domingo, enero 27, 2008

es él bruscamente: ahora (antes de empezar a escribir; la razón de que haya empezado a escribir) o ayer, mañana, no hay ninguna indicación previa, él está o no está; ni siquiera puedo decirte que viene, no hay llegada ni partida, él es como un puro presente que se manifiesta o no en este presente sucio, lleno de ecos de pasado y obligaciones de futuro

Julio Cortázar, “Ahí pero dónde, cómo”

Lo cierto es irse. Dejar prendida la luz del buró. Alisar la cama, desdibujar la penumbra, quitar las pelusas, colocar la piyama debajo de la almohada. Hacer una pequeña maleta en donde cabe la computadora, la secadora, la plancha y dos libros. Ahí van mis pequeñas seguridades. Las lecturas de media noche, el vaso de agua. Tener exactamente la misma edad en la que fallece un amigo. Cada minuto sobrevivo con los dedos en el teclado, con un libro entre las piernas, con un cuento, con una cita de Cortázar.

Me mantengo, a veces cierro fuerte los ojos; ya no pienso. Me asomo a esta felicidad que se dobla como seguramente lo hace el universo, como lo hace la voluntad y los sueños. No. No me ovillo en ninguna parte, sólo en las pestañas y deseos, pero no busco escondites, sólo busco comprender mientras me enjabono las manos, mientras pongo un rollo de papel nuevo, mientras me pinto un ojo. Comprender el instante, no la obligación, no el futuro; los pasos de conchita y café. Detrás de la puerta maúlla mi gata. Escribo como si no la escuchara, me digo cosas como si no existiera. Persiste, alza su garrita para tocar la puerta. De esa misma manera quisiera alzar mi garrita y rascar el sentido de cada uno de los días, horas, minutos, aquí, en esta pequeña parte de mí, en esta escritura que sale nada más porque sí, está uno y muchos sentidos, mientras tomo agua, mientras escucho la música, mientras alisto mis cosas para marchar, irme, escribir, dormir, abrirle a la gata.

domingo, enero 20, 2008

Estoy en pleno movimiento.

El acto puro de escribir me arranca y me contrapone, estoy aquí, veo, platico, de vez en cuando me toco el cabello.

La música es el único elemento que recurre con exactitud a los recuerdos, al menos pone en marcha el tiempo de una manera que me parece amable, me hace sonreír por nada.

Y si tintineo mis dedos sobre la ventana soy yo.

Y si tarareo un poco soy yo.

Y si toco un piano imaginario en el pretil de la ventana soy yo,

soy,

soy con una pequeña caricia de polvo en el dedo,

soy en un movimiento,

robotina danzante,

soy,

soy con una llave pegada a mi espalda, brazos abiertos, tic tac,

sólo ahora

marionetilla,

soy un baile de reloj,

soy un minuto lento, cuadrado, hermoso.

Soy un baile y apenas toco el pretil.

Incluso esas horas que pueden caer en el sin sentido se recuperan con palabras, creo que sí, con algunas palabras la realidad adquiere piernas, puede marchar para otra izquierda y otra derecha. O al mismo lugar pero independiente.

Siento, de alguna insospechada manera, cómo se quedan los días bien doblados, como si hubiera mucho espacio para doblar y guardar domingos y fines de semana.

Días caleidoscopio:

Con una simetría perfecta pero con miles de pedacitos a la mitad, incompletos, sin entender el otro lado del prisma, ese reflejo perfecto que corta los recuerdos en dos, en tres, en cuatro. Y las composiciones ya nunca serán las mismas.

lunes, enero 14, 2008



Creo que muchas veces nos encontramos con un doble.

Una persona idéntica a mí que se esconde con mi rostro y que ha sido.

Ese tiempo paralelo en donde las riendas las tiene el otro/el doble.

En todo caso soy yo misma en todas las posibilidades pero quemando las manos en cada una; arrancando los pellejitos que no se deben arrancar porque arde y es molesto.

Mi doble dejó de ser hace seis meses.

A veces me saluda con la mano, me señala quién soy, quién fui, quién puedo volver a ser.

Y me aterra ver ese rostro: observar circunstancias de intranquilidad y angustia de mí para mí.

Como si yo misma le pusiera llave a mi encierro y gritara por salir cuando he sido yo la que echó el cerrojo y tiró la llave a la cloaca.

Procurar circunstancias de goce en donde salen las carencias; los límites a los que me puedo abrir.

Es un poco observar que me hago daño y me escondo de mi propia vigilancia.

A veces el bienestar está asomado en las peores acciones.

Pero si no hubiera esa reticencia de mi doble, creo que no sabría cómo actuar en el ahora, en el hoy. Por lo menos sé lo que ya no quiero. No importa ya nada. Sólo lo que ahora puedo ver, lo que me señala el rostro que fui y me dice a mí misma que ya no más, así no.

La repetición me parece tan de miedo, tan grito de horror, tan sálvese quién pueda que no estoy dispuesta a imitar circunstancias.

Hay hombres que en algún momento dejan de ser ellos y su circunstancia, dice Ortega, hay una hora en donde se anhela ser uno mismo y lo inesperado, uno mismo y el momento en que la puerta que antes y después da al zaguán se entorna lentamente para dejarnos ver el prado donde relincha un unicornio.

Estoy en un momento de plena deriva.

La circunstancia misma ha quedado en la palabra pronunciada, quiero decir, se ha ido con el aliento del café, se ha quedado en el rostro perdido, en la mano que saluda de lejos.

Ya no más señalamientos.

Lo único que me alivia es llegar a tiempo: no quemar la mano en la estufa.

Reordenar el espacio dos segundos antes de quebrar el pie en la misma hendidura.

La puerta que antes y después da al zaguán, en la otra orilla estoy yo misma esperándome innumerables veces.

Yo, y no la otra, pinto un par de alas por debajo de los omóplatos y se iluminan en amarillo y después rojo y azul.

Antes y después, ese prado en donde relincha el deseo de bienestar.

sábado, enero 12, 2008

Hoy tuve la sensación de que tenía que anotar con rapidez todo lo que ocurría por mi mente. Al menos eso traté. Y todo se reducía a un sueño que no he podido pronunciar. Quiero decir que he querido contar pero nunca se ha dado el espacio adecuado. No entiendo por qué. Cuando quería decirlo estaba sentada en el asiento del copiloto y miré que en un edificio había un gato observando los carros. No pude hacer otra cosa que tener la imagen de ese gato. No tiene nada que ver con mi sueño pero fue un momento que impidió que yo hablara. Tenía que acordarme de ese gato toda mi vida. A veces las cosas más absurdas que me pasan en un día tienen que quedarse por siempre conmigo. Recordar ese gato podría valerme la felicidad en un futuro, como si acaso pudiera representar la hora en un momento de crisis.

Mi sueño:

Estoy pecho tierra en una estancia de campo verde (un jardín con muchos árboles). Me siento estresada porque tengo la misión de cuidar a un señor que está escondido en una cabaña cerca de ese lugar. En mi mente tengo la idea de que han matado gente de mi propio equipo. Tengo mucho miedo porque más que en ningún otro momento tengo que tener cuidado. Tengo una pistola y con ella voy apuntando el camino. De pronto me cortan cartucho y me apuntan la cabeza. Pienso que no hay nada que hacer. No siento pánico. Ni siquiera lo veo como una amenaza. Pienso que estoy muerta. Suelto mi arma. Me perdonan la vida porque necesitan usarme de rehén. Me llevan a un carro y me sientan al volante. Exigen que los conduzca a la cabaña. Eso hago. Una pistola me toca la nuca, y sé que si caigo en algún tope o bache podría dispararse la pistola. Tengo cuidado de manejar bien. De repente se voltea el carro y escucho balazos. Matan a la gente que iba conmigo y me rescatan. Me llevan a la cabaña. Entro a la cabaña y veo al señor que tengo que cuidar. Es un hombre de avanzada edad. Me pide que me siente junto de él. Un hombre de mi equipo me dice que me quedaré en la cabaña. Estoy con el señor cuando de pronto muere de causa natural. Es muy viejo y ha muerto. El motivo de la misión, que ha sido cuidarlo, desaparece. No tengo nada en mente pero me siento sumamente aliviada. Sólo tengo que esperar a que regresen los demás para darles la noticia. Se abre la puerta y entra A. Voy corriendo y lo abrazo. Me siento aliviada y lloro. Le digo que me da gusto verlo y estar viva. Me quedo observando su rostro de cerca.

No entiendo nada. A. es muy joven.

¿Qué te ha pasado?

¿De qué?

Te veo muy joven

Sí, me quité la barba

Qué cambio, me encantas

De esta manera podrás casarte conmigo, nadie se dará cuenta de que soy mayor

Tienes razón, nadie se dará cuenta

La barba lo explica todo. Pero en el sueño A. tiene exactamente mi edad, cuando en la realidad es mucho mayor.

Corte a: Yo con A. firmando papeles de matrimonio.

Corte a: Yo con A. de nuevo en el campo verde.

La misión aún no termina.

Es de noche. Tenemos que llegar a una casa y matar a la persona que quería matar al señor que ya murió.

A. está a mi lado. Yo veo un claro en el bosque que lleva directamente a la casa, sólo tengo que correr rapidísimo y esquivar algunas balas.

A. me dice que no lo haga.

Pero no puedo hacerle caso: estoy segura que todo saldrá bien.

Corro.

Corro mucho.

Corro hasta ver de cerca la puerta de la casa.

Y en ese momento me desvanezco.

Alguien me ha dado.

Despierto y no puedo mover mi cuerpo. A. está a mi lado.

¿Cuánto tiempo llevo inconsciente?

Como tres horas

No me puedo mover

No, te estoy poniendo estas sanguijuelas para que recuperes el movimiento de tus piernas

Fin del sueño.

miércoles, enero 09, 2008

Escombré mi librero.

Y me encontré una nota del pasado:

9 de Abril 2006

Domingo de Ramos.

Domingo de árdua cruda.

Believe in Love... Free Love...

Día largo, sin fin ni sentido. Vivir en automático.

Querida. Sí dime.

Mira los árboles

Barren el crepúsculo.

Se ve desde el sillón.

(Ver y no ver) (Frase tachada) Escuchar el movimiento de cómo va y vuelve y se aleja del azul para después ser nube.

Entiendo porque lo señalo con un dedo.

Alzar bajar los brazos como un dulce baile.

Incluso en la oscuridad siguen hojas borrando (tachado) los colores.

Claro, taparme la cabeza con la pañoleta de lunares blancos.

*Freedom. Just Freedom.

Parece la selva.

Pero es solo la ciudad querida.

Muerdo los labios. Trato de acaparar el miedo entre los dientes.

Plumas blancas en el hombro derecho.

Quisiera gritarme con las manos en el aire.

Home Es una manera de darle sentido.

No imagino la fealdad de un hombre inmortal.

Pero, luego, entonces por qué pienso todo esto.

Bien.

Tal vez no sepa y no tenga importancia saber…

Hay un árbol que se rasca en mi ventana todos los días.

Estirar los brazos ya no me despierta.

Es algo así como una mancha que va torciendo todo.

¿Cómo puede existir la posibilidad de ser lo que no se es?

Estos recovecos del pensamiento

Una lista de invitados

Fin del mensaje. Después sigue la hoja en blanco. Las últimas dos frases no tienen puntos. No entiendo qué pasaba conmigo. No entiendo qué tenía en la cabeza cuando agarré esa hoja y me puse a escribir eso. El árbol se sigue rascando en la ventana. Por la fecha de la hoja puedo decir que estaba en un estado de aburrición plena. No sabía que mi vida estaba a punto de cambiar. No lo imaginaba, ni tan sólo un poco, ni la menor sospecha. Vivía, así nomas, vivía. En menos de un mes mi vida daría un cambio tan radical, y yo, yo… Yo ingenua escribía sobre las nubes, y además, sobre “ser lo que no se es”. Creo que esa frase es la premonición.

También la lista de invitados. Pensaba hacer una fiesta que después me arrepentí de hacer y que mi mamá terminó haciendo “fiesta sorpresa”. Pero nunca escribí la lista de invitados. Sólo lo invoqué. Y creo que no estuvo mal. No estuvo mal comprar Ser y tiempo para mi cumpleaños número veintidós.

sábado, enero 05, 2008


No he dejado de pensar que existe un lugar a donde va la otredad. Hablo de esa parte que es capaz de desprenderse de cada persona y marchar hacia alguna parte. Antes de irme a dormir tuve de nuevo la imagen de Sumire. Desaparecida. Con la sensación de que no se escucha muy bien, como si tuviera agua en los oídos. Y así. Con los ojos abiertos a la oscuridad, veía el reflejo de luz en la cortina y pensé dos cosas. Levantarme y escribir. No lo hice. Porque en ese mismo instante lo olvidé, quiero decir, pensé ¿en dónde está mi otredad? Creo que la traigo en la cabeza, acomodada como unos lentes que se pusieron un instante ahí y que se buscan interminablemente. Sí, las dos Idalias están aquí, pegaditas. No quiero despegarlas. Al menos no como lo hizo Sumire, máscara de nieve, japonesita, inabordable.

viernes, enero 04, 2008

botones


No me importa que casi en su mayoría terminen por caerse, como sucede con mis ideas, sobre todo las ideas que son más bien imágenes de un futuro que no existe.

O el futuro es como los botones.

O todo cae invariablemente y deja un hilacho en su lugar.

O se va hacia alguna esquina del sueño.

De cualquier modo va sujetando la existencia, imperceptiblemente, casi de manera transparente o de ave-que-vuela-alto.

Botones que se usan para pagar deudas. Botones que se atoran en la ropa. Botoncitos en forma de guitarra. Botón oculto para reemplazar botón perdido. Botones para sujetar los zapatos de la piyama. Botones con dos y cuatro ojos. Botones de madera para la chamarra de cuadros. Botones en bolsitas de plástico. Botones perdidos en una cajita del librero. Botones para que un gorro se vuelva bolsa. Botoncito del monedero. Botones del suéter; del chaleco; de la bufanda. Botones del cubre edredón y algunos que salen volando.

El tiempo que tengo en la palma de la mano se pierde de la misma manera. El “destino” es como alguno de estos botones; se caen, se intercambian, se pierden, se reemplazan y nadie puede hacer nada al respecto.

martes, enero 01, 2008


Año nuevo.

Sorpresa.

Hago caso a mis supersticiones.

Soy feliz cuando dan resultado.

Si pongo las manos en los bolsillos de la chamarra es para taparme del frío, sólo eso. Si me miro en el espejo y me corto el fleco será de buena suerte. Todo está en las pestañas, en el antifaz de noche, el vino del fin del mundo.

Anoche sin duda el mejor festejo de blues y Sweet home Chicago con una harmónica en do, enloquecedora, bella.

El año nuevo de hoy es como un encuentro con el destino insospechado.

De nuevo se abren las puertas a toda posibilidad. No hay tristeza. Perseverancia trae buena fortuna. En mi oráculo el agua se disuelve, el hielo se rompe, todo se encuentra.

Trompetilla, gorrito, silbato.

Mi mano se encuentra con otra mano. Sólo me importa estar ahí.

Todos los lugares se reducen a mi lugar, copa de vino, blues.

Los recuerdos son el presente, no pienso en lo que pudo ser. Sólo soy. Soy con una blusa roja y zapatillas viejas. Nuevas cucharitas para café en la bolsa.

Nuevas cucharitas que lleven a la boca sorbos de otra realidad.

Sueño. Despierto. Sueño.

Diferente que ayer, la vida se va juntando en las uñas de los dedos, se va desplegando poco a poco, se escribe en las fotos, en los rinconcitos desocupados, en los acordes de la música. No me doy cuenta pero he aprendido como un acto reflejo a sostenerme ante cualquier circunstancia. Y no estoy mal. Nunca lo he estado, sólo que a veces las palabras se acomodan como piquitos y van haciendo cosquillas o van picando la vida de una manera que no es la real. Nunca sé cuál es la real. Escribir las hace reales, al menos en su olor.

Y tengo sueño, tengo sueño de años.

lunes, diciembre 31, 2007

No he desaparecido.
A veces siento que estoy a punto de torcer el pie, la palabra, la mueca.
No miento, he dicho toda la verdad.
En serio, me preguntan qué pienso y digo la primera tontería de la cabeza, no importa su dimensión, no importa que sea trivial, no importa que sea una imagen y no un pensamiento.
De hecho me gusta indagar en la trivialidad de mis pensamientos.
No he desaparecido, aún tengo unos zapatos nuevos en el closet y sólo los he usado una vez.
¿Cuándo será la siguiente?
Hoy, tal vez hoy.
No me hace mejor persona tener zapatos nuevos.
Lo sé.
¿Qué me hace mejor persona?
¿Soy una mejor persona?
Hoy me puse triste por ver con toda claridad un defecto.
Bueno primero me enojé un poco porque pensé, no, claro que no, es un malentendido.
Pero no hay malentendido. Soy horrible. Digo, puedo ser una horrible persona. Como todos supongo, pero todos no me importan.
Digo defecto en el término más amplio.
Un defecto, no esas cosas que digo. Ya no seré así y en el fondo me vale.
Bromas pesadas.
Pero hay bromas que tratan de irrumpir y golpear al otro.
Qué mal.
Me vi como un animalito acorralado al que le han encontrado la pulga en el copete.
Hace tiempo que no me daba cuenta de algo tan íntimo.
Y pienso que no soy tan buena y tan linda como yo pienso que soy, al menos no todo el tiempo, no todas las horas, y quisiera de verdad que yo quisiera.
Pero el cerebro crece cuando una juega ajedrez.
Lo juro.
Una pieza puede ser definitiva.
Pero yo siempre pierdo el turno y la pieza y la torre que hay que comer aunque se pierda el caballo.
No quiero, no va conmigo matar.
En mi pensamiento están ahí todas las piezas atemorizadas por perder, y al final sale la pieza equivocada.
¿Por qué escribo esto?
Porque estoy buscando la manera de escribir la mala broma y no volver a cometer el error.
Una vez leí en el blog de Elsa que ojalá saliera un pingüinito gritando mistake! antes de cometer una burrada.
Oh Dios, yo quería ese pingüino hoy.
Y lo hubo, un poco con retraso, si no me lo hubiera dicho la persona que mató a mi rey con tres fichas, no me hubiera dado cuenta del mal sabor de boca que ocasioné.
Y no sólo una vez.
Ya van varias, me dijo.
Y es año nuevo y no importa, sigo siendo la misma, aunque me prometa ser mejor salen estas cosas un poco desagradables, un poco fuera de lugar, de pena.
Estoy apenada y no tengo cómplices en mi pena.
Andar apenada me hace escribir.
Me da pena ponerme mis zapatos nuevos, siento que no me lo merezco, que tengo que usar mis botitas viejas por ser tan tonta.
Ya pasó.
Pero me da miedo la siguiente.
Escribo para que no se me olviden mis tonterías.
Qué sentimiento.
Quisiera saber por qué.
En el fondo creo que soy tan insegura.
Es lo primero que me viene a la mente: insegura.
Lo segundo es que me da miedo ponerme mis zapatos porque en mi pensamiento mágico eso podría hacer que la noche sea una mala noche.
Escribir hará que todo salga bien.
Aquí estoy,

lunes, diciembre 24, 2007

Entonces el día de la fiesta.

Vengo por aquí porque me gusta escribir en tiempos muertos.

La tarde tiene ese olor frío en la punta de mi nariz.

De pronto las nubes; de pronto un pedacito de poema de Macedonio.

Una canción que se repite interminable.

Algunas felicitaciones por Internet en donde caben todos los pretextos para hacerse presente aunque sea unos momentos, unas palabras, tantas cosas que van lentamente tijereteando el año sin comas ni pausas.

Una vez más.

jueves, diciembre 20, 2007


Saltamontes.

No sé por qué me gusta que me digas saltamontes.

Pero a veces lo repito en mi mente.

Después de que pasan algunos días y no te veo extrañamente pienso en decirte saltamontes para que te acuerdes de mí.

Ando así… de un lugar a otro.

Un poco alterada por cómo se dan ciertas situaciones entre tú y yo, no sé por qué, pero no mal, al menos no tanto.

La otra vez que te escribí, en donde hablo mal de tu collage, no lo hice para que te sintieras agredida aunque fue pesado para ti.

No te escribo para pedirte disculpas porque sigo pensando que tu collage es pasado de moda y no hay nada que hacer para componer eso.

Ahora sólo me viene tu voz diciendo Macmua, o diciendo saltamontes, campeón.

Es curioso pero no tengo ningún objeto que me haga recordarte, ni siquiera un mensaje escrito en donde dibujes algún muñequito o los corazones rotos que a veces pones en tus cartas.

La otra vez revisé todas las cosas que tengo guardadas en el cajón de mi escritorio. Estaba buscando una tarjeta de crédito que ya reporté por perdida pero quería saber si la tenía ahí.

Miré varias veces unas fotografías que están encapsuladas en unos triangulitos que se dirigen a la luz, más bien se observa directamente el negativo.

Hay una en la que estamos juntas, yo soy una niña de siete u ocho años y tú eres un bebé que tiene muy regordete el cuerpo.

Eres un bebé.

Aunque he observado esa fotografía muchas veces, de pronto fue distinto porque caí en la cuenta de que tu mano me aprisiona un dedo de la mía.

Lo que me gusta es que a pesar de que alguien te cargaba, alguien que tiene recortado el rostro, tú sólo me sostienes a mí o yo me sostengo en ti.

Yo me detengo de ti con un dedo.

Yo miro a la cámara, tú me miras a mí.

Cuando era niña me hablaron por teléfono a la casa para decirme que habías nacido.

Estoy segura que la primera vez que sentí que mi vida no sería la misma fue ese día.

Tal vez la manera más verdadera en la que mi vida fue diferente y no como a veces creo que cambia y en realidad sigue siendo un poquito igual.

Por ejemplo, la única navidad que recuerdo fue ese primer año de tu vida cuando te quedaste completamente estupefacta de ver el arbolito de navidad encendido.

Recuerdo también que yo armé el arbolito y lo adorné yo sola porque era pequeño, aunque mi mamá lo subía en una mesita para que se viera alto.

Y fue realmente asombroso saber que era la primera vez que veías esas luces, esos adornos.

Me gustaba saber que todo era por primera vez.

Porque hay primeras veces y no nos damos cuenta.

Lo bueno es que ahora puedo contártelo y estarás feliz.

Es un recuerdo que no está despostillado, no sé por qué lo tengo en la cabeza y por qué te lo escribo, cuando a veces siento que muchas de las cosas que te escribo se pierden en el primer párrafo que te aburre y que dejas de leer.

A veces necesito que lo sepas, como si tuviera una intuición, tal vez la tengo cuando me hablas y me dices que vaya a tu cuarto porque están pasando un video que te gusta.

Esta carta es un poco así.

Te escribo porque no estamos juntas y no puedo ir a tu cuarto.

Te escribo porque me desperté con frío en la cara.

En mi mente me llamaste porque querías las fotos con lentes.

Después empecé por escribir saltamontes.

Porque tú eres la que tiene ese nombre y esa palabra.

Ayer me dijiste que yo te robo el vocabulario, campeón.

Y tal vez tengas razón.

Ayer me platicaste de nuevo la última vez que viste a Laura.

Y me quedo con esa anécdota tuya como si fuera también mía.

He visto a Laura cortándose las uñas de los pies y viendo la tele, diciéndote que al rato irá al hospital.

Diciéndote, Sí hija al rato voy.

Tal vez de verdad tengas una inteligencia que sólo yo entiendo y que nadie más quiere ver o que la ven y se espantan.

Se murió Laura, me dijiste, se murió, no lo puedo creer.

Saltamontes.

Ahora eres bebé, ahora eres la niña que perdió a Laura, ahora eres la niña que dice campeón, ahora eres mandarina con lentes, tonta.

No me gusta que te hagas la tonta, que te dejes pisar tan fácil, que te hagan sufrir, que llores, que no arregles tu cuarto, que fumes tanto, que pienses que eres fea cuando no es así.

(De algún modo tenía que decirte todo esto.)

Isolda.

Mandarina.

Niña que se cree mala que es buena que no puede ser mala porque es bella que huele a cigarro que se quema el cabello que se corta el cabello que se pone los mil aretes.

Saltamontes.

Sólo eso.

lunes, diciembre 17, 2007

Hace rato se fue la luz.

Las horas han sido diferentes. Paso mucho tiempo dormida o mirando por ahí, pintando mis uñas de color rojo. La felicidad es del tamaño de mi barniz, quiero decir que es portátil, la llevo en la uñas, un poco también por debajo de ellas, tal vez en el rostro aunque no creo en esas cosas. Es así, me voy meciendo en los días con una facilidad que hacía quince años no sentía. Porque era niña hace quince años, porque era libre y tenía una gata a la que me dejaron ponerle el nombre que yo quisiera. Era tan cursi como justo en este momento. Nunca he sido tan cursi como ahora y tan obscenamente feliz. Si tuviera oportunidad de nombrar a un gato sería igual que entonces, necesitaría los zapatos de charol negro que usaba, necesitaría una mesa redonda para esconderme abajo. Era bello. Hoy, la envoltura de mi felicidad de los plumoncitos paper mate era justamente como el olor del empaque de los libros de Anagrama. Lo más curioso fue que el plumoncito que más me gustaba, y el primero que se acabó, fue el blanco. Me gustaba escribir sobre colores. Me gustaba escribir sobre hojas blancas en las que las letras apenas y se veían, y es exactamente igual que ahora, porque me encantaría escribir sobre blanco, como si fuera un secreto que se va pintando de alguna manera mágica que sólo dos personas conocen.

El plumoncito blanco no se acabó, más bien la punta se le sumió y no pude volver a utilizarlo.

Los títulos de la colección andanzas están escritos en blanco sobre negro, pero no más, no tienen la apariencia paper mate, aunque una vez más puedo creer firmemente que las oraciones que leo me hablan solamente a mí, lo juro que sí.

Hace rato se fue la luz y dejé de leer tiempo después, mi mente completó algunas frases, se hundieron las palabras de mi libro en la oscuridad pero mis ojos se dieron cuenta un poquito tarde que no podía leer, la velocidad de la oscuridad me espantó.

Leía entonces:
“A los veintidós años […] Sumire se enamoró, […] un amor que lo derribó todo a su paso […] la persona de quien Sumire se enamoró […] era mayor que ella, estaba casada […] Sumire luchaba literalmente con uñas y dientes para convertirse en escritora profesional”.

Murakami.

Ya no tengo miedo.

Cuando tenía veintidós años me enamoré como Sumire: de un amor que lo derribó todo a su paso, pero que ahora me hace sentir, tal vez como Sumire a la mitad de la novela, que no hay moralejas, que he sido ingenua, lo bastante ingenua pero al mismo tiempo intransigente, lo que me ha permitido vivir de otro modo las cosas, tal vez literarias, creo que las he vivido del otro lado, porque mi enamoramiento fue como una cinta de Moebius, ha sido frase sobre frase escrita en blanco o escrita en negro; eso ha sido lo que me ha salvado de tanto romanticismo torpe que sale de los dedos. No lo sé. Es como ir re-signando cada recuerdo a su paso, simplemente decir que dos días han pasado

And Im feeling good
Fish in the sea you know how I feel
River running free you know how I feel
Blossom in the tree you know how I feel

Entonces Sumire:

“Sumire recordaba el sueño hasta en sus menores detalles. Incluso hubiese podido dibujarlo”.

Murakami.

Soñé que él me decía:

“La verdad es que sí quiero una gatita”. La verdad es que yo también.

Y me gusta mucho observar el estudio que está a la vuelta.

Y me gusta que el gato negro esté custodiando el espacio.

Y me gusta poder escribir con los libros abiertos en mis piernas.

Y me gusta estornudar sin tener que contener el sonido del estornudo.

Creo que es parte de todo lo que vengo pensando en el día, además de pensar en pelucas del dieciocho; de pensar montones de cosas que no digo a nadie porque son tontas o porque no vienen a cuento.

viernes, diciembre 07, 2007

Las caricias pueden estar en las libretas y las plumas de colores, en los collares que venden con piedritas verdes, en todas las cosas que caben en la mano. Pero estoy segura que la verdadera caricia está dando la vuelta al carrito del supermercado, en un movimiento libre la mano se detiene en la cintura, el tiempo se cierra entre los dedos y ciñe el instante que dura en subir y bajar por la curva de una sonrisa vertical en el vientre. Una caricia que es un soplo o un robo perfecto.

miércoles, diciembre 05, 2007


Todo el día he tenido mucho frío, no sé por qué, sólo lo siento en la parte de las rodillas, en la nariz, un poco en las mejillas. Me tapé muy bien y me quedé muy dormida. Desperté y a lo lejos veía una nube, como si fuera el perfil de un hombre que está tendido boca arriba y que comienza a girar hacia mí, como si pudiera verme de la misma manera. De pronto su mejilla se empezó a inflar hasta ser una simple nube, la tarde se infla en la misma dirección, los pensamientos más absurdos son verdes y ocultos. Pensar por ejemplo que lo más importante del día se reduce a traer dos kilos de limones en la bolsa y un ejemplar de Rayuela envuelto para regalo. Tantas palabras para subrayar, ahí habrá hongos y lluvia, manteles sucios y manchas en las alfombras para acomodar la vida en otro sitio que no sean siempre nuestros recuerdos. Lo impresionante es que llaman a los recuerdos por vías que no son las usuales, dan otro nombre a lo que se vive, marca el tic tac con una pluma y no con el pie, me recorta la frente con tres ideas que se quedaran detenidas como antes mi presencia en pasadorcitos y valencianas del pantalón, pasadores para estar ahí a fuerza de ver lo imposible. Ahora los pasadorcitos suturan el texto mismo en el que escribo pasado como si fuera el vapor en la ventana, ese eco de mí que se empaña pero que señala distancia, y puedo ver a través del cristal empañado, una vez más tantas cosas que no entiendo, aparecen ahí como el perfil de la nube.

martes, noviembre 20, 2007

Nada le causaba el mayor disgusto que no quedar satisfecho de lo que escribía. Era como si tuviese que atravesar una sala, desnudo, ante cien mil pares de ojos. Las cosas se hacían aborrecibles y la búsqueda de los errores se transformaba en algo muy semejante a encerrarse en el círculo oscuro de una sorda adivinación enrevesada, nada más figurativa, anterior al pensamiento; una adivinación de molusco ciego, solitario y perdido antes de la aparición del hombre, en la cual las palabras se descomponían, primero en letras y luego únicamente en dibujos aislados, lejos del alcance de cualquier inteligencia.
José Revueltas, Los días terrenales.

jueves, noviembre 15, 2007


Y a veces sin darme cuenta espero que ciertas letras se borren, ciertas ideas horribles.

A veces tengo el deseo de estar escribiendo encima de frases que no he podido tachar, frases malas que vienen cuando no quiero, que me dicen tonterías o yo misma. Espero que cambie, incluso ahora, escribir el cambio, la nota que haga muda la palabra y el pensamiento.
Sí, mi memoria es un poco como esas máquinas en donde se atoran las teclas y todas quieren tocar el papel al mismo tiempo. Lo que necesito es llenar de qus algunas de esas hojas.


Cuando espero siempre pienso en lo inesperado, en eso que ya sé que no sucederá.
De cualquier modo me cuento mis historias, me imagino posibilidades, encuentros, escenas que pasan un millón de veces por mi cabeza, soluciones a las escenas, caminos, enojos. No pasa nada. Es increíble cómo pienso en las cosas inesperadas que nunca suceden en mi vida.
Un poco absurdo. Lo absurdo es no darse cuenta.
Las cosas increíbles ocurren tan apretadas a lo cotidiano que verlas todas juntas parece casi inexplicable. Ayer me di cuenta que una farmacia en donde he comprado medicinas para el catarro se llama "Farmacia Unicornio", ese nombre sólo se podría encontrar en una narración, pero ha estado pegado en su imán para el refrigerador y nunca le puse atención. La geometría de la vida está pegada en el refri y podría no darme cuenta, podría cruzar todas las veces posibles y hasta dónde estoy un poco perdida, hasta donde necesito caminar con un jugo en una bolsa, con la mente en blanco, como si de verdad el tiempo no existiera.
Hoy leí que mañana lloverá en la ciudad de México.

lunes, octubre 22, 2007


En realidad es así. He caminado por todo ese borde que baja hacia la facultad y un poco da la vuelta a la obra ahora inconclusa de la biblioteca. Inconclusa como algunas revistas que ponen afuera y las personas llegan y les arrancan los ojos de una manera que pocas veces comprendo. A veces me he quedado dormida sobre la mesa y me doy cuenta que puedo venir a dormir aquí perfectamente, me da pena hacerlo, la verdad es que de un tiempo acá me he sentido avergonzada de dormir tanto, de pelear una explicación para no dormir o mantener la mirada en algún punto que me impida cerrar los ojos. Salir y caminar por el borde de las escaleras que se hace rampa y esténcil. Lo que ha ocurrido conmigo en estos días es como un robo o una paliza, quiero decir, un robo de un libro que ya no tengo o una paliza al propio destino que también ha salido huyendo.
La otra vez salí huyendo, corrí durante veinte minutos, y estoy segura que huía aunque no me moviera de un solo lugar. Es extraño que quiera gritar cuando nadie está gritando. Hago mal en no decir las cosas que me abruman cuando siento que tic tac está marcando por debajo de mis zapatos como una piedrita incómoda. Traté de encontrar esa casualidad que ahora ha ido haciendo nuditos por todas partes en mi vida, que ha colocado un poco de certeza a lo que antes me picaba como esos abrigos de lana que pican por los brazos pero que son tan calientitos. De esta forma he tenido el humor envuelto en las pelusas de la noche, entre pelos de gato y sueños que me obligan a roncar, pero contenta, pero siempre en un baile de Sweet Home Chicago.
Y si corro es sólo como una tirada de dados en donde sé que la suerte está jugando conmigo, ahora es una rosa roja mañana será una rosa amarilla y después azul, pero siempre una rosa que pronuncia y retiene, que inunda lo que más quiero en la vida, que derrumba el mundo en una tarjetita que escribí en la cocina.
Y si huyo es porque he combatido las pequeñas cosas, porque puedo medir el ladrido de un perro con el canto de un gallo, cuando en este mundo las miradas siempre convergen en distintos puntos del tiempo. Y de golpe es lunes y todo se impone. Una cascarita de limón tirada en la calle, un hielo que vienen cargando no sé de dónde, un jugo de naranja que compro en la calle y que lo ponen en una bolsa y a mí me parece un juguete nuevo, a mí me tiene sin cuidado que el señor que me lo venda tenga las manos sucias, hay tantas cosas que no me importan porque sé que me hacen feliz a una hora de la mañana en la que mi cama me puede curar de todo.
Hoy me he puesto unos jeans que son tan-brinca-charcos que en otro momento los hubiera dejado en el closet. Está bien, no estoy triste por ser así. Porque son unos jeans que me quedan bien en la cadera y que tienen una especie de listón con chispitas verdes en la parte de las bolsas. Y esas chispitas me obligan a que todo mí alrededor vaya muy bien. Y que cuando voltee y vea la obra inconclusa de la biblioteca no me tenga que enojar al entrar por la rampa de los albañiles, y tampoco sentir horror por esa tierrita que se ha ido juntando en todo el pasillo. Tengo que vivir con esa tierrita que se mete en los libros, que se cuela entre las palabras, que sabe a tierra y que nubla los días a las cinco de la tarde. Es así, esta realidad que se tiene como los pesos en la chamarra y que da sus visos en fotografías, en sueños que me tienen dormida y angustiada, de otra manera no podría escribir, tal vez es una manera de ser delicada con las horas y el agua de limón con un montón de azúcar y el ruido de las casas; la ciudad en ese doblez cotidiano que nadie quiere comprender y que nos amarra y coloca enfrente, nadie quiere ver las flores por el lado de la raíz. Yo misma me la he pasado caminando a propósito de un poema que levanté de un sueño y que no es mío.
Unos versos que dicen así:
Arde el aliento en un aire de muerte
como una forma que elude el
vocablo
cuando el espectro del mármol levanta
y una fuga a sí misma
encadenada
que marcha al mundo en un andar a tientas
con la doliente
lentitud del humo


Dan Russek

domingo, octubre 07, 2007

Me sorprende lo tremendamente frágil que me encuentro. Y por eso mismo me ausento tanto, me ausento por adentro de mí. La otra vez me preguntó A. ¿Qué piensas? Y con sorpresa me di cuenta que nada, que no había nada en mi cabeza, sólo estaba quieta en el mundo, siendo sin pensar.
Oculta entre algodones, en el botiquín del baño, tengo una cajita con unos pájaros amarillos en la tapa. En esa profundidad de las cosas, en donde sólo caben unos aretes, un anillo y dos pasadores, ahí se encuentra una parte de mi felicidad que me pone la piel de gallina. La cajita no sólo es la tienda de antigüedades que está junto a Moheli. Es también el dibujito de dos pájaros del tamaño de dos pastillas, pero completamente enamorados, totalmente amarillos y con picos encontrados. Creo que si no estuviera esa cajita, esos algodones, ese botiquín, no existiría todo lo demás, quiero decir, esos lugares en donde poco a poco me he ido acomodando y de los cuales no podría ya vivir sin ellos.
En este momento siento que si me tocan la punta de la nariz estallo, porque si vengo a escribir quiero escuchar una canción que sea un poco lo que soy yo, tal vez lo que no puedo gritar lo escucho y me tranquiliza. Porque es así, cada cosa en su lugar, yo en mi escritorio con un cojín nuevo, con un diccionario a lado, sin poder encontrar el significado de esto que me tiene del tamaño de los pájaros, casi a punto de pedir un algodoncito para meterme dentro y no salir. Ah… qué es entonces. Tengo el cabello húmedo y me da frío en todo el cuerpo, incluso en las manos.
En mi pensamiento está una canción llamada St. James Infirmary, un cenicero con una patita rota y el réquiem en octubre de Alfonso Zuñiga.