudiando, (de ir a lavar los trastes sucios, de ir a lavar los trastes sucios, de ir a lavar los trastes sucios y quedar con los dedos como de viejita), peces a la orilla de la taza, papalotes que no ganan en un concurso, Pavlova panza arriba, rumores on dit y la curiosidad de esperar el lunes, la fronteriza hora del domingo que comienza a ordenarse en palabras, pienso, (pienso en ti que me lees, pienso en decirte que te amo, pero ya lo sabes, es la voluntad, la carita del elefante que está arriba del librero) antes de venir aquí, antes de saber que escribiría, antes de hacer cualquier cosa, rey poderoso, blind melon, imaginé o me inventé un piano en la sala, una armónica en C, me lo imaginé en realidad o sólo cruzo con las ideas tres segundos y después, después me voy a la ventana, el cielo, el tema para la novela, mañana, enteramente mío como los sueños y los caballitos de fieltro.

sábado, marzo 10, 2007


¿Qué había hecho? Había turbado la armonía del universo mágico de donde mi alma sacaba la certidumbre de una existencia inmortal. Estaba maldito quizá por haber querido penetrar un misterio temible, ofendiendo la ley divina; ¡ya no debía esperar más que la cólera y el desprecio! Las sombras irritadas huían lanzando gritos y trazando en el aire círculos fatales, como los pájaros al acercarse la tormenta.

Nerval
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Está nublado y el sol no dará lunares rojos como lollipops. Me gusta quedarme dormida mientras escucho música porque después es la misma música la que me despierta, pasan quince minutos o media hora, el tiempo suficiente para soñar y aún no está la puesta del sol. Y yo. Estoy meciéndome en los colores que escucho. Y yo. Por segunda vez estoy creyendo que el amor, más bien el tiempo, tiempo y amor, son como el vino tinto, bello, pero comienza a meterse sin que me dé cuenta, morados mis dientes, índigo los ojos de Pavlova. ¿Cómo se llama el amor y el tiempo? Ya no el recuerdo.

Ya no tanto una mirada pegada en la médula de la memoria.

I intended to be independently blue...

A la cuenta de tres me iré a la cama. No más Nerval. No más Nina Simone.

lunes, marzo 05, 2007

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Esos sueños que se resisten a morir son como las fotos que demuestran que una luna llena puede caer al piso y ser el faro de un carro, o ser una luz más en la noche, pero no la luna llena, nunca la realidad visible. Necesito más que una fantasía sobre los hombros, necesito un té de arándano que me cure los riñones. Necesito creer de verdad que existe una luna y un sol incrustados en las jambas de la Conchita. Empujar cada deseo lo más que pueda. Dejar de inquietarme por el nuevo día. Me alegra poder escribir aunque sea tarde, pero no sé si estoy entendiendo ese juego del match point, en donde la red tiene la pelotita verde y todo es adentro o afuera, un lado o el otro, monedita de oro, las dos de la tarde, lunes, debería escribir más despacio, pero no se puede, no importa la conciencia si existe la curiosidad y hace que todas las cartas estén volteadas. Y la curiosidad me puede ahogar de ideas falsas, de historias que me invente, de falsas promesas, de palabras no dichas, de encuentros no realizados. Yo misma comienzo a temblar porque hay un malestar. Y no es el domingo, el malestar siempre es la ausencia de lo que se desea y no se tiene, por fin, necesito la ventana abierta, el frío sobre las manos, necesito irme a sentar a una banca y tener frío, porque así me siento viva, porque de alguna manera extraordinaria sé que estoy bien, me ahorro los escalones de la reflexión, estoy bien y no necesito un gatito enrollado en mi dedo para saberlo. Son cosas que se sienten, y ya, no se van aunque yo quiera que se vayan, se van ocultando dentro de mí como las nubes en las formas o las palabras en la retórica.

Naricita.

jueves, marzo 01, 2007

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En realidad si no tuviera el paracaídas del sueño hubiera muerto en un sobresalto.

Es así:

Ayer soñé que estaba sentada en una especie de parque, pero en el sueño yo sabía que era uno de los jardines de la biblioteca, como si ésta tuviera varios. De pronto siento cómo alguien me tapa los ojos con sus manos. Esa persona que está detrás de mí soy yo misma. En el sueño sé que soy yo misma y no quiero voltear a verme, me da miedo. Pero antes de que ese miedo se intensifique se acaba el sueño.

Me quedo pensando que hay algo atrapado. No entiendo por qué el miedo a verme a mí misma. Me deja esa molestia intermitente y no le puedo poner remedio, son como pensamientos rebanados, como frases que no terminaron pero que están suspendidas en mi cabeza. Ay, no lo sé, de pronto me siento atrapada. Pero, ¿por qué atrapada? ¿qué es lo que atrapa? Esa es la pregunta. Eso es lo que me deja fría y no sé que es lo siguiente, no sé por qué me tengo que quedar con esa duda. No sé por qué tengo que guardar silencio y tragar saliva, lavarme la cara con un suspiro que dejará atrás algunas palabras, algunos sueños.

En cada arruguita de su mirada está la tristeza, preguntas sin explicación, puertas cerradas, aroma mont blanc. Debería meterme en un baño caliente, comer frutas, abandonar el café, vivir los miércoles con los brazos abiertos a la casualidad de un cuento, tararear un tango con los pies un dos tres, un dos tres. Pestañear voluntariamente sin sentir que la memoria me sabe a membrillo o me sabe a when you’re smiling.

(Tengo una lapicera llena de dulces de mantequilla.)

Y no importa tener una provisión de jabón para manos, de gorritas de plástico y de tantas cosas más que significan momentos, que son todo lo que tengo junto con mis libros. Las alegrías más simples recopilándose como tal vez los cumpleaños, las pausas tristes, los bigotes, las cejas azules, el alma no se puede escapar por la nariz, no. Cuando mi boca ya no haga vapor en la ventana entonces sí, quiero decir, las alegrías que me traen de regreso, que no me destruyen esa parte del olfato. A veces de tanto pensar creo que ya ninguna medicina podría esconder la angustia que siento cuando veo la escultura naif en el baño. Una carta más y la realidad comienza a tomar ese aspecto lleno de encajes pero sin una manga para cubrir el brazo del sol, esa ronchita roja que comienza siendo nada y se va encajando como los días.

Seguiría escribiendo con un lápiz en la boca sin poder pronunciar ya nada, pero tengo sed desde hace varios días, y por más que tomo agua siento que esa sed comienza a marcarse en mi piel como estas palabras que no quisiera buscar en ningún catálogo, que ojalá fueran una casualidad más, pero en el fondo no lo son, tampoco son un sueño.


martes, febrero 27, 2007


No hay un sueño verdadero que me deje tranquila, no hay un juego entre las palabras que pueda tirar un dado y en lugar de cuatro o seis se peguen puntos negros sobre las horas, esos minutos que pasan boca arriba y me respiran y aunque tengo alas, estoy un poco inmóvil entre un cuadro o una ventana, siempre un movimiento lento que sopla y me huele y aunque tengo aliento, estoy cansada. Pero aún así. Quiero acomodar el deseo entre las líneas de las manos que aprietan el azar y lo avientan, crean esos rumores entre cada tecla o paso de la mente, dedos que aprietan un recuerdo ahogado a fuerza de comprender el destino y el tiempo, mordiendo la cordura de un suspiro y otro, pronto un ombligo que tiene un aro que se atora en la ropa como las palabras, fotografías que se aprietan en los sueños y esas caídas que me despiertan sobresaltada de no dar el salto, de seguir en la cama, de seguir creyendo que tal vez escribir es la caída, que tal vez la mano se desliza en una barba y no en un color sobre la hoja blanca, acaso comprender la noche, el sueño perdido, el pelito en la oreja, el triangulito, la ventana, la luna roja.

domingo, febrero 25, 2007


He doblado esta comezón de los días como a veces el seguro de viajero que me dan apenas me subo a uno de esos camiones, no puedo creer que sean supersónicos, pero son así, me llevan y me traen mirando atardeceres y el sol en la cara y las voces del otro lado, en viajes así los días parecen ser uno solo, parecen no tocar el tiempo. Vengo de no decir nada. Porque nada se acerca a la pesadumbre que dan algunas palabras, porque nada es palabra intermedia con el abismo y el significado, quiero decir, vengo de escribir desesperadamente que estoy contigo, porque no hago otra cosa que dormir en tus silencios, que abrazar tus penas y tratar de protegerte contra el viento y la ausencia.

martes, febrero 20, 2007


Sólo durante un rato más estaré aquí. Porque siento que algo me ha estado apretando, como si me acompañara un moretón en la memoria. Dejé la ventana abierta, ahí la luna, aquí, sé que nada me hará meterme en el closet, esconderme en la manga de mi suéter, un gatito de plata se enrosca en mi anular, en realidad en mi deseo de encender un cerillo, de pintar mis palabras de azul, violeta. Enciendo y apago una vela protegida por mi mano, ya no quiero pensar, esta realidad se deteriora en los párpados, pero.

Si yo rezara sería feliz,

si prendo el cerillo y no se apaga antes de acercarlo al pabilo,

si prendo esa vela es porque veré el pasado,

si todavía quedan líneas por descifrar en mi mano,

si esta mano deja de ser mía porque los nudillos se comiencen a resecar y no hay saliva para ellos,

si la vela se queda encendida y la ventana abierta y mis ojos y mis labios siguen pronunciando el quiebre que me trae de vuelta a esto que se llama tristeza.

No, mira, ya no la mirada de desdén, tengo todas mis palabras como figuritas de migajón, como pensamientos sin mermelada, ni receta, ni alivio, sólo andan por ahí como llaves a punto de perderse.

Si al volverme en el pasillo descubro que mi gata me sigue en silencio,

si le hablo y maúlla,

si le contesto y maúlla,

si el digo “Negra” y maúlla,

si comenzamos un diálogo incomprensible,

si prendo todos los cerillos y no importa que se acaben porque hay muchos, muchos, muchos, tantos como preguntas que nadie responde, tal vez porque la muerte se pronuncia con un movimiento de labios. Y no se puede descifrar y no tolero que sea así. Pero ¿por qué?

Si encuentro que uno de mis recuerdos es totalmente cierto,

si pudiera encender todo lo que pienso en una hoja y desapareciera ese sentimiento de impotencia, de no se puede hacer nada,

si estas palabras pudieran abrir sus brazos,





—Gatito de Cheshire, ¿querría decirme, por favor, qué camino debo tomar para salir de aquí?

—Eso depende mucho del lugar adonde quieras ir —dijo el Gato.

Lewis Carroll


Pero hay algo que me llama a seguir.

Tal vez una luz que se filtra por debajo de la puerta, esa línea delgada de luz que brilla sobre la alfombra y de alguna manera me da paz, no sé cómo explicar esa luz pero sé que es bella. Y sucede cuando lo que quisiera es dormir y dormir, perderme en las cobijas o en las hojas, justo como ahora hago, porque a veces esta es la única salida que encuentro. En realidad quisiera estar en guardia, lista para luchar contra mis sombras y miedos y no tener ese deseo de salir corriendo, de sálvese quien pueda, de sentirme una tonta. Y aunque en el fondo quiera colocar mis manos como superman algo me lo impide, supongo que el mismo camino que me está salvando ahora. Porque sé que estaré mejor, que habrá más cucharitas para tomar la espuma del café, que terminaré recargando mi cabeza hacia abajo como pidiendo que el tiempo no se termine, al menos no por hoy, tal vez porque tengo miedo de que el atardecer no vuelva a ser tan blanco y tan horizonte naranja, quiero decir, una postal bella que nadie compraría pero que hace mi tarde porque puedo rescatarlo, porque me hace recordar que la luna es mentirosa y ahora tiende a sonreírnos, a engañarnos, a decir que cualquier camino que se tome está bien y me quede mirando como por arriba del hombro de mí misma eso que se llama destino y que es inevitable no creer en él, yo lo llamo ronronear y no gruñir, escribir aunque la rama del árbol no tenga un gato y la liebre de marzo, quiero decir los peluches que están sobre la cama sigan contando historias.




viernes, febrero 16, 2007


Dejé la cuchara sobre el pretil de la ventana, inventando un augurio. Porque a veces no entiendo, y aún así estiro el brazo y aunque sé que está el cristal quisiera tocar tu mano, ahhh... casi en un suspiro sé que tu mano me espera haciendo una marca de huellas o bienvenida, es casi como tratar de alcanzar el contorno de tu mirada, de ojos nube, atardecer naranja amarillo violeta, ojos cegados por la luz, alegre como un jeeper creeper. Escribo para respirar fuera de los sueños y traerte otra cosa que no sean las palabras que ya conoces y que a veces te abren los brazos o a veces son como besos melindrosos. La verdad es que quiero quedarme contigo. No confundas lo que te pido con la poesía o con la nube o la puerta, de cualquier modo no será suficiente, quiero decir por la puerta que termina cerrándose. Me oculto en la sombra de esta columna en donde hace dos días había un pájaro muerto y no tuve el valor de levantarlo. A veces no se puede admitir nada, pero, termino cediendo.

Seguirá doliendo a pesar de la indiferencia de cada día. Insisto en mover cada objeto de su lugar, cambiar la caja de monedas viejas, piedras pequeñas, mover las teclas del piano a otro tiempo que no sea el ya labrado, el ya conocido. Si dejo la cuchara sobre el pretil de la ventana es porque tengo la certeza de que tiene que ocurrir algo bueno al día siguiente, y si no ocurre nada tendré que inventar otras maneras, pero siempre buscando tranquilizar el sueño, la palabra. Acariciar el pelaje de mi gata y seguir, seguir aunque la composición de los recuerdos sea un reto para continuar. Pavlova se hace bolita en un rincón de la ventana. Y de pronto me doy cuenta que Pavlova siempre será Pavlova, bailarina de un murmullo, gata consentida, parda, nariz rosa. Pero el rincón de la ventana será siempre el rincón del alma, en donde todo se escucha y todo parece un dictado y la nariz deja de ser rosa para convertirse en una comezón, los viejos rituales, la ausencia en lo cotidiano, la imagen, el no poder hacer nada, el no poder hacer nada. Los recuerdos no cierran cajones sin ropa, los recuerdos se van hundiendo en los ojos hasta que son una lágrima ciega, un pedacito que ha quedado en un atardecer continuo, un instante tan nimio que lacera todo entendimiento, todo intento por comprender. El error es querer comprender lo que no sabemos nombrar, la ausencia es ausencia en todo sentido, incluso de palabras.

Me oculto en el corazón de la mano azul de Chagall. No importa ya pensar o creer en el tiempo roto, el pasado nos mira con desgana y en la memoria un Ícaro va deshilvanando recuerdos y basta con una cuchara, con un conejo café, con una almohadita para viajar.

Pero

¿a dónde se viaja?

Pero

realmente

¿quién está preparado para el conejo que saldrá de la bolsa?




jueves, febrero 08, 2007

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Me coloqué una mascada blanca en la cabeza como hace mi abuela para entrar a estos lugares, no entiendo por qué lo hice, sólo sabía que tenía que hacerlo, este acto es similar que la escritura, a veces sólo sé que tengo que escribirlo, y con la mascada se tiene la opción de morder las orillas cuando las lágrimas, cuando los rezos, cuando inexplicablemente todo vuelva a estar en silencio. Escondí el malestar con las manos cerradas, haciendo una cajita cerca de mi boca, es así, cuando se tiene mucho frío o cuando se tiene mucha pena, esa pena cubierta por el dolor. Crucé cuatro naves para llegar a ese sitio en donde una mujer de suéter rosa rezaba en voz alta. Y estas siluetas, formas que utiliza la voz cuando se arrodilla, cuando necesita sujetarse a lo incomprensible, es tan real ahí adentro, y entonces yo, ah, tantos suspiros, yo que necesito colocar en alguna parte una ausencia que arde por dentro, que está creando una huella honda en el alma. Estos susurros que no entiendo pero que trato de seguir, descifrando las últimas sílabas, repitiendo a veces. Estoy tratando de llegar a Dios en un tarareo, en una música que no entiendo y no me importa entender si existe un camino, si existe por lo menos un barranco en donde arrojar todo estas palabras que no llegan a ninguna parte, me arrodillo, me arrodillo. Estoy tratando de creer, porque si no mis pies se hunden en el absurdo, tal vez por tener las pestañas pegadas a deseos que no se cumplen, porque no se puede con la muerte, porque todo me aprieta el pecho cuando escribo la palabra muerte, porque él no regresará, nunca más, y nunca es una palabra difícil, nunca más. ¿En dónde queda la literatura cuando la realidad nos toca el hombro? ¿en dónde quedan, incluso estas palabras, cuando nada podrá regresar el tiempo? Y por qué, por qué, por qué, por qué. Porque ahora la medicina es colocar saliva detrás de las orejas y repetir en voz baja, sombra del señor San Pedro cúbreme de la impotencia, del enojo, de la tristeza, de la culpa. Sombra del señor San Pedro dame sabiduría para aceptar las cosas que no puedo cambiar. Sombra del señor San Pedro

sombra del señor San Pedro

sombra del señor San Pedro

sombra del señor San Pedro

miércoles, febrero 07, 2007

martes, febrero 06, 2007

Prohibido imaginar que
hay adentro de esta caja


Detrás de todo esto (siempre es detrás, hay que convencerse de que es la idea clave del pensamiento moderno) el Paraíso, el otro mundo, la inocencia hollada que oscuramente se busca llorando, la tierra de Hurqalya. De una manera u otros todos la buscan, todos quieren abrir la puerta para ir a jugar.
Julio Cortázar.

Y aquí Valle-Inclán. Seguramente Julio hubiera envidiado esta gran barba blanca, en primera por su longitud tan cascada y espuma y nube, tan perfecta y adorable. Y en segunda por barba blanca. ¿Hay algo más que eso?
Sí, la de Bachelard, que también es bella, sobre todo porque quisiera ir corriendo y quedarme abrazada a él, quiero decir a todo Bachelard, a su poesía, a sus ensayos, a su persona y a su gran barba. Siento una gran debilidad por estas barbas blancas.


jueves, febrero 01, 2007

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Regina— Siempre supe que, de algún modo, lo que se piensa es falso.

Tomás— Sí, está bien. Los pensamientos, de felicidad que te quitan el sueño, que te arrastran, de los que huyes durante días enteros como barco ante la tormenta, siempre han de ser algo falso.

Robert Musil, Los alucinados.


...los sueños son esa mancha de vino tinto que cayó sobre mi cuaderno y la pasión por la escritura, ah, eso no se quita nunca, eso ha caído y se queda para siempre. Yo no lo decido, no lo decide ni siquiera el sueño que tengo, tampoco la ventanita abierta, los objetos que se van dejando a un lado porque lo único que está en el centro son las manos. Y las manos llevan un poco —un peu— el té, la fe, algo que no se entiende por más que se escriba y los papelitos sólo sigan hablando del amor esa palabra, y sigan diciendo que mañana es jueves o que ya es jueves y apenas noto la diferencia entre ayer y hoy y el miércoles pasado, el año que entra, pero. La diferencia son las pestañas, los zapatos nuevos, el vino tinto que no se conocía, las palabras que se van meciendo alrededor de los márgenes, las cosas que se leen de tamaño natural a la realidad y estupefacción por varias horas, el examen que hay qué hacer, la tarea, el traste sucio, el frasco de cristal, palikari en la vena, la hormiguita que hay que seguir al frasco de azúcar aunque en ese momento sólo quiera leer, o imaginar, je regarde que Musil deja caer un escenario con paredes de tela de las que están cortadas puertas y ventanas, pero qué vida podría dejar caer sus paredes como cortinas que se pueden agitar o salir volando, desprenderse un día, no lo sé, a veces pienso que llegamos al mundo y no elegimos la tercera posibilidad, quiero decir la absurda, dejamos caer las cartas sin entender que el naipe tiene las dos caras unidas, Jano de nuevo nos observa de cerca, pero no abrirá sus puertas, no las abrirá aunque le ofrezca un millón de sillas rojas y ojos a lápiz que pestañean cada que pueden mirar.



Marc Chagall