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miércoles, enero 07, 2015

Me estoy lastimando yo solita y sólo estoy ocupando las palabras para hacerlo.
“Espérame tantito”
Es lo que me la he pasado diciéndole a mi corazón.
Quiero escuchar lo que dice mi pensamiento y encuentro puras frases inconclusas, como si pudiera tartamudear en el fondo de mi ser… ahí aparecen recuerdos que no tienen narración; imágenes que no quiero traducir en palabras.
En dónde se guardaron todas esas cosas. En qué momento fueron tantos mensajes.
Allá afuera hay frío y silencio, no hay ruido en la calle y es lo que más quisiera en este momento, llenar la habitación de ruido para dejar de escucharme.
También quiero escribir: estoy aquí.
Tomando café para despertar en otro momento.

Aquí, como si me cubriera con las dos manos el pecho, un vacío que quisiera desaparecer como si fuera una vela que se apaga.

lunes, marzo 17, 2014

Fue complicado.
Me duele el hombro derecho, en la punta de mi hombro está toda la tristeza del día.
¿Cómo cierras un ciclo de vida tomando tus objetos, subiéndolos a un camión y llevándolos a otro sitio?
La mudanza me asombra.
Me asombra que podamos mudar.
Que una cosa que parecía inmutable e imperecedera de pronto se desvanezca… como la maldita frase de Marx, todo lo sólido se desvanece en el aire.
Esto que era ya no es.
Es de otra manera pero ya nunca esa sala con ese tapete, con esos cuadros, con esa ventana. Otra cosa, quizá el mismo tapete pero en otro sitio, quizá la misma sala pero en otra habitación, y esas cosas ya no son las mismas como yo, yo soy y no soy, aunque suene redundante mencionarlo, mudar es redundante, es quitar algo y volver a ser.
Mudar tiene pegada la esperanza de poder ser otra persona, de reconfigurarnos a nosotros mismos en la medida en la que vamos generando nuestro espacio en otro lugar.
Mudar también tiene ese pedazo de volver a ver quién eres porque hay que revisar papeles, objetos, ropa, qué sirve, qué de todo esto que está a mi alrededor vale la pena guardar y llevar y no más bien tirar a la basura.
¿Quién soy y quién era?
Un afiche de París, Tournée du chat noir, un marco de madera.
Recuerdo que la primera vez que fui a París fue en diciembre del 2001. Compré un afiche en la orilla del Sena. Llegué a México y lo enmarqué y colgué en mi cuarto.
Esta semana lo desempolvé de algún lugar de mi closet, lo observé y me dieron ganas de tirarlo a la basura, de pronto no tenía ningún valor, me pareció un afiche convencional, sé por qué lo compré, sé que me gustaba saber que lo había comprado en el Sena. Pero no es suficiente para conservarlo, de cualquier forma lo envolví y lo mudé. No tengo un espacio pensado para ese gato negro pero de alguna forma sentí que si lo tiraba olvidaría por completo su existencia y lo que representa, que fui, que me gustó, que lo enmarqué y que al final ya no me importa, no lo cuelgo pero sé que esa que era en 2001 ya no soy.
¿Cómo hacen su mudanza los recuerdos?
Un pepinillo de tela del tamaño de un dedo gordo.
Mi gata Persia enloquece con ese pepinillo.
Hoy lo tengo enfrente de mí, encima de un reloj de arena. La carita feliz del pepinillo me observa mientras escribo todo esto. Si ese pepinillo está ahí es porque Persia no está conmigo.
Estar a solas es extraño.
Es como conversar en voz baja todo el tiempo.
¿Qué están haciendo los otros mientras yo estoy aquí y nadie me ve?
Mientras pienso qué hacen y escribo que estoy a solas y me hago un pequeño masaje en mi hombro y un pepinillo me observa.


domingo, julio 21, 2013





Todavía no es un año que Checo se murió.
Me sorprende lo mucho que se puede extrañar a una persona, sobre todo cuando esa persona fue tan querida y tan fundamental para mi vida.
Quizá el mejor homenaje que pude hacerle a mi abuelo fue poder escribir un libro sobre él y presentarlo, festejarlo juntos y además fuera, en todo momento, mi cómplice.
Por eso mismo escribir sobre él ahora es sólo con el deseo de reafirmar lo mucho que lo quería y saber que se lo dije en vida y le escribí cartas, postales y todas aquellas cosas que le quise compartir fueron recibidas, siempre estuvo ahí viendo cada camino que decidía, cada movimiento, Checo estuvo ahí para aprobar o para decir lo que pensaba, para darme su consejo.
Mi abuelo tenía Facebook y correo electrónico. Pero no sólo eso tenía el tiempo y la paciencia de leer el periódico todos los días y si veía alguna caricatura política que le gustara, la recortaba, la pegaba en una hoja en blanco y la escaneaba, después la enviaba por correo a todos sus contactos.
Cuando comencé a recibir esos correos de mi abuelo pensaba que sólo le daba forward a algún correo pero un día estando en su casa fui testigo de todo el ritual. Me dio mucha ternura pero también me di cuenta que mi abuelo estaba conectado al mundo y eso me daba felicidad. Después, cuando me fui a vivir a Madrid mi abuelo no respondió ninguno de mis correos. Y eso fue el síntoma de que mi abuelo estaba ya muy enfermo, tanto, que ya no revisaba su correo.
Regresé a la ciudad de México el 2 de agosto de 2012. Hubo una voz que se repetía entre mi familia: Checo sólo está esperando despedirse de ti. 
Lo fui a visitar. Mi abuelo estaba muy enfermo pero hacía como si sólo estuviera un poco cansado, no quería hacerse el enfermo terminal para nada, no había drama. Así que se levantaba, se vestía y nada más se recostaba como si estuviera tomando una siesta. Me acosté a su lado y estuvimos viendo las olimpiadas: ¿Qué me cuentas muchacha? Me veía con sus ojitos lagañosos y me daba palmadas en la mano.
Las manos de mi abuelo eran grandes, entrelazamos las manos y me quedé acostada junto a él, estando a su lado siempre estaré a salvo, pensé.
El 31 de agosto mi abuelo se murió. Su cuerpo era tan grande que cuando los de la funeraria lo sacaron sus pies no cabían en la camilla así que se los cubrieron con una manta azul. Tendría que escribir sobre esa manta, sobre sus manos, sobre su buen humor incluso antes de morir, sobre cómo todos los relojes comenzaron a sonar y las cosas raras que pasaron ese día que se murió.
Checo era grande y era triste ver que se lo llevaran, más triste que no cupiera en su lecho de muerte. Fui testigo de algo tremendo: mi abuelo se había muerto. 
Fue el día más triste de mi vida. 


No tengo que esperar a que sea agosto para escribir sobre él, siempre estoy escribiendo sobre él. En mi mente van pasando imágenes de todos los años, es aleatorio y sin ningún motivo de pronto pienso cuando Checo me compraba dulces en un puesto frente a la panadería La concha, cuando me cargaba en hombros, cuando me decía hija y decía que mi abuela era mi mamá, no sé por qué hacía eso.
Checo ¡cuánta falta nos haces!
Nos hace falta tu alegría fortuita que traías a nuestra vida porque con tan sólo hacer sonar tu silbato marcabas que ahí estabas y que nos harías enojar, incomodar, comentar en voz baja, darte un codazo, mirarte todos a la vez porque estábamos en medio de una comida en la posta y a nadie del restaurante le hacía gracia escuchar la irrupción de un silbatazo.
Ahora ni silbato, ni comida en la posta, nada, ¿dejamos de ser una familia cuando te moriste? Quizá sí. Sí, dejamos de ser esa familia que tú organizabas a tu alrededor.



Checo, coleccionador de termómetros, de relojes, de búhos.
Acumulador de gorras y revistas National Geographic.
Checo, comedor compulsivo de mentas usher.
Contador de historias como la del General Naranjo al que le aventaban piedras en el panteón del Tepeyac.



Mi abuelo fue también un gran fumador. Checo me dio a fumar mi primer cigarro cuando tenía diez años, fue muy sencillo, le dije que quería fumar de su cigarro y me lo dio, así que yo le di un jalón con todas mis fuerzas y me comencé a ahogar, comencé a toser y me comenzaron a llorar los ojos, Checo se reía muchísimo, no podía con la risa y me daba palmadas en la espalda, después no le dio risa ser regañado por mi abuela, por mi mamá y mi papá, a nadie le hacía gracia lo que hacía.
Fumó gran parte de su vida, así que su carro, un Atlantic rojo, olía a cenicero, cuando lo lavaban seguía oliendo a cigarro impregnado en las vestiduras. 
Cotidianamente cuando entro a un lugar en donde el cigarro ha penetrado en la atmósfera de todo el lugar, sale ese olor característico del carro de mi abuelo. No es difícil encontrar ese olor y aunque no es un aroma que uno quiera meter en una botellita, es el olor que acompañaba a mi abuelo.

Y lo extraño, lo extraño tanto que sueño con él y como en las películas o como en el imaginario o el pensamiento mágico, me da lo mismo; está en mi sueño y sé que está muerto pero está ahí como vivo y es una suerte de visita, entonces platico con él y lo abrazo y lloro muchísimo. Él no llora, está en calma, y me dice que está bien. Pero yo no estoy bien porque despierto y lo sigo extrañando y sigo llorando.


Checo, cuánto cuánto te extraño.

domingo, marzo 08, 2009

Ayer fui a ver la película “El Luchador” con Mickey Rourke, gran película. Más allá de todo lo patético que le pasa a este hombre, lo que más me conmovió fue la historia entre él y su hija (que me habla mucho a mí porque es como de mi edad). La hija lo odia porque él nunca se hizo cargo de ella y la ha ignorado durante muchos años, pero las cosas cambian cuando a él le da un paro cardiaco y se da cuenta de que no todo en la vida son las luchas, la realidad es que está viejo y miserable, así que decide buscar a su hija y hacer las paces.

Creo que toda hija, y en eso me parece muy coherente todo lo que sucede, tiene necesidad de que su papá responda como papá, pero bueno, eso no pasa siempre como en mi caso, lo más terrible de esta comparación es que mi papá ni siquiera es luchador, o sea que su vida no es tan patética como para que se comporte así, bueno no lo sé a lo mejor lo es y no lo sé, no importa. La hija al principio lo manda al diablo y le dice de cosas hasta que supongo siente que se ha desahogado. Después Rourke vuelve a buscarla y ella, un poco distante al principio, lo admite y hasta siente simpatía por él. Él le pregunta si tiene cosas que hacer y ella como que no sabe si en verdad quiere abrir un espacio para él pero, como toda hija que desea que papá le preste atención, acepta a salir con él. Pasan un día juntos y él le habla de cuando ella era niña y después se disculpa y le dice que es un tonto y un estúpido viejo venido a menos: lloran juntos, y al final entran a un bodegón abandonado y comienzan a bailar y con todo eso me acordé del único baile importante que tuve con mi papá, que fue cuando salí de la secundaria y asistí al baile de graduación en donde todos bailaron con sus papás o mamás, y recuerdo que esa vez mi papá lo tomó todo muy en serio y yo me sentía muy guapa y alguna foto hay por ahí de ese baile. Entonces se me salieron mis lágrimas de cocodrilo y como finalmente ese no es el tema central de la película ni les interesa que haya niñas como yo llorando por sus papás, pues en menos de dos segundos cortaron la escena del bailecito y yo como que no quiere la cosa me limpié mis ojitos, porque no me gusta llorar y menos en el cine, ay, bueno, he cambiado mucho, hasta en eso. La verdad es que me hubiera gustado que esa escena fuera más larga porque me hubiera dado tiempo de acordarme de cosas bonitas. Pero no. La película es mala onda hasta en eso justamente porque es coherente hasta el último momento, quiero decir no es mala onda, muestra la realidad y eso siempre es tremendo. Así que después de tener un día mágico los dos, papá e hija por fin reconciliados, él le dice que la invita a cenar un día, ella le dice que vayan el siguiente sábado, él le dice que claro que sí y se va muy contento.

Pero como es un luchador y no sabe hacer otra cosa, si no pelea no sabe estar en su casa, no tiene amigos, no tiene pareja, así que se va a las luchas el fin de semana, de ahí lo invitan a una fiesta y hasta mucho después se acuerda de que había hecho las paces con su hija y de que había quedado de ir a cenar con ella. Desesperado va a buscarla y ella le dice que es un idiota y que no lo quiere volver a ver, que lo estuvo esperando más de dos horas, en fin, que no lo quiere volver a ver en su vida, y se pone muy mal, ella se pone muy mal. Y pues sí, no se podía esperar más de esta situación. En ese momento ya no me acordé de mi bailecito, me acordé de que mi papá haga lo que haga su propia condición lo hace incapaz de llevar una relación conmigo, quiero decir que en algún momento de apertura, de reencuentro, de hablar las cosas, llorar juntos, etc, ahí, cuando yo deje hundir la esperanza en ese papá, ese papá automáticamente pasará por encima de mí aunque él no lo quiera, porque hay ciertas cosas que se han hecho mal tantas veces que aún con el deseo de cambiar, aún queriendo revertir los daños ya no es posible y eso me hizo sentir infinitamente triste.