lunes, septiembre 22, 2008

Hace menos de una semana se murió mi abuela.

Le dio un paro respiratorio por el enfisema que tenía y su corazón, aún así, siguió latiendo incluso después de su muerte, después de veinte minutos sin respirar, poco a poco su corazón se apagó del todo, poco a poco se fue enfriando de sus manos.

No sé si eso les pasa a las demás personas que enferman de cualquier cosa que no sea el corazón, pero me sorprendió mucho que su corazón, como el de Poe, siguiera vivo unos minutos más. También me sorprendió verla muerta, la sorpresa ante la muerte del otro es inevitable porque no puede ser que el otro haya muerto, eso pasa por mi cabeza “no puede ser que esté muerta”. Y su cuerpo era parecido al de Frederik, hay algo en la muerte que hace a los cuerpos similares, la ausencia del otro se hace evidente en los cuerpos una vez que no responden, ya no más, ya no más, ya no más.

Días antes de morir me dio a su gatita Anubis.

Anubis se dio cuenta de su muerte y comenzó a correr como loca de un lado a otro, se subió a uno de los libreros y estuvo inquieta hasta que se fue ese miedo invisible. 


Mamá Yuyis, te extraña tu tita.

miércoles, septiembre 03, 2008

Ahora el tiempo pasa con absoluta agilidad frente a mí. De una manera impresionante, los días han sido como esas partículas que se ven en el aire cuando hay mucha luz, flotan en sintonía con el aire sin tocar el suelo, y de esa forma acompasada se ha tejido la emoción, poquito a poquito, mi vida otra vez a punto de cambiar, con la misma transparencia de las particulillas del aire, ¿esas partículas no tienen nombre? Qué chistoso, tal vez tampoco esa manera liviana y agradable en la que transcurren mis días tenga algún nombre.

Septiembre, cambios, fines de semana ovilladita en sábanas calientes…

Suspiro largo.

De alguna manera siempre termino por rescatarme en los momentos de felicidad. Llamo felicidad a los momentos en los que realmente me siento muy bien en donde estoy, con la persona que estoy, y respiro y veo y pienso, en esos momentos el tiempo pasa como un pianito de Radiohead… o todos quieren ya ser gatos jazz…

Quizá por lo mismo he engordado y hoy soñé con eso.

Quiere decir que hasta mi inconciente ha considerado mi gordura como un real lacaniano que aparece en mi sueño para atormentarme y despertar sobresaltada.

Bueno, por primera vez he considerado ponerme a dieta.

Gatos jazz.



domingo, agosto 24, 2008

Quién iba a pensar que ese sería mi último viaje, me dijo, ahora sin dientes, ahora con los ojos hundidos y ese color cenizo que adquieren los moribundos.

--¿Por qué brilla tanto el mar? me preguntó Isolda. Hasta parece otro mar.

--¿Cómo?

--Sí, no parece el mar de Acapulco, se ve muy brilloso y bonito, es sucio lo sé, pero se ve hermoso.

El mar tenía destellos diminutos por todos lados.

Este es tu último mar.

La bebe estaba tratando de escapar de su jaula.

Isolda dijo que también nos lleváramos a la bebe.

Mi abuela dijo que no. –Se te escaparía, no sabes cómo es. Es mejor así, es mejor así.

Todos los libros estaban en cajas, también los vestidos de manta, las máscaras, los cuadros, y todos los recuerdos que ya no desempacará ella, ya nunca.

La carretera tenía un verde impresionante, y pensé en Lorca, en escribir un poema y sólo decir que la carretera estaba verde, muy verde.

Mi abuela me preguntó si conocía la historia del gato de Rosa de Luxemburgo.

Le dije que no.

Me dijo que la metieron a la cárcel con todo y su gato, ahí estuvieron dos años, después al salir de la cárcel siguieron juntos hasta que se separaron antes de su captura.

Dicen que el gato era el consentido de la cárcel.

Después a ella la capturaron, la mataron a golpes y la arrojaron a un río.

Me dijo que ella igual se separaba de sus gatos antes de morir.

Y Anubis maulló desde su jaula. Y le dijo: Sí mi niña, van a cuidar de ti y te van a querer mucho. Maulló de nuevo. Y le dijo: Sí, ya no puedo estar contigo.

Anubis estuvo tranquila de escucharla y no maulló durante las cinco horas de camino.

Mi abuela me dijo que este era su último viaje.

--Quién pensaría que este sería mi último viaje. ¿Tú ya lo sabías?

--¿Qué cosa?
--Pues que me vendría con ustedes.

--No, yo sólo venía por tus gatos. Pero ahora que te veo, te ves muy mal.

--Sí, estoy cansada y decrépita. En cambio tú, te veo bien, un poco gordilla. ¿Has engordado desde tu presentación? ¿La buena vida?

--Supongo que sí.




martes, agosto 12, 2008

Vila-Matas, querido Vila-Matas,

Después de leer su comentario literalmente he sido muy feliz durante el día y no he dejado de pensar en usted y sus paseos por la blogosfera. También he seguido leyendo y subrayando frases que me gustan de su “Dietario”.

En este momento comienzo a sentirme como seguramente se sentía Cortázar cuando le escribió una carta a Glenda Jackson, y decía algo así como “esta carta no le llegara por los medios ordinarios…”, y no eran los medios ordinarios porque no tenía sobre ni timbre y también porque Cortázar en ese momento la había encontrado en una película matando a un escritor de Rayuela, así como antes él la había matado simbólicamente (o retirado) en su cuento de “queremos tanto a Glenda”.

Ahora yo lo encuentro a usted en mi blog comentando el comentario que yo hago de su “Dietario”, afortunadamente no lo mato como Glenda, ni tampoco lo retiro del medio como Cortázar, pero sí digo que es usted un señor al que tendríamos que inventar de alguna manera, no sé cómo todavía, pero seguro que ahora mismo lo estoy inventando y eso me gusta, me gusta porque sin darme cuenta lo he inventado todo el día y porque lo seguiré inventando cuando lo vuelva a leer y cuando lo vuelva a escribir. También cuando su rostro aparezca junto al mío en una foto y la Conchita esté ahí como si acabara de llover, entonces seguiré narrando nuestra historia, está bien decirlo así, porque nos hemos mirado a través de estos rápidos mares que llevan las botellas al mar como si trajeran estampado el apartado postal. Nuestro encuentro sigue y seguirá siendo cortazariano, porque en un territorio sin brújula nos hemos comunicado a través de nuestras diferentes máscaras, yo como Marie y usted como el Vila-Matas que pasea por todos lados y a todos encuentra. También esos dos personajes que han sabido narrarse a sí mismos se saludan, se dan la mano, se abrazan y se miran a los ojos, y de esa mirada hacen un recuerdo en común, ya para siempre.

Marie.

lunes, agosto 11, 2008

Lo que pasa cuando no pasa nada





Leyendo a Vila-Matas, ese señor que quería parecerse a Hemingway y que ahora más bien parece un detective de Bolaño o así se muestra en la fotografía de la contraportada, lentes oscuros y abrigo de corte británico.

Vila-Matas en su última novela o diario, Dietario voluble, que bien pensado es como una especie de blog empastado, cuenta justamente de los blogs peruanos por los que se pasea y cómo encuentra en ellos caminos, nombres desconocidos, geografías que lo colocan como un espectador extranjero, ese escritor sin rostro puede ser su otro yo, de aquel lado, en esa librería el Virrey, el peruano deja sus huellas como lo hacemos todos al nombrar espacios.

Cuando leí eso me imaginé el hotel virreyes que hay en el centro de la ciudad en donde a veces se hacen exposiciones y fiestas, la mente siempre busca colocar una imagen ante las palabras, lo mismo me pasa cuando quiero imaginar la plaza en donde Vila-Matas espera pacientemente ver pasar a Catherine Deneuve y sin querer, me viene a la mente la plaza hermana de Garibaldi en Barcelona. También estoy segura que habrá más personas que estén escribiendo en sus blogs apenas lean que Vila-Matas está paseando por la blogosfera y que en una de esas, plop, como suceden las cosas extraordinarias topa con sus palabras, porque quién no querría tener como lector a un señor que tuvo a Duras como casera y que escribe siempre algunos epitafios simpáticos en sus novelas, ¿por qué no? al final siempre se mueren los otros o a pesar de todo preferiría estar en Filadelfia.

La otra vez vino a México Miguel Morey a dar una conferencia magistral en la Facultad. Después de irlo a recoger al aeropuerto, lo llevamos a cenar a la Gloria en la Condesa, nos platicó un poco, ya no sé por qué venía a cuento, que de vez en cuando se encuentra con Vila-Matas, así como “Enrique (ese dejo de familiaridad con el escritor) se encuentra con todo el mundo en sus novelas”, no lo dijo exactamente con esas palabras, pero muy bien lo pudo haber dicho. Me sorprendió de pronto que Vila-Matas estuviera en el terreno de la realidad, en una plática al nivel de “Enrique me contó, una vez que lo vi… ”, pero claro que mostré mi emoción y le dije a Morey que había leído a Vila-Matas y me desbaraté en tres segundos ante la gran admiración que siento por el señor, en cambio no había leído a Morey…, pero eso no me importaba en ese momento. La plática sobre Vila-Matas terminó pronto porque sólo Alberto y yo lo habíamos leído y nadie más en la mesa lo conocía (filósofos que sólo conocen filósofos), además todos querían escucharlo hablar sobre él no sobre un tal “Enrique”. Entonces Morey empezó a platicar sobre Foucault, y después no pude pensar en otra cosa que en París no se acaba nunca y en lo mucho que se acercaban las anécdotas de Morey a las de Vila-Matas, casi era como si él hubiera sido el que tomaba clases con Foucault, porque además sus anécdotas también tienen como escenario París y escritores que sólo veremos en los libros o en el cementerio de Montparnasse.

Morey era casi casi el Hemingway idealizado por Vila-Matas.

Ahora, leyendo el Dietario, no pude dejar de pensar en Morey, en que muy bien podría estar por ahí. Para mi sorpresa ese mismo señor Morey al que le regalé mi libro y con el que cené tres veces, se convierte en el Miguel piel roja de la novela que leo, y se encuentra con Vila-Matas en la plaza hermana de Garibaldi, justo la plaza que yo había imaginado páginas antes como la plaza en donde se paseara Deneuve jalada de su perrito. Y aunque Vila-Matas no lo sepa estoy a un paso de tocarle el brazo a través de Morey, sólo necesito esperar sentada en un café de la Conchita que aparezca por ahí, aunque el periódico dice que está en Monterrey y que no vendrá a la ciudad. Todo puede pasar en este tríptico de realidad en donde la Red funciona como agente del caos, y el caos, diría el Guasón, es justo, no necesita de la realidad para chocar con lo insólito. Mañana los dados tiran a Vila-Matas en la Facultad de Filosofía, y entonces sí, podré acercarme a él y decirle: México me fascina porque la identidad no tiene rostro, ni atadura, siempre es un fantasma, una sombra, una máscara que cambia con los rituales. México me fascina porque el desorden, el desvarío y el sinsentido configuran la realidad de cada día. México me fascina porque todo está permitido, y eso no lo tiene Barcelona, ni París.

También Vila-Matas cita a Piglia, a él no se lo encuentra en ninguna plaza, lo ve en el Bar Belvedere, que mi imaginación no encuentra ningún referente pero lo importante es que al igual que Piglia, “la práctica de narrar es central”, puesto que sólo le toco el hombro a Vila-Matas a través de las personas, con la ilusión de tocar al verdadero Vila-Matas en la narración del blog y no con las palabras trastocadas de escenas que poco a poco lo van borrando como un recuerdo.

Habría que inventar a Vila-Matas, sin los espejismos de la literatura, ¿pero cómo? Si él mismo se ha empecinado en mostrarse en fragmentos, en pequeños guiños en donde faltan siempre partes del rompecabezas, se ha intentado mostrar como un veracruzano cuando en realidad es catalán.





También, algún día, tendré una foto con Vila-Matas.


sábado, agosto 09, 2008

¿Qué es lo que ocupa mi mente el resto del tiempo? Hay como una especie de alejamiento de las cosas importantes que me sitúan en el aquí y ahora, como acomodar bolsas del súper en la cajuela del carro, como quedarme largo rato viendo las sombras que se hacen en la persiana romana, así, sin nada más que algunas imágenes que de pronto llegan a mi mente. No espero algo de los días, en realidad tendría que decir que me espero largas horas, me espero a mí misma y a veces me siento impaciente.

Hoy me acosté en mi cama y miraba por la ventana cómo empezó a llover, las nubes de pronto se cerraron y empezó un aguacero. Dos mujeres en azoteas diferentes levantaban ropa tendida lo más rápido posible. Hubo una que tardaba demasiado porque era mucha ropa y no podía bajar tan fácil de la azotea, estaba aventando la ropa (¿a alguien abajo?) y después con la ropa encima comenzó a bajar pero una blusa se atoró en una varilla de la azotea. Era una de esas azoteas con muchas varillas como para seguir construyendo otro piso, y para entonces la lluvia estaba cayendo con toda su fuerza y en el estrés de bajar corriendo pues no podía desatorar la blusa porque tenía ropa cargada en los dos hombros… hasta que por fin volvió a subir y desenganchó la blusa y desapareció por el hoyo en donde había aventado la demás ropa. Como a los quince minutos cesó de llover.

Lo que escapa de mi mente no son los hechos ni los recuerdos, estos días lluviosos lo que escapa es el horror a mirar eso que tenemos enfrente, no importa si lo que tenemos enfrente es un par de azoteas, el movimiento del tiempo es reemplazado por trazos que abren caminos, caminos que son como hojas en blanco y nunca es fácil, es como tratar de ver el cielo nublado y en lugar de sólo ver el cielo estoy más bien comiéndome las uñas, en el fondo, esa falta de concentración es como un simulacro de ver llover, simulacro de pensar, el pensar se va en la uña comida, y mañana sálvese quién pueda, hoy estoy viendo esta blusa roja mojarse en una varilla, mañana, mañana, hoy, momentos que ocupan mi mente.

miércoles, agosto 06, 2008



A veces despierto con la cabeza en blanco tratando de sujetar el sueño a cualquier cosa que no sea la pesadez de seguirdurmiendotranquila, esa desazón que se siente cuando se cierran los ojos y no es necesario despertar, sólo dormir. Es justo por las mañanas y en algunas siestas cuando siento la tristeza que apenas necesita el roce del despertar para salir, y cuando descubro que por ahí anda esa sensación de abandono a las cosas
comienza a crecer una ansiedad por levantarme
esto es lo único que me sostiene de los algos que hay en mi cabeza
esa cabeza sin rostro que guarda tonteras, que guarda algo
algo es
la pena de decir cosas estúpidas
o pronunciar mal las palabras
¿por qué me pasa eso?
también de no entender los sentimientos, los quiebres que tienen las palabras, eso que siento sin que la razón ponga un remedio
porque no hay razón
pequeña bestiecita en el corazón no tiene razón
esto es lo que escribo cuando me siento inútil, cuando siento que el bienestar se diluye absurdamente en los minutos, no más allá, no más acá, colorcito roto de la mañana, la hoja cortada de mi libreta o la mancha de tinta en mi mano que equivale a la hoja cortada, al color del cielo nublado… hasta que por fin despierta me siento escapar del aquí, sin angustia y sin tristeza con la única gana de saber la hora
después es lo cotidiano y las acciones se unen vertical y horizontalmente
sin mayor interés me cepillo el cabello, no sabes cuánto cabello se me cae
esa que soy yo en el espejo y que me apunto la cabeza con la secadora gris
la secadora era anaranjada cuando mi abuela me quemó la cabeza para que me callara de una vez la boca
nunca es verdadero el contorno que delimita nuestros recuerdos
y la mente en sus movimientos infinitos nos llama a rascar los límites
polo de Apolo, París de Pola
la palabra que dejé escrita en mi libreta era para ti
es una suerte que no necesites un diccionario para leer estas cosas como el libro de poesía que me enseñaste
hoy, ayer, hoy, ayer, al parecer tanta literatura no me ha enseñado cómo puede pesar ese tono liso uniforme que adquiere el pasado
ayer, hoy, ¿encontraría a Pola? es así como la tarde deviene en carro rojo que deviene en diálogo que deviene en palabras que no cesan de cambiar de dirección y a veces dan una vuelta sobre sí y se caen sobre los brazos y besos enrollados que se detienen como el aliento en las ventanas, en su afuera, en despejar los fantasmas con poemas anónimos y mensajitos de veinticuatro golpes
cuando despierto de una siesta a veces es así
un tiempo pintado en agua fuerte, tus palabras describen las técnicas y en ese momento me estás gustando, me gusta tu rostro cuando hablas de cosas que sabes muy bien
besos que no te estoy dando porque estoy escribiendo
no es ya una palabra en la hoja que leas, es una palabra en el sueño
las palabras de verdad no tienen hojas
hay muchas maneras de romper una hoja, con las manos es la más común, con la navajita de la cocina, con las tijeras de punta redonda, pero sólo en los bordes caben los dibujitos y las cosas simples que te digo cuando quiero decir cosas importantes, los bordes es la comida, el mantel, el vino, tocarte el brazo, decirte que he visto algo debajo de tu mantel



Porque los paisajes en Bacon son la preparación de lo que aparecerá más tarde como un conjunto de concisas marcas involuntarias que rayan en el lienzo, trazos asignificantes despojados de función ilustrativa o narrativa.
Deleuze, Francis Bacon. Lógica de la sensación




Marcas libres involuntarias en mi libreta:

colx

rules

safi

ha

p
p
y ness

is

blue

…
all


t
i
m
e

domingo, julio 27, 2008

jueves, julio 24, 2008

El mundo no es un conjunto de cosas, sino de signos: lo que llamamos cosas son palabras. Una montaña es una palabra, un río es otra, un paisaje es una frase.

Octavio Paz

Los hijos del limo

Reconciliación con Paz, ni modo.

Sueños de todo tipo a todas horas.

He dormido como sólo se puede dormir en vacaciones: todo lo que mi cuerpo aguante.

En mi sueño voy por el arroz a la vuelta de la esquina, justo como ayer, sólo que la señora que me lo vendía no estaba llorando.

Ese conjunto de imágenes que se combinan día con día me enmudecen. El tiempo escrito siempre es más largo que el tiempo en donde se suceden movimientos y la vida en general, tal vez porque los movimientos escritos siempre están atrapados en una cámara lenta, el mundo pierde su realidad y se vuelve más ligero. Así debería de ser el mundo, un acto puro de movimiento, inmediato y posible de escribir. Pero lo inmediato es como una liga que se estira y se estira cuando se escribe, como los sueños; esas ligas que a veces se revientan en el despertar. El sueño es la metáfora de mis días o en todo caso el transporte para sobrevivir la luna. Luna en japonés se dice tsuki. Tsuki también significa guiño. Y los sueños son eso: guiños de la noche, de nosotros mismos. Ahí se sueña, en el entre de los significados: tsuki.

Esas palabras de las que habla Paz abren caminos, surcos en el revés de lo cotidiano, traducen los signos que se nos escapan cuando la palabra se evapora. Hoy es azul y mañana amarillo, qué cosa, por qué no. El tiempo vivo no tiene color, sólo una cara de la moneda, un volado perdido entre el lenguaje y lo real. Por eso no lo puedo escribir, por eso también no puedo escribir todos los minutos, aunque eso quisiera, escribir cada instante que se sucede, para guardar todo el mes de Julio en una escritura imposible. Imposible, pero amable. Porque Julio me parece un mes de transformación, como el arcano de Aries, como la muerte sonriente que cruza el río.

Guiño, luna del amanecer, brillito azul de la noche.

miércoles, julio 16, 2008


--qué vas a hacer mañana en la mañana.

--nomás vacacionar.

Hace ya varias vacaciones que siento que vacacionar es escribir lo más que pueda todo lo que no podré cuando entre a clases. Y sí, así es, de verdad. Estas vacaciones, no me metí al francés y ahora siento un poco de culpa porque puedo dormir hasta tarde, pero qué importa, ya entraré y diré cosas como Je crois que ma vie est très sympa...

Hoy mientras me tomaba un chocolate enorme, estaba platicando con Alberto sobre la novela de Carson McCullers que tanto me ha impactado: “Reloj sin manecillas” es una novela extraordinaria por cosas como:

Sin hacer ruido, se acostó en la cama que compartía con su mujer. Pero cuando las nalgas tibias de ella rozaron las suyas, asqueado por el recuerdo de vivencias pasadas, se apartó bruscamente, pues, ¿cómo seguir viviendo entre los vivos, cuando ya está presente la muerte, aunque uno esté vivo?

Y también:

La pasión le hace a uno soñar despierto, le hace imposible concentrarse en las matemáticas, y en los momentos en que más desea parecer ingenioso, le deja a uno en ridículo.

Oh sí. Mientras… espero escribir algún día medio capítulo de Carson McCullers.

Pero ahora tengo tantas ganas de ser Banana Yoshimoto, que es extraño, no es “que tenga ganas”, es que el ánimo me hace vivir las cosas de esa manera, quiero decir, ensimismada en cada minuto de mi cotidianidad, sólo porque cada cosita que pasa me parece un pequeño tesoro.

Digamos que la japonesita que traigo dentro se me revela y tengo ganas de escribir sobre la luz indirecta que se crea en la sala, sobre los zapatos en la entrada y el tan esperado final del diablitos trip que duró todo un mes.

Suspiro.

No más Vaca. Te extrañaré vaquita, tan linda. Que no se llamaba “vaca” la gatita del vecino, la plaquita en realidad dice “vac rabies”, y yo pensé que era su nombre, hasta que por casualidad me di cuenta que era la placa de la vacuna antirrábica.

A veces me encuentro a mí misma tan bien, tan bello y bueno el mundo que me rodea, que sólo quisiera sentir cómo pasan las vacaciones mientras yo disfruto de:

las ilustraciones de Pola París

la escritura del cuento ahora (dark-emo-adolescente) al que me estoy enfrentando

las entradas poco usuales de mi blog

y claro que por supuesto: la obscenidad de mi felicidad

Esa felicidad que cabe en las tardes soleadas llovisnientas del mes de Julio.

Sentir que Julio es un buen mes para comenzar libretas en blanco, enmarcar cuadros en la lagunilla y… dejar, por fin, que crezca mi cabello.

También quiero seguir disfrutando de:

el Banana Maki, nuevo descubrimiento en mi dieta

la bienvenida tan amable por parte de Sergio en la Cantina

y claro el vodka citrón con quina

las pistas de Zero

las películas piratas que veo los fines se semana

los ahora tres pares de botas para la lluvia

la novela de Carson McCullers a punto de deshojarse

el caleidoscopio de objetos y sus fotos

la nueva restauración de mi muela ahora que sus patitas están sanas






si fuera gata en este renglón me pondría a ronronear como una loca.

lunes, julio 14, 2008


--Todavía estamos a tiempo

--¿a tiempo para qué?

-- pues para todo.

A tiempo para: comer un panecillo con cajeta, tomar un café, y además recoger con una escoba pequeñísima las migajas del sueño que se cayeron o estaban ahí desde anoche.

.

.

.

Hoy encontré mi libro de Tsugumi, que estaba extraviado, se lo había comido el sillón de la sala.

Una frase:

En el archivo de “noches de verano” que tengo en mi cabeza, guardo negativos de varias noches similares.

.

.

.

Estuve tomando fotos a través de un caleidoscopio de objetos. Y es como si de verdad pudiera tomar las partecitas más hermosas de cada persona. Un bigote por aquí, una mirada por allá, toda una imagen que se va desenvolviendo en el prisma de espejos, no cubista, pareciera que la armonía se distribuye como la memoria en los escritos, siempre separando la forma del color, el olor del tiempo, la imagen de lo real.

En el archivo de “momentos que no olvidaré” que tengo en mi cabeza, cada foto del caleidoscopio se quedará ahí, como si de verdad acabara de hacer el nudo a un botón y arrancara el resto con los dientes. Los hilos que sobran van a la basura, y todo queda perfecto, en un ordenamiento tal, que sólo los pequeños triangulitos de la cámara podrían acomodar.

En lugar de escribir un te quiero tendría que tomar una foto y así sentirme como Tsugumi meciendo su cabello en la orilla del puerto, sin esperar nada, sólo sintiendo cómo la brisa llena cada noche de verano.

(Perdón, las migajas del suelo. Es que la eñe está junto a la ele.)

miércoles, julio 09, 2008

¿Te aprieta a veces la bota derecha?

--Sí, me aprieta.

--Lo suponía. Durante años llevarás escondido bajo el corazón algo grande, un sueño o un deseo tan grande que tu pierna derecha ya se está doblando bajo su peso.

El último amor en Constantinopla, Milorad Pavić.

(Sí a veces me aprietan mis botitas, pero estoy segura que es porque son del número dos y yo calzo del tres.)

Hoy fui con el endodoncista que casi se llama Eugenio Montejo.

Hace metáforas del tipo de Montejo.

Cuando me saca la radiografía de mi muela y me muestra los conductos del nervio, me dice: “Las patitas de tu muela están muy profundas”.

Prácticamente desalojaron el hueso de las patitas para colocarle otro, ahora podrán correr libremente sin miedo a infectarse. Después de tanto tiempo de espera, y de tres sesiones, las cuatro patitas salieron ilesas.

Todo lo que escondo en mi corazón, por más grande que sea, siempre termina por salir en mi escritura, ahora por la patita derecha, ahora el enorme deseo de que las citas con dentistas y demás doctores terminen pronto sin doblar el peso de los días.

martes, julio 01, 2008


Unas cuantas cosas encontradas en una libreta:

Calles sin nombre, caminatas en forma de triángulos isósceles, hexágonos. Roppongi, presentación de un libro de Banana. Kanda, Kinokuniya Books, libros de samuráis, librerías de viejo por todas partes. Metáforas en mente, todas en blanco, algunas sin referencias. Haiku, sin sílabas exactas para el olor de Mokusei. Papeles delgados, pequeños sellos. Alfabeto, obra de arte, kanji del pájaro a punto de volar. Metro, viaje 160 yenes, terciopelo rojo, pasamanos morado, caminito amarillo de ciegos. Absurdo, recogedores de colillas de cigarro a las cinco de la mañana. Okonomiyaki, la mejor comida. Tokio, la ciudad sin luna, salary man por doquier, el palacio imperial. Ryoanji, templo de letras que parecen íes sin puntitos o cejas tristes o siete piedras tapando una.

Japón, demasiados recuerdos, también sin nombre como sus calles.

jueves, junio 19, 2008

Me gusta el sabor de las galletas marías cuando se hacen viejas y blandas. Ese sabor y el té de cereza negra son la medida de mi felicidad.

Por la tarde fui a recoger mi computadora y algunas cosas al departamento.

Hablé con el mecánico que está arreglando mi estéreo y me dijo que estaría listo en quince minutos o media hora.

Entré a mi cuarto y me puse a releer un libro que me gusta mucho, La transformación de Květa Legátova. Pensé que mientras podría leer un poco ese libro y recordar frases subrayadas. Lo tenía encima de mi cómoda porque me lo acaba de regresar una amiga a la que se lo presté. Hace casi un año que leí ese libro y esa transformación mía que comenzó en julio del año pasado sigue todavía en camino, marchando como la imitación que hago de los soldaditos, los buenos momentos han marcado el año entero.

Buenos momentos que de pensarlos me estremecen.

Pequeños detalles se acomodan día con día, y sin duda no soy la misma.

Ayer y hoy estuve pensando en Frederik. Más bien me venía mucho a la mente una frase que él me decía mucho para señalarme alguna cosa por hacer. “No es por intrigar pero…” Su recuerdo viene y se va. No es por intrigar pero sería mejor ir preparando la exposición. No es por intrigar pero creo que deberías mandar ese texto. Sí, lo extraño. En momentos me asombra. Y sólo se queda en mí, una y otra vez, cómo pudo ser.

Después de todo decidí no despegar el calendario 2007 de mi cuarto.

Porque en esos días toda mi vida ha cambiado, esos días no se despegaran nunca de mí, porque son como lágrimas que se pronunciaran siempre en mi recuerdo.

No sé si soy mejor persona, pero sí sé que me alivia sentirme ligera.

Me doy cuenta que he aprendido a no enojarme.

Desde hace dos años pocas cosas me molestan. Y eso me hace más ligera. Mis pensamientos son frases sencillas, y al ser sencillas no me lastiman, no tienen esas aristas que tienen los pensamientos rebuscados que se entierran como las uñas, se clavan como un dolor imperceptible que al final resulta cansado, inútil. Antes así era. Y todo el tiempo me quejaba, me ponía triste, y también escribía, pero sobre todo porque me sentía hostigada por pensamientos tontos.

Ahora más bien me siento impregnada de recuerdos que surgen sin que me dé cuenta.

Las frases que subrayé en ese libro me siguen pareciendo maravillosas.

Me hice un ovillito y deseé quedarme así hasta el fin de los tiempos.

De pronto, sentada en mi cama, leyendo ese libro, el tiempo me tiene sin cuidado. El departamento adquiere un color anaranjado por eso de las seis, y de pronto vi que Rita, mi gata blancuzca, se me acercaba con cierto sigilo, como si le sorprendiera verme sentada con tanta quietud, nada de prisa, simplemente releyendo partes del libro. Alcé la mirada y la vi a través del espejo, me veía con asombro y sus pupilas estaban pequeñísimas en una fina línea negra, sus ojos eran más azules que las tapas del libro.

Vi mi cuarto y sentí que ese era el último momento en que veía mi cuarto tal como siempre ha estado. Sentí que ese cuarto nunca volvería a ser tan mío como hasta entonces. La transformación también avanzaría sobre mis cosas. Cada día irá mudando, hasta quedar vacío de mí, solo sin mí, ese cuarto que ahora comienza a terminar.

Y sentí la tristeza que acompaña todas las despedidas.

Rita saltó a la cama y se me acomodó en mis piernas. Me quedé con ella hasta quedar casi a oscuras. Me dieron ganas de llorar, pero mi propia felicidad se inclinó hacia mí con el ronroneo de Rita y estuve muy bien, pensando que nunca estamos del todo preparados para que terminen las cosas, cualquier cosa, incluso una tarde, una caricia, un libro.

miércoles, junio 04, 2008

Un sueño.

Otra vez voy en una bicicleta que al final se pierde en una torre de libros y libretas del fondo de cultura que yo me robaba. Por tomar varias de ellas olvidé la bicicleta, después la lluvia, la gente del metro saliendo y entrando, mi celular con imágenes de la infancia y los trenes abiertos a la mitad del camino bajando a las personas.

Creo que en estos silencios largos que hacen mis sueños caben mis recuerdos, vienen como parchecitos a las cosas rotas, como si todo pudiera pegarse a la vida con un poco de saliva, así van creciendo las huellas, las horas sin nombre, las bicis perdidas.

¿Por qué escribo sobre mis sueños como si escribiera con una hoja suelta sobre las rodillas?

¿Por qué?

No lo sé.

Hoy estaba con un amigo y me señaló que tenía una araña trepada en mi suéter.

Le di una especie de patadita con los dedos y salió volando.

Era una araña diminuta y negra como una pestaña de rimel.

Después no pasó nada, como siempre las cosas extraordinarias suceden de un minuto a otro y nadie presta la menor atención.

Todo sigue como si yo no hubiera echado a volar una araña.

Ahora.

Ahora estoy descalza y ahí están los días, empinados, sin sombras, pero asediando con su disfraz cotidiano, aquí no pasa nada, más calor que frío, aquí no pasa nada, me cuesta trabajo escribir así, a veces la pluma se va de un lado, a veces las hojas se rompen, miro la cortina de enfrente a la que le dediqué tres horas cosiendo el dobladillo a mano, esa cortina no se romperá como los silencios o las palabras, ese dobladillo esconde mi tiempo como a veces las tazas de café, la araña en el suéter, las cosas rotas que aparecen en mis sueños, eso que apunta a lo que termina y comienza y comienza a la vuelta de la esquina, a pie, no necesito ningún transporte para llegar.

Estoy segura que en algunos sueños no espero nada, pero en este sueño sólo quería robar páginas en blanco.

jueves, mayo 08, 2008


Sé que las cosas son las cosas

y siempre seguirán siendo ellas mismas

y que yo las veré ora de una manera, ora de otra

ora con los ojos del sentimiento, ora con los otros...

R. Musil




Ayer y hoy he tenido esa sensación de que el tiempo se adelanta.

No sé, tal vez no he despertado bien de esta siesta larga que he traído durante semanas.

He dormido.

He dormido tanto. He dormido como nunca antes. Duermo toda la noche, duermo por la mañana, duermo por la tarde. Duermo y sueño. Así estos días. No tengo cansancio.

Es algo así como demasiada felicidad que me tiene bien y no me deja colocar palabras en ningún lado porque la felicidad es tan brutal que no tiene definición, tampoco es una felicidad cursi, creo que es bienestar, alegría.

Todo lo que me rodea me produce bienestar, esa manchita en la pared me gusta, ese pasto debajo de los zapatos, esa canción, esa gota en el parabrisas, ese gallito de alambre van configurando un calidoscopio que hace de mi vida cotidiana parpadeos de acontecimientos, porque sin querer todo lo vivo casi dormida, quiero decir que tengo que hacer mapas, repetirme las cosas que hago porque de otra manera las olvidaría como sueños o como números de teléfono, precisamente porque son perfectas, el olvido sobreviene apenas suceden.

Aún así siento que me voy quedando atrás, a pesar de que abro mi paraguas cuando llueve, pongo mi cinturón cuando manejo, me sirvo limonada del refrigerador cuando llego a mi casa, hago las cosas con tanta normalidad que pareciera estoy con el tiempo, con ese tiempo que marcan todos los relojes. Pero no es así. Estoy en otro lado o un poco más atrás, viendo suceder pero a veces no tanto sucediendo. También es una necesidad mía, un deseo de tener el fin de semana cuando apenas es lunes, por querer las palabras cuando no he escrito nada, quiero tener todo con tan sólo pensarlo, soñar y dormir, dormir y sentir la lluvia cerca.

A veces me asombro de cómo encuentro sentido en todo lo que hago, ese sentido me tiene contenta o contribuye a la obscenidad de mi felicidad, porque al menos pienso que todo puede esperar mientras yo tenga ganas de escribir una carta o de ponerme a dibujar ángeles que vuelan no tanto por sus alas sino por sus botas de policarbono automático astroboy-go-home etcétera.

Todo esto simplemente porque me gusta mi vida tal y como la he elegido hasta ahora y estoy contenta con eso. Muchas personas se quejan de lo mal que los trata la vida, de lo horrenda que es su relación de pareja, del tormento que es la vida cotidiana y yo me siento abrumada porque no voy a decir que soy feliz, porque no puedo decir eso, porque no me sale y me parece un poco pedante y falta de cortesía. Cuando a veces digo que la verdad todo en mi vida está en paz, y no menciono la felicidad, no menciono que me emociona ver unos platanitos fritos sobre mi plato de arroz, que siento amor cuando tomo soda de cereza y estoy con Alberto y le tomo una foto y te quiero y la bici y la cartita en mi bolsillo, no digo nada de eso, sólo que estoy en paz. Entonces comienza esa mirada de la amiga o amigo a quien le diga eso, comienza ese juicio de no puede ser que alguien en este mundo esté contento, que cree conocerme lo suficiente y piensa que no es así, que seguramente estoy reprimiendo algo, que me hago la loca, que me creo perfecta, que creo en el mundo rosa y que los seguros de viajero me cuidan, que seguramente me doran la píldora.
Y no. Ya no. Ya no me doran la píldora, es más, ya detesto esa frase, no me gusta, en ese momento sí que era una frustración casi todas las cosas que me sucedían por eso necesitaba lo de la píldora y necesitaba sobre todo escribir que lo hicieran. Pero no más. Ahora todo es muy genuino, quiero decir que así es, con sus piedritas de río y cojín de gato y café caliente y películas y vodka y mensajitos en el celular es hermoso y bello y huele bien y no me importa que el calor me esté cocinando, qué bueno que así sea mientras conserve el orden y vaya pastoreando mi felicidad entre palabras y algunas fotos de graffiti.

En todo esto, yo voy unos segundos atrás, a punto de dormir, pero con esa alegría en el barniz de las uñas, con esa alegría que transporto casi a todos los lugares que voy, ora me gusta esta pestañita de tu mejilla, ora me gusta el queso Oaxaca, ora las cosas se van acomodando, una a una, creando esto que vaya a saber si alcance al tiempo.

Tengo que dedicar un espacio a lo que he traído en la cabeza todo el día.

Hoy cumplía años un amigo mío, cumpliría los mismos años que yo cumplí en abril pero murió en enero.

Hace dos años le escribí una carta muy larga para felicitarlo y él me contestó dos días después una carta que no tiene caso postear aquí, pero que en su posdata me decía:

P.D. Únicamente deseo algo en este 10 de mayo (ahora sí, ya pasó mi cumpleaños): No morir en la abyección de lo que se debe de... (pensar, decir, hablar, escribir, sentir). Uno puede sentir, cuando trae semejante cruda, que llega la muerte. Espero no morir como SE debe de morir todo crudo, espero no residir en esa abyección. Espero liberarme de la dictadura del SE.

martes, abril 22, 2008

Hoy recibí como regalo una libreta bellísima, pequeña, hermosa. En ella escribí mi nombre y todas las cosas que pongo al principio de las libretas, y después escribí una crónica entera de lo que hice en este cumpleaños porque no quería perder el mínimo detalle, como ha sucedido otras veces. Al menos tengo la intención de recordar incluso que el señor que vende flores afuera de mi casa estaba dormido en su silla.

Espero que no sea como otros cumpleaños que ahora se han quedado sin partes, casi borrosos, como ideas pero no como hechos. Soy obsesiva en esto de los recuerdos, por eso escribo de alguna manera. Los días se pierden en la cotidianidad pero apenas comienzo a leer textos pasados, cartas, hojas sueltas en donde quedaron diálogos, puedo conectarme con ese pasado inmediatamente y me gusta hacerlo, y aún así, hay cabos sueltos, palabras que han perdido su contexto y que a veces no logro entender.

Pues sí, olvido.

No sé por qué me acordé de un cumpleaños, creo que cuando cumplí seis años y mis papás rentaron un salón de fiestas que estaba muy cerca de la casa. Entonces pusieron una rueda de la fortuna y yo estuve dando de vueltas en esa rueda mucho tiempo. Así lo recuerdo: en cada vuelta me subían con un invitado diferente hasta que me harté de tanto dar vueltas. Pero la pasaba muy bien, porque estar en mi carrito subiendo y bajando me daba cierta privacidad que me hacía disfrutar mi cumpleaños. No sé porqué este cumpleaños es de cierta manera una reminiscencia de esa felicidad que sentí hace ya varios años.

Sí, una alegría que se prolonga con los días y los licuados de fresa y las lecturas sobre Orozco y la música de Norah Jones…