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miércoles, agosto 19, 2015

miércoles de klezmerson



En el 2008 escuché por primera vez a los Klezmerson, fue en el Zinco Bar en la calle de Motolinia.
Me acuerdo que fue por casualidad. Fuimos A. y yo a escuchar música, sin preocuparnos por el grupo, no sé cómo llegamos al Zinco, pero fue un descubrimiento genuino. Entramos a una parte de la ciudad de México que no conocíamos. Ahora se ha hecho más famoso el lugar, pero en esos años, no era tan común.  
El Zinco está en el sótano de lo que alguna vez fue un banco. El edificio, art déco, hermoso, ahora funciona como gimnasio. El sótano conserva un aire viejo, de bar newyorkino, media luz, barra, mesitas, telones de terciopelo rojo.
Lo que más llama la atención son las bóvedas de seguridad que me recuerdan o me hacen sentir en una película de acción. Cuando vas al baño puedes ver esas enormes puertas de seguridad.

Los Klezmerson tienen a una flautista muy guapa que, al menos esa vez, tocó de forma espectacular. Después compré los discos y supe que se llama María Emilia.

Este año tocarán como parte de la programación del BESTIA Festival.

Hice la edición de los contenidos del Festival y cuando me topé con sus nombres tuve un flash back que me hizo recordar que compré los discos pero que luego quién sabe en dónde quedaron. 
Me da pena, tristeza y un poco de horror decirlo, pero 2008 quedó atrás hace tiempo. 
Mis tres meses de Spotify premium me los trajo en vivo y en directo y volví a conectar con la música klezmer. 
La música y los recuerdos tiene algo de similitud con los olores. 
Guardan una esencia que es difícil de ¿olvidar o quitar o sacar de la memoria?
Y la música sabe guardar los recuerdos con exactitud de notas.
Ahora traigo estos recuerdos en technicolor.
Ahora traigo ese telón de terciopelo rojo, luz azul y música que mi mente católica de closet asocia con judíos.

Hoy: correr, escribir, trabajar, escribir y ordenar la casa.
Limpiar.
Barrer.
Lavar.
Este es el mood:


martes, agosto 18, 2015

martes laboral





Caminé hasta la Cibeles mientras platicaba por teléfono con mi mamá.
Tomé la bici y llegué al Consejo a las 10.00 am en punto.
Entré al Starbucks y estaba el chico que conoce mi nombre y las dos opciones de café.
A veces nos vemos a los ojos y adivina si será americano o chai.
Hoy fue americano.
Abrí el changarro, que no es otra cosa que prender la computadora y comenzar a contestar mails. Después me puse a dictaminar todos los textos que llegaron de cuento para el plan editorial.
A las 11.00 tuve junta con RC.
Fuimos por un café a Reforma 222.
A las 12.00 seguí dictaminando hasta las 2.30 pm que salí a comer.

¿Cómo pueden existir personas que escriban 120 cuartillas y que no acentúen los verbos en pasado, que no acentúen la palabra mamá?
Es muy fuerte leer tantas propuestas de libros de cuentos y de novelas y encontrar que lo más básico no está resuelto. Y llamo "básico" a la ortografía.

Estuve escuchando una lista nueva en Spotify.
En algún momento me acordé del soundtrack de Robin Hood y quise escuchar el tema de Bryan Adams, Everything I do, I do it for you. De ahí salté a Fast car de Tracy Chapman.
Cursi, cursi, cursi, cursi y noventero nivel: tercer año de primaria.

¿Es estúpido enumerar las actividades de un día cualquiera?

Fui a comer al Sanborns.
Sopa especial con pollo. Limonada mineral poco jarabe.
Pedí una gelatina de postre.
Regresé a la oficina temprano y seguí dictaminando textos.
Me enojé mientras leía.
En un punto sentí que seguía leyendo el mismo texto.
Una especie de narración coloquial.
Del tipo: Don Memo nos dijo que la vaca estaba enferma.
Y cuando doña Marina llegó, entonces le dijo a mamá que nos saliéramos de ahí, que corriéramos.
No sé explicarlo bien, pero sé escribirlo porque fue todo lo que estuve leyendo en el día.
Una especie de "quiero ser Juan Rulfo pero soy esta cosa extraña que no termina de cuajar".
Qué desesperación.
Cuando dejo de entender el hilo narrativo, me detengo unos minutos y trato de dejar la mente en blanco.
Y sólo imagino qué estarán leyendo los nacidos entre 1992 y 1995.
¿Qué están leyendo? ¿Por qué don y doña y la gallina y el establo y la canícula?
¿Es en serio? ¿O los jóvenes escriben como viejos?

Terminé todos los libros de cuento pasadas las seis y media.
Afuera estaba a punto de llover.
Así que me fui a mi casa. Había tráfico en la ciclopista.

Pensé en escribir, pero de nuevo, todo me parecía tonto.
A veces lo más cercano como lo cotidiano, como la rutina, es lo más ominoso para la escritura.
Pareciera que lo cronológico siempre es insulso de narrar o describir.


Visité la papelería nueva que abrieron a un lado del edificio en donde vivo.
La señora que atiende fue tan amable que no quería irme sin comprar algo, cualquier cosa.
Y compré un sobre de plástico y una pluma roja.
Luego fui a la Bodega Aurrera de República de Perú.
No hay un súper que me deprima más que éste. Pero no tengo más opción.
Muchas veces logro evitarlo. Las últimas semanas he tenido que ir porque Pavlova se queda sin croquetas y sin arena. Sólo compro eso. Casi que paso sin ver. Pero todo es hostil. Cajeros y personas que compran. Hay un maltrato de ambos lados muy tremendo. No hay empacadores, no hay bolsas. Muchas veces la gente pide una caja de las que desocupan. A veces acceden, otras no. Yo siempre llevo mis bolsas de tela para meter lo que compre.
Cuando entro a ese lugar siento que estoy conteniendo la respiración.
Varias veces me han robado a la hora de empacar. Entonces estoy concentrada en mi cartera, en que no me roben lo que empaco, en que me regresen la tarjeta, en que me hayan cobrado bien.
Y es cansado.
Volví a casa, sana y salva.
Llené el bote de croquetas. Guardé la arena.
Acomodé los trastes limpios en su lugar. Y una vez que todo estuvo en orden vine a la computadora.
Pensé en romper un poco "la regla" de que mi blog se actualice un día a la semana.
Tal vez porque es la única forma que encuentro de sentirme en casa.
Sentarme un rato, escuchar música, tomar un mezcal y escribir lo que sea que venga a mi mente.

El random acaba de poner Wish you were here, Pink Floyd.
Pavlova acaba de venir a subirse a mis piernas. Se acomodó y se quedó dormida mientras escribía estas últimas cuatro frases.

Y ya.
Esto fue el martes.
Supongamos que mi martes fue cotidiano.
Sin ninguna falla en la matrix.


lunes, septiembre 29, 2014

De cómo un lunes asqueroso puede pasar a convertirse en un lunes lluvioso pero amable.

1.
Hoy por la mañana cuando iba rumbo a la Alameda, en la esquina de Allende y Tacuba, un pedacito, un cuerpecito, un gatito bebé muerto.
De inmediato quise apartar la mirada.
No ver aquello que ya reconocí sin poner mucha atención.
Decidir no ver no cambia las cosas que ya se alcanzaron a definir.
Abrí los ojos para tener la certeza de que sí. Un gatito con pelaje blanco.
Una intolerable tristeza me dejó helada, me sacuden esas imágenes.
No entiendo todavía por qué me afecta tanto. Una parte de mí sé que está íntimamente ligada a estos seres hermosos, pero sé que no debería de afectarme a este grado. Pero no puedo hacer nada. Es así.
Me quedé pensando en la impunidad, en la falta de responsabilidad, pero sobre todo en la incapacidad de hacer algo que lo repare. No se pueden salvar a todos los gatos bebés del mundo. Ni tampoco se pueden salvar a los gatos adultos.
Cuando pienso en el sinsentido de la vida me viene la imagen de ese gatito muerto.
Así de estúpida es la vida.
No hay nada qué hacer. Maquillamos la vida.
Agregamos palabras. Hacemos cultura. Mandamos mensajes. Creamos una rutina. Ponemos el despertador. Creemos en cosas. Amamos el arte. Etcétera.

Escribo. 
Al menos yo escribo tratando de cercar ese vacío que a veces, en días como hoy, se hace enorme.
Me levanto con mucho trabajo. Desayuno. Tomo la vitamina E para la piel. Prendo mi computadora para escribir un par de líneas. Decido ir a correr. Aunque esté nublado. Aunque todavía está oscuro. Correr me hace sentir bien. De nuevo el mundo parece tener sentido, y, de pronto, un gatito muerto.


2.
Le mandé un mensaje a María Fernanda.
Estoy deprimida o simplemente es lunes.
Tan lunes como la caricatura de Garfield diciendo I hate mondays. Cómo amaba la caricatura de Garfield. Sobre todo el episodio en el que trata de huir del lunes yéndose a Hawaii sólo para llegar después de mil horas y darse cuenta que ahí también es lunes.
M: Es lunes, verás que se te pasa.
Yo: Seguramente sí. 

3.
Ismael me invitó a comer a su casa.
Vive en Santa María la Rivera.
Esa colonia vieja en la que creció mi abuelo.
Pasé al Forum Buenavista a comprar helado de postre y una botella de vino.
Es lunes pero finjamos que es viernes y no hay nada qué hacer en lo que resta de la tarde.
Comimos pasta con camarones y pescado empapelado.
Delicioso. El pescado picaba pero estaba muy muy rico. Sabores nuevos.
Un sabor que no había probado y que me encantó.
Hablamos de las gotitas de la felicidad.
De los corchos para generar un corcho más grande.
De cambiar los muebles de lugar.
De los sofás cómodos.
De Spotify.
De que esta semana ya es Octubre.
Bebimos y comimos.
I: ¿Todos queremos repetir helado verdad?

Cuando estoy en casa de I. me siento como en casa. 
Como que podría tomar una siesta en su sofá.
Comiendo en el hogar y con posibilidad de comer más postre.
Tomamos café.
Yo: Tengo que contarles algo sino tendré pesadillas. Hoy por la mañana vi un gatito muerto. No lo soporto. He pensado en por qué no lo pude salvar.
I: Me pasa lo mismo con los pájaros muertos.
Yo: Estamos sobreviviendo el lunes.
I: Parece que estamos de vacaciones.
A las 4 me fui de vuelta a la Biblioteca.
Comenzaba a llover. Caminaba a paso veloz.
Alzate 62. Una foto a un recuerdo que no es mío.
El señor que vende fajas sobre el Eje 1 norte no tenía la talla que buscaba.
Apuré más el paso porque las gotas comenzaban a caer más gruesas, con más fuerza.
Llegué a la Biblioteca a tiempo.

4.
La tarde del lunes ha terminado.
Escucho las metamorfosis de Philip Glass. Me ponen nostálgica.
¿Se puede sentir nostalgia de una tarde de pescado empapelado y helado de mango y chocolate?

¿Me seguiré reprochando no haber estado en la calle para salvar a un gato bebé?

sábado, septiembre 27, 2014

Ayer mientras leía las libretas de mis alumnos me di cuenta de lo mucho que me gustaba haberles dejado ciertos ejercicios como: describir su rutina; investigar su horóscopo chino y argumentar si se identificaban o no; escribir las órdenes que reciben desde que se levantan; escribir sobre la suerte y el azar.
No me sentí tan sola cuando leí que una chica se levanta a las 4.30 para estar en la escuela a las 7.20. Yo me levanto a esa hora y sólo son dos días.
Ella tiene que hacerlo de lunes a viernes.
Es la primera vez en mi vida que me levanto a esa hora para estar a tiempo en un lugar.
Y a esa hora me vienen muchas dudas.
Siempre pienso que es una locura estar despierta de madrugada.

También leí que se aburren, se aburren de cualquier cosa, pero escriben eso, hay horarios determinados en los que sólo se aburren.
Pueden estar aburridos entre clases, en lo que esperan el autobús, etc, pero lo curioso es que son conscientes del tedio aunque dure cinco minutos.
Pero el tiempo es otro. Para ellos el tiempo es lento.
El prefecto de la escuela me dijo un día, un minuto es un minuto.
Así que no escatimo ningún minuto de las dos horas que tenemos.

Cosas que sé de ellos:
Uno tiene una gata. Se llama Taka.
Me cae bien porque tiene una gata. Como yo.
Oraciones simples. Esa fue la instrucción para su ejercicio.
No quiero oraciones compuestas, no comas; sujeto, verbo, predicado.
Pocos escribieron sobre sus pensamientos obsesivos.
Uno de ellos me llamó la atención.
Escribió que siempre que está en la calle piensa que alguien lo está siguiendo.

Yo escribí descripciones que ya sé de mí porque antes las he escrito… hice un poco de trampa en ese sentido. Sé que soy rata madera. Sé que tengo el seudónimo de un poeta español. Pero en realidad escribí diciendo que soy su maestra de Literatura y nada me hace más feliz.
Cuando salgo a las 10 de la mañana, inevitablemente, me reconcilio con la alarma que me despertó a las 4.30. Pienso: valió la pena. Sé que vale la pena porque hay algo que compartí y ese algo es la profesión que amo. Escritura, literatura y para decirlo con Cortázar, todas las turas que se me vienen a la mente y de las cuales hablo en clase.

Para rematar, sin duda mi clase tuvo un empuje diferente porque comencé el día escuchando esta canción en radio ibero.

Frases estúpidas que dan felicidad. Pero, momento, no es lo mismo que sean frases+estúpidas+cantadas+por+los+Beatles.



lunes, agosto 04, 2014

Alberto me preguntó: ¿Me quieres?

Abril me preguntó: ¿Será este un verano inolvidable?

Ismael me preguntó: ¿Vendrás a mi casa antes de que me vaya de vacaciones?

María Fernanda me preguntó: ¿Crees que debamos hacer público el blog?

Maritza me dijo: Esta máquina te contará muchas historias.

María Holley me dijo: Invítame a pasar un fin de semana a tu casa.

Grace me dijo: Las nubes aquí están más cerca que en Berlín.

Paco me dijo: A veces no sé si me gusta cómo dices las cosas.

Manuel me dijo: Eres una niña de piedra.



Yo les digo:


Claro que te quiero.

El verano inolvidable es un verano de ecobicis a toda velocidad en el carril del metrobus.

Quisiera que todos me invitaran un día a su casa para pensar que vivo unas falsas vacaciones de verano.

No importa si no es público, al final nuestras palabras están haciendo un recuerdo que se asoma y que comienza a mutar en la medida en la que pasa el tiempo. Nos alejamos de las primeras entradas, de las epístolas. Quizá la única salida es improvisar, una larga improvisación de frases, ideas y pensamientos incompletos.

La Olivetti azul agua es la materialización de la nostalgia.  Tic tic tic tic…
Impresión de letras, algunas más oscuras que otras, errores gráficos, imprecisiones, espacios entre letras no deseados.

Los fines de semanas son ruidosos. Más de lo que uno podría imaginar. En República de Cuba se concentran al menos 4 bares: La excelencia, La perla, El río de la plata y Del otro lado del río. En el cuarto piso se escucha todo, siempre hay una hora de la noche en donde tocan Wish you were here, también le llega el turno a Rata de dos patas, también se escucha Yo no sé mañana... Cuando estoy muy cansada cierro los ojos y me concentro en escuchar la fiesta de afuera, entonces me imagino a mí misma en alguno de esos bares, cantando con la gente, bailando, gritando la letra de las canciones... así hasta que sin darme cuenta estoy completamente dormida.

Las nubes que se acercan a la torre latino son el mejor descubrimiento del año.
Hay diferentes nombres de nubes, sólo que no recuerdo su nombre.
En segundo de primaria en la misma lección del sembrado de frijol, en el bote de gerber con algodón, también estaba aprenderse el nombre de las nubes.

A veces no debería decir nada. Siento que debo reservar las palabras que salen por la voz como si fueran escritura del aire.

El otro día sobre Reforma comenzó a llover. Los rayos caían a lo lejos y tronaban. A las seis de la tarde hay mucha gente en la avenida y no todos traían paraguas.
Llegué a mi casa empapada. Las bicis de enfrente aventaban agua que me mojaba la cara más que la lluvia que me caía directamente. Entendí para qué sirven las salpicaderas. En la Alameda todos se mojaban igual que yo y a nadie parecía importarle. Al final sí, la lluvia me dejó bañada pero había muchas personas que también estaban mojándose bajo la misma lluvia y nadie tenía prisa por llegar a algún lado.
Decidí bajar la velocidad, llegar con calma, disfrutar la lluvia, pasar a la tiendita y comprar tortillas de harina para cenar.



Ahora mismo:
La gran nube negra se está comiendo a la nube blanca mientras la empuja al sur.
Acabo de acomodar unos libros sobre el burro de planchar mientras me arreglan los libreros.
Estoy tomando una copa de vino y al parecer todo está en calma, adentro y afuera.
La voz de Kurt Cobain se pone en el random del iPod.
El unplugged de Nirvana siempre es una casualidad.
Este es el verano.
Ahora llueve, mañana hace sol y quizá después llueva y haga frío y el clima seguirá oscilando como el vuelo de una mosca.



miércoles, julio 02, 2014

Hoy le toca baño a Humboldt.
La persona que lo limpia con una franela y unos aceites coloca su escalera enfrente de él.
¿Sabrá quién fue Humboldt?
Humboldt que ahora nos ve correr y andar en patines y comer torta de tamal y a veces no ve nada, sólo ve la lluvia y las ramitas de los árboles después de la tormenta.
Hoy el organillero de la Alameda decidió deleitarse todo el santo día con las mañanitas.
¿Cómo será la elección de los cilindros? ¿Por voluntad o por azar?
Para los cumpleañeros.
El señor Manuel Martínez que trabaja en la biblioteca cumple años hoy. Debería de darse una vuelta frente a Bellas Artes. Desde las 7 de la mañana están tocando las mañanitas para él, aunque no lo sepa.
Ayer quitaron la barda que separaba la Alameda de Bellas Artes.
Tenía más de seis meses ahí. Estaba grafiteada y resguardaba la obra que están haciendo en el estacionamiento.
Hoy que ya no está la barrera, la gente poco a poco comienza una reapropiación de ese espacio que estuvo perdido.
Ya nadie se aglomera al salir del metro. Las personas comienzan a dispersarse y no se hacen los canales de los que van para el metro y los que salen.
La verdad es una explanada grande la que estaba vetada.
Hoy somos libres, así que corrí hasta esa parte.
Humboldt. Mañanitas. Humboldt de nuevo. Mañanitas de nuevo.
Pensaba en la novela que terminé de leer ayer por la noche: Bichos raros.
Pensé ¿por qué soy como la Mantis?
Seis vueltas. Un señor en contrasentido andaba en patines. Nos cruzamos unas cuatro veces.
Me quedé con muchas preguntas y con una especie de tristeza.
Bichos raros es como el Dogville a otro nivel, pero el mismo sentimiento de querer linchar a alguien.
Qué bueno que ya no soy adolescente.
Qué bueno que estoy corriendo aquí mientras le limpian la nuca a Humboldt.
Me acordé de la gente desagradable que había en La Salle.
Yo como la Mantis, les hubiera arrancado la cabeza.
Sr. Humboldt, ahora ya está reluciente para una nueva tormenta.


martes, junio 17, 2014

Varias verdades en un día lluvioso:

A veces llueve horizontalmente.
Cuando llegué a casa tuve que cubrir la lavadora con una toalla porque la lluvia entraba por una ventila y mojaba todo a su paso, la lavadora y los trastes limpios del desayuno.

A veces el vino barato es un buen vino.
El vino tinto de 70 pesos "viejo viñedo" no sabe a 70 pesos, no sabe a viña maipo ni a padre kino ni a sangre de toro. Es un buen vino. Está muy bien para sus 70 pesos.

A veces es bueno dejar la ecobici en la estación más popular y no en la más cercana del destino.
Dejar la bici en 5 de mayo es una oportunidad para escuchar al organillero con Acuérdate de Acapulco y al sax en Bésame mucho.

A veces hay que escribir para varias personas.
Cuando me encuentro sola me doy cuenta que cada pequeño movimiento tiene un significado.
Salir corriendo por la mañana y pagar el gas en Banorte.
Pasar por un café.
Oler la lavanda mojada de la Alameda.
Andar en la bici hacia el trabajo.
Ver el partido de México en el ruso.
Platicar de los programas de preparatoria.
Hacer recibos de honorarios en el portal del SAT.

A veces la vida es "eye candy".
Esa frase la escuché en una junta a las 16 horas. Después del partido, con sed, con sueño.
Eye candy.
Hoy fue un buen día porque todo estaba limpio de lluvia.


martes, junio 03, 2014




Alguna vez existió una revista que se llamaba Lugares comunes. La editaban dos historiadores, uno de ellos murió cuando recién nacía el proyecto. Era una revista digital que prometía bastante, que se preocupó por su diseño y por los colaboradores. Ahí publiqué por primera vez un artículo sobre William Gibson. Si existiera Lugares comunes escribiría algo así:


Lugares comunes nos invaden sin darnos cuenta.

No te vayas al centro es inseguro.
No te vayas al centro está lleno de comercios, ruido, cucarachas, gente mala.
No te vayas al centro... ni siquiera Slim lo ha podido limpiar de todas esas personas de clase baja que lo hacen inhóspito.
No te vayas al centro ¿qué vas a hacer si hay un terremoto?
No te vayas al centro ¿qué piensas que estás en Suiza?

Me voy al centro.

Eso no es el centro. Estás casi en tepito.

No es tepito, estoy a una cuadra del MUNAL.

Eso está pegado a la lagunilla, de ahí bajan todos los tipos que asaltan con puñal en mano, por ahí, por la calle del teatro Blanquita.

En el sur, cerquita de Ciudad Universitaria, de Coyoacán, vivir en el centro es igual a vivir en el peor de los mundos posibles.

No es así. Es justo un lugar común.

Otros códigos se viven en el centro. Una dinámica que es diferente a la que se vive en el sur.
Sobre República de Cuba a las 9 de la noche hay una pandilla de niños que salen a jugar football.
Se escuchan los gritos hasta el cuarto piso. Están jugando como si fuera la ciudad de México de la década del setenta.
No pasa nada. No me han asaltado, no me han robado, no me han hecho daño las personas que viven por aquí.


El bolero de mis botas y zapatos se sienta en la esquina de Isabel la Católica y 5 de mayo. Mientras me arreglaba mis botas, llegaron al menos 20 personas a preguntarle cosas:
¿dónde hay una papelería?
¿en dónde queda la calle de las invitaciones?
¿en dónde está el zócalo?
¿dónde queda Isabel la Católica?
¿dónde está la lagunilla?
¿dónde hay un HSBC?
¿dónde queda la torre Latino?

¿¡Dónde queda la torre Latino?!
Es una pregunta súper estúpida.
El centro es eso: ¿dónde queda la torre Latino?

El centro está habitado por personas flotantes que no viven en él, que temen del centro, que apenas y vislumbran un perfil de ese centro que no les pertenece un lunes a las 10 de la noche, no les pertenece a las siete de la mañana, no les pertenece en lo cotidiano, no les pertenece en:
Una pregunta indiscreta, ¿calza del número dos?
Sí.
Los zapatos pequeños siempre son los más bonitos...
¿Usted es de aquí?
Sí, vivo en República de Cuba.
Pues cuando quiera me deja sus botitas...y yo paso a dejárselas cuando ya me vaya, como a eso de las seis.
Ok.

Quizá lo más fácil es vivir en el lugar común. El centro huele feo y tiene indigentes.
Sí, hay algunas partes que huelen a coladera, pero también el centro de Coyoacán huele a cloaca. Tiene indigentes, sí, muchos, hartos indigentes que nos están viendo desde esa mirada que nos cuestiona nuestra vida, muy bien, hay que cuestionarnos todo el tiempo qué estamos haciendo y si eso vale la pena.
Para mí vale la pena vivir aquí. Vivir y confrontarme diariamente a esa realidad.
Sigue valiendo la pena ver a los chicos en patines en la Alameda, esquivando conitos de plástico, yendo y viniendo, dándole sentido a sus vidas y a la plaza por estar en patines.
Ver a la gente besándose. Las personas se besan durante horas en un espacio público como el parque.
¿En dónde termina ese beso que dura minutos enteros? Besos de al menos 6 minutos que es el tiempo que tardo en dar una vuelta.

La Alameda en lunes. 9 de la noche.
Aire fresco, poca gente, luz por todas partes.
Bellas Artes iluminado como tugurio de Beetlejuice.
Chicharrones, papas fritas en el lugar de tamales y atoles.
Chicos bailando frente a la Secretaría de Relaciones Exteriores.
Esto es La ciudad de México.

Vivir en el centro es eso, la ilusión de que estamos en el "centro", de lo que se nos ha dicho que es el centro, ese lugar común lleno de mafias, tepitos, lagunillas, gente que no se baña, prostitución, periódico de nota roja... Estamos en el centro, eso quiere decir que simplemente estamos en el momento en el que todos se han ido y las plazas y las calles son sólo para unos cuantos que caminamos por aquí, patinamos, corremos, nos besamos, nos encerramos con tres cerrojos, compramos queso oaxaca, escuchamos música a todo volumen... y pretendemos, como si la vida fuera literatura, somos el centro. El centro de esta calle. República de Cuba. Palma norte. Ecobici. Jugo de toronja en la mañana. Quesadilla de nopal por la noche. El centro. Ese gato atropellado. El centro. Ese señor que saca toda la basura a las 9 de la noche y la desperdiga por encima de las bicis y de la banqueta y selecciona objetos y se los guarda. El centro. Dominicos a sólo 10 pesos.

"Pretender que uno es el centro", pensó Oliveira, apoyándose más cómodamente en el tablón. "Pero es incalculablemente idiota. Un centro tan ilusorio como lo sería pretender la ubicuidad. No hay centro, hay una especie de confluencia continua, de ondulación de la materia."




miércoles, mayo 28, 2014

Fui a correr a la Alameda.
De regreso un homeless se lavaba la cara y el pelo con agua que tenía en una botella de plástico lo que alguna vez fueron dos litros de coca cola.
Es una constante ver vagabundos, están por todas partes.
Pero este tenía un carrito de súper y un perro negro con todo y su correa adentro. El perro estaba ahí sólo viendo todo el espectáculo. Se veía bien, nutrido, con su pelito brilloso. También pasó una mujer policía y lo miró, pasó de largo junto a mí. Hubo una especie de mirada entre la policía y yo, entre mira a ese miserable ahí está y nadie lo quitará: nadie lo quitará ni los quitará. Tenemos que ser espectadores de su vida.
¿Qué piensas de los perros cuyo dueño es un homeless? -le pregunté a mi hermana hace un momento por teléfono.
Pienso que si lo ama y el perro está contento es mejor que su dueño sea un homeless a que sea un perro en el antirrábico esperando la muerte. -me respondió.
Hoy fue Juan Villoro a la Biblioteca.
¿Quién es Juan Villoro?
¿En serio no sabes quién es?
Me suena pero la verdad no.
Es un señor que fue a hablar de football.
Me impresionó de Juan Villoro su forma de hablar: no tiene muletillas, hace pausas como comas perfectas y puntos y seguidos, habla como si escribiera sin errores. Mantiene un discurso por más de una hora sin atropellar ninguna palabra. No sólo eso, habló de football y me emocionó. ¿Por qué un equipo débil le puede ganar a uno fuerte? ¿Cuál es la diferencia entre la información del football y la narración del football? ¿Cómo vivió Jorge Valdano la narración de su propio partido? ¿Cómo juega el Barcelona de Pep Guardiola? Pero sobre todo la importancia del pensamiento mágico de las personas cuando observan un partido...
Me hizo recordar que cuando viví en Madrid en 2012, sentía que era más especial mi estancia porque el Real Madrid ganó La Champions, pero no sólo eso, también ganó La copa del Rey. Y fui a la Cibeles y me sentí parte de la euforia, me emocioné porque sabía que eso jamás lo iba a poder vivir con el football mexicano.
El football fue entrando poco a poco, en Madrid está en el aire, por más que uno se resista se entera de lo que está sucediendo, como pueblo, literalmente, como un pueblo pequeño en donde los chismes corren, el football está en todas las pláticas, te guste o no, y al final termina gustándote.
Juan Villoro puso en palabras el por qué termina gustándote:
Hay una especie de pertenencia, de formar parte de una comunidad. Yo estaba viviendo en Madrid y aunque jamás me había gustado el football de pronto sabía muchas cosas del equipo, sabía que el portero salía con la reportera, que el director técnico era un mamón portugués, en fin... sin darme cuenta ya estaba apoyando con el alma al Real Madrid.
Hace dos semanas estaba trabajando en un Festival de Arte y Astronomía en Hidalgo, en Actopan. Estaba comiendo a las 2 de la tarde y en la fonda de gorditas vi jugar al Real Madrid y pensé: En un mundo paralelo, hace dos años, yo estaba en La Bodega de Ardosa viendo jugar al Real, sintiendo que era mi equipo, emocionándome con todos los espectadores y después caminando un par de cuadras a la Cibeles y esperando llegar el camión con los jugadores. Hoy estoy completamente fuera de esa realidad. Pero está bonito haberlo vivido, finalmente festejé el triunfo del Real Madrid y vi todos los partidos de la Champions y de la Copa del Rey.