jueves, junio 19, 2008

Me gusta el sabor de las galletas marías cuando se hacen viejas y blandas. Ese sabor y el té de cereza negra son la medida de mi felicidad.

Por la tarde fui a recoger mi computadora y algunas cosas al departamento.

Hablé con el mecánico que está arreglando mi estéreo y me dijo que estaría listo en quince minutos o media hora.

Entré a mi cuarto y me puse a releer un libro que me gusta mucho, La transformación de Květa Legátova. Pensé que mientras podría leer un poco ese libro y recordar frases subrayadas. Lo tenía encima de mi cómoda porque me lo acaba de regresar una amiga a la que se lo presté. Hace casi un año que leí ese libro y esa transformación mía que comenzó en julio del año pasado sigue todavía en camino, marchando como la imitación que hago de los soldaditos, los buenos momentos han marcado el año entero.

Buenos momentos que de pensarlos me estremecen.

Pequeños detalles se acomodan día con día, y sin duda no soy la misma.

Ayer y hoy estuve pensando en Frederik. Más bien me venía mucho a la mente una frase que él me decía mucho para señalarme alguna cosa por hacer. “No es por intrigar pero…” Su recuerdo viene y se va. No es por intrigar pero sería mejor ir preparando la exposición. No es por intrigar pero creo que deberías mandar ese texto. Sí, lo extraño. En momentos me asombra. Y sólo se queda en mí, una y otra vez, cómo pudo ser.

Después de todo decidí no despegar el calendario 2007 de mi cuarto.

Porque en esos días toda mi vida ha cambiado, esos días no se despegaran nunca de mí, porque son como lágrimas que se pronunciaran siempre en mi recuerdo.

No sé si soy mejor persona, pero sí sé que me alivia sentirme ligera.

Me doy cuenta que he aprendido a no enojarme.

Desde hace dos años pocas cosas me molestan. Y eso me hace más ligera. Mis pensamientos son frases sencillas, y al ser sencillas no me lastiman, no tienen esas aristas que tienen los pensamientos rebuscados que se entierran como las uñas, se clavan como un dolor imperceptible que al final resulta cansado, inútil. Antes así era. Y todo el tiempo me quejaba, me ponía triste, y también escribía, pero sobre todo porque me sentía hostigada por pensamientos tontos.

Ahora más bien me siento impregnada de recuerdos que surgen sin que me dé cuenta.

Las frases que subrayé en ese libro me siguen pareciendo maravillosas.

Me hice un ovillito y deseé quedarme así hasta el fin de los tiempos.

De pronto, sentada en mi cama, leyendo ese libro, el tiempo me tiene sin cuidado. El departamento adquiere un color anaranjado por eso de las seis, y de pronto vi que Rita, mi gata blancuzca, se me acercaba con cierto sigilo, como si le sorprendiera verme sentada con tanta quietud, nada de prisa, simplemente releyendo partes del libro. Alcé la mirada y la vi a través del espejo, me veía con asombro y sus pupilas estaban pequeñísimas en una fina línea negra, sus ojos eran más azules que las tapas del libro.

Vi mi cuarto y sentí que ese era el último momento en que veía mi cuarto tal como siempre ha estado. Sentí que ese cuarto nunca volvería a ser tan mío como hasta entonces. La transformación también avanzaría sobre mis cosas. Cada día irá mudando, hasta quedar vacío de mí, solo sin mí, ese cuarto que ahora comienza a terminar.

Y sentí la tristeza que acompaña todas las despedidas.

Rita saltó a la cama y se me acomodó en mis piernas. Me quedé con ella hasta quedar casi a oscuras. Me dieron ganas de llorar, pero mi propia felicidad se inclinó hacia mí con el ronroneo de Rita y estuve muy bien, pensando que nunca estamos del todo preparados para que terminen las cosas, cualquier cosa, incluso una tarde, una caricia, un libro.

miércoles, junio 04, 2008

Un sueño.

Otra vez voy en una bicicleta que al final se pierde en una torre de libros y libretas del fondo de cultura que yo me robaba. Por tomar varias de ellas olvidé la bicicleta, después la lluvia, la gente del metro saliendo y entrando, mi celular con imágenes de la infancia y los trenes abiertos a la mitad del camino bajando a las personas.

Creo que en estos silencios largos que hacen mis sueños caben mis recuerdos, vienen como parchecitos a las cosas rotas, como si todo pudiera pegarse a la vida con un poco de saliva, así van creciendo las huellas, las horas sin nombre, las bicis perdidas.

¿Por qué escribo sobre mis sueños como si escribiera con una hoja suelta sobre las rodillas?

¿Por qué?

No lo sé.

Hoy estaba con un amigo y me señaló que tenía una araña trepada en mi suéter.

Le di una especie de patadita con los dedos y salió volando.

Era una araña diminuta y negra como una pestaña de rimel.

Después no pasó nada, como siempre las cosas extraordinarias suceden de un minuto a otro y nadie presta la menor atención.

Todo sigue como si yo no hubiera echado a volar una araña.

Ahora.

Ahora estoy descalza y ahí están los días, empinados, sin sombras, pero asediando con su disfraz cotidiano, aquí no pasa nada, más calor que frío, aquí no pasa nada, me cuesta trabajo escribir así, a veces la pluma se va de un lado, a veces las hojas se rompen, miro la cortina de enfrente a la que le dediqué tres horas cosiendo el dobladillo a mano, esa cortina no se romperá como los silencios o las palabras, ese dobladillo esconde mi tiempo como a veces las tazas de café, la araña en el suéter, las cosas rotas que aparecen en mis sueños, eso que apunta a lo que termina y comienza y comienza a la vuelta de la esquina, a pie, no necesito ningún transporte para llegar.

Estoy segura que en algunos sueños no espero nada, pero en este sueño sólo quería robar páginas en blanco.

jueves, mayo 08, 2008


Sé que las cosas son las cosas

y siempre seguirán siendo ellas mismas

y que yo las veré ora de una manera, ora de otra

ora con los ojos del sentimiento, ora con los otros...

R. Musil




Ayer y hoy he tenido esa sensación de que el tiempo se adelanta.

No sé, tal vez no he despertado bien de esta siesta larga que he traído durante semanas.

He dormido.

He dormido tanto. He dormido como nunca antes. Duermo toda la noche, duermo por la mañana, duermo por la tarde. Duermo y sueño. Así estos días. No tengo cansancio.

Es algo así como demasiada felicidad que me tiene bien y no me deja colocar palabras en ningún lado porque la felicidad es tan brutal que no tiene definición, tampoco es una felicidad cursi, creo que es bienestar, alegría.

Todo lo que me rodea me produce bienestar, esa manchita en la pared me gusta, ese pasto debajo de los zapatos, esa canción, esa gota en el parabrisas, ese gallito de alambre van configurando un calidoscopio que hace de mi vida cotidiana parpadeos de acontecimientos, porque sin querer todo lo vivo casi dormida, quiero decir que tengo que hacer mapas, repetirme las cosas que hago porque de otra manera las olvidaría como sueños o como números de teléfono, precisamente porque son perfectas, el olvido sobreviene apenas suceden.

Aún así siento que me voy quedando atrás, a pesar de que abro mi paraguas cuando llueve, pongo mi cinturón cuando manejo, me sirvo limonada del refrigerador cuando llego a mi casa, hago las cosas con tanta normalidad que pareciera estoy con el tiempo, con ese tiempo que marcan todos los relojes. Pero no es así. Estoy en otro lado o un poco más atrás, viendo suceder pero a veces no tanto sucediendo. También es una necesidad mía, un deseo de tener el fin de semana cuando apenas es lunes, por querer las palabras cuando no he escrito nada, quiero tener todo con tan sólo pensarlo, soñar y dormir, dormir y sentir la lluvia cerca.

A veces me asombro de cómo encuentro sentido en todo lo que hago, ese sentido me tiene contenta o contribuye a la obscenidad de mi felicidad, porque al menos pienso que todo puede esperar mientras yo tenga ganas de escribir una carta o de ponerme a dibujar ángeles que vuelan no tanto por sus alas sino por sus botas de policarbono automático astroboy-go-home etcétera.

Todo esto simplemente porque me gusta mi vida tal y como la he elegido hasta ahora y estoy contenta con eso. Muchas personas se quejan de lo mal que los trata la vida, de lo horrenda que es su relación de pareja, del tormento que es la vida cotidiana y yo me siento abrumada porque no voy a decir que soy feliz, porque no puedo decir eso, porque no me sale y me parece un poco pedante y falta de cortesía. Cuando a veces digo que la verdad todo en mi vida está en paz, y no menciono la felicidad, no menciono que me emociona ver unos platanitos fritos sobre mi plato de arroz, que siento amor cuando tomo soda de cereza y estoy con Alberto y le tomo una foto y te quiero y la bici y la cartita en mi bolsillo, no digo nada de eso, sólo que estoy en paz. Entonces comienza esa mirada de la amiga o amigo a quien le diga eso, comienza ese juicio de no puede ser que alguien en este mundo esté contento, que cree conocerme lo suficiente y piensa que no es así, que seguramente estoy reprimiendo algo, que me hago la loca, que me creo perfecta, que creo en el mundo rosa y que los seguros de viajero me cuidan, que seguramente me doran la píldora.
Y no. Ya no. Ya no me doran la píldora, es más, ya detesto esa frase, no me gusta, en ese momento sí que era una frustración casi todas las cosas que me sucedían por eso necesitaba lo de la píldora y necesitaba sobre todo escribir que lo hicieran. Pero no más. Ahora todo es muy genuino, quiero decir que así es, con sus piedritas de río y cojín de gato y café caliente y películas y vodka y mensajitos en el celular es hermoso y bello y huele bien y no me importa que el calor me esté cocinando, qué bueno que así sea mientras conserve el orden y vaya pastoreando mi felicidad entre palabras y algunas fotos de graffiti.

En todo esto, yo voy unos segundos atrás, a punto de dormir, pero con esa alegría en el barniz de las uñas, con esa alegría que transporto casi a todos los lugares que voy, ora me gusta esta pestañita de tu mejilla, ora me gusta el queso Oaxaca, ora las cosas se van acomodando, una a una, creando esto que vaya a saber si alcance al tiempo.

Tengo que dedicar un espacio a lo que he traído en la cabeza todo el día.

Hoy cumplía años un amigo mío, cumpliría los mismos años que yo cumplí en abril pero murió en enero.

Hace dos años le escribí una carta muy larga para felicitarlo y él me contestó dos días después una carta que no tiene caso postear aquí, pero que en su posdata me decía:

P.D. Únicamente deseo algo en este 10 de mayo (ahora sí, ya pasó mi cumpleaños): No morir en la abyección de lo que se debe de... (pensar, decir, hablar, escribir, sentir). Uno puede sentir, cuando trae semejante cruda, que llega la muerte. Espero no morir como SE debe de morir todo crudo, espero no residir en esa abyección. Espero liberarme de la dictadura del SE.

martes, abril 22, 2008

Hoy recibí como regalo una libreta bellísima, pequeña, hermosa. En ella escribí mi nombre y todas las cosas que pongo al principio de las libretas, y después escribí una crónica entera de lo que hice en este cumpleaños porque no quería perder el mínimo detalle, como ha sucedido otras veces. Al menos tengo la intención de recordar incluso que el señor que vende flores afuera de mi casa estaba dormido en su silla.

Espero que no sea como otros cumpleaños que ahora se han quedado sin partes, casi borrosos, como ideas pero no como hechos. Soy obsesiva en esto de los recuerdos, por eso escribo de alguna manera. Los días se pierden en la cotidianidad pero apenas comienzo a leer textos pasados, cartas, hojas sueltas en donde quedaron diálogos, puedo conectarme con ese pasado inmediatamente y me gusta hacerlo, y aún así, hay cabos sueltos, palabras que han perdido su contexto y que a veces no logro entender.

Pues sí, olvido.

No sé por qué me acordé de un cumpleaños, creo que cuando cumplí seis años y mis papás rentaron un salón de fiestas que estaba muy cerca de la casa. Entonces pusieron una rueda de la fortuna y yo estuve dando de vueltas en esa rueda mucho tiempo. Así lo recuerdo: en cada vuelta me subían con un invitado diferente hasta que me harté de tanto dar vueltas. Pero la pasaba muy bien, porque estar en mi carrito subiendo y bajando me daba cierta privacidad que me hacía disfrutar mi cumpleaños. No sé porqué este cumpleaños es de cierta manera una reminiscencia de esa felicidad que sentí hace ya varios años.

Sí, una alegría que se prolonga con los días y los licuados de fresa y las lecturas sobre Orozco y la música de Norah Jones…

domingo, abril 20, 2008

yo te maldigo

bailarina de piedra.

Yo soy como la bailarina de piedra: siempre doy bailecitos como si tuviera piedritas adentro de los zapatos.

Los recuerdos de este año llevan la huella de otros recuerdos, quiero decir, se han marcado de instantes que no son recuerdos míos pero que ahora significan tanto como si fueran míos. Marcas, signos como kanjis que no significan un recuerdo, sino la cadena completa de acontecimientos, pequeños rastros que han hecho de mí la persona que soy ahora. Me he vuelto tan diferente que yo misma estoy sorprendida. Lo siento como un paso (no) más allá. Estoy en un desplazamiento continuo en donde mi propia cotidianidad da pequeños giros, apenas perceptibles, pero de tanta intensidad que me es difícil saber cómo o por qué el año se fragmenta tan rápido, sin concesiones, pero extraordinariamente hermoso. Como si la vida pudiera recortarse en muchas imágenes y acomodarse de modos diferentes que me amoldan los pensamientos con colores primarios, y algunas veces imágenes y memorias que se llevan en la manga del suéter como algunas cartas.

Y lo demás se va deteniendo con sus detalles, con esa paciencia que se le tiene al tiempo, y sí, si todavía me da la gana idear sorpresas, si todavía me escribo clasificaciones en las muñecas y si el mundo me importa un poquito más porque tiene un graffiti nuevo eso es más que suficiente para sentirme viva y ser feliz.

Si eso me hace feliz es porque hago de las cosas situaciones, me poseo, día a día, me inscribo de maneras diversas y me gusta hacerlo. Ese privilegio no verbal de cada uno de mis recuerdos hace que este año sea especial.

Por último: Siempre he tenido singular emoción por años pares y cumpleaños pares.

Una frase de mi amiga Zenia Yébenes, que dijo más o menos así: “…siempre hay un olvido forzado… como no tenemos otras palabras hay que dinamitar las palabras desde adentro para utilizarlas de otro modo”.

El unicornio

nos contemplaba

desde la atalaya de ojos

del novísimo

castillo de alas

yo te maldigo

bailarina de piedra.

Un tintero

y metimos al unicornio

en ese tintero

el silencio de los mudos

no es silencio

yo te bendigo

hada madrina

brazos en cruz.

Pedro Casariego en La risa de Dios

domingo, abril 13, 2008


Todo el día escucho in Rainbows como sólo había ocurrido con Ok Computer.

Estos días han sido como esas figuras que se van uniendo con puntitos numerados y que sólo hasta el final, a veces un poco antes, sabemos cómo va quedando el animalito, la planta verde, el café sobre la mesa.

Dibujitos al margen, sin pensamiento, sólo contornos, manchitas y algunas estrellas de cinco picos.

Pequeñas marcas de estar contenta.

Tal vez demasiada alegría amarilla.

Sueños con llaves perdidas.

Tal vez in Rainbows…

viernes, abril 04, 2008

Por fin abril...
el mes más cruel...
lilas en la tierra...
calor, mucho calor
(Suspiro largo)

No sé por qué me siento tan bien, en realidad no debería porque tengo muchas cosas que hacer, pero aún así hay algo dentro de mí en donde no importa nada, sólo este sentimiento de bienestar.
Esta felicidad nadie me la puede quitar, ni siquiera las cosas urgentes.
Quisiera que todo el mes sea justo como esta mañana del viernes: a tiempo de abrir puertas. Temprano se puede hacer todo.
Es temprano.
Y si es temprano todo puede ocurrir.

lunes, marzo 31, 2008

Buenas noches a las cosas que tengo enfrente. Marquito dorado, calendario dos mil siete, bolsas colgadas en perchero, reloj korean air, silbato en forma de perro azteca, teclita de piano, llaves, disco, peine…

Yo debería escombrar todas las cosas que voy dejando a mi alrededor. Pero soy esas cosas en cierta manera.

Ahora me siento un poco mejor sobre todo porque el calor es menos.

Es así: la semana pasada enfermé.

Ahora estoy saliendo de la enfermedad y he vivido un día entre dormida y despierta, entre sueño y calor y mucha sed.

He tenido muchos sueños. Pero hay uno que me gusta y fue durante mi siesta.

Es de día y está lloviendo.

Yo vengo en un carro con mi hermana y mi mamá, seguramente en el carro de mi mamá. Estamos en una calle por donde hay un depósito o estacionamiento de trolebuses. Ese lugar está cerca de mi antigua casa, y cuando era niña mi papá me decía que era la casa en donde dormían los trolebuses. De pronto mi mamá se frena en una esquina y bajamos a una papelería en donde venden escritorios y todo tipo de cosas. La tienda está vacía, no hay clientes y no hay nadie que nos pueda cobrar. De pronto me doy cuenta que necesito con urgencia que nos cobren porque tengo que llevar una carta. Mi mamá quiere un paquete de hojas y yo llevo conmigo un sobre. Pero no llega nadie. Así que le digo a mi mamá que nos vayamos sin pagar. Me dice que sí y cuando salimos de la papelería me entran unas ganas inmensas de regresar a la papelería y robarme todo lo que pueda. Pero no lo hago y me enojo un poco conmigo. Me pregunto a mí misma, pero ¿por qué no?

Entonces despierto, y lo primero que pienso, es ¿por qué no?

Cuando desperté ya estaba oscureciendo. Y por primera vez no me sentí mal de dormir tanto.

Mañana, mañana es abril y con abril mi cumpleaños.

Mañana es abril y eso me pone de buenas.

Porque me gusta el mes y soy abrileña.

Estoy un poco de harta de los ecos que deja el calor sobre el cuerpo y cómo se van metiendo en cada cabello y me dejan atontada, como si en el fondo de mi ser se escucharan martillazos que no me dejan pensar pero tampoco dormir o concentrarme.

No entiendo mucho lo que es el tiempo, sólo sé que se prolonga como los pensamientos humanos, roza cada pequeño detalle de nuestro ser, a veces golpea y vamos poniendo curitas en nuestra vida.

Yo quisiera una cajita de primeros auxilios para cualquier día de la semana.

Hoy no fue un buen día. Sólo la música y las palabras que escribo me van quitando de encima esa desazón que impregna el lunes, último día del mes, no-vacaciones-any-more…

lunes, marzo 17, 2008

En algunos momentos resucito en espacios que son como una cartografía de los recuerdos.

Despierto a todas las horas o las horas despiertan moradas en lunes.

Despierto con los cabellos más oscuros que ayer.

Pero mis ojos siguen un señor que deja estatuitas por todos los cuartos; que deja pinturas en sus dedos.

Acaricia el arte con su mirada por tener los labios tan delgados y no poder besar el tiempo.

La luz de mis uñas cambia con los días.

Los libros más soñados por mí tienen pasta dura y se editan en la calle de Bolívar.

El almohadillado de los edificios tiene pegado el vocabulario de recuerdos y otras miradas que ya no están.

Los espejos son tan pequeños que sólo puedo ver mis pestañas.

Yo hubiera querido tener dos centímetros más de altura.

Cuando sueño siempre estoy descalza.

A veces me falta un calcetín y es por un libro de Matías.

El suelo de tabique rojo es muy frío.

El señor tenía en sus manos un rizoma que era una rata, que era un tubérculo azul.

Bosteza siempre que le arden los ojos.

Estoy mirando el frío que sienten mis pies.

Y a mi qué me importa dormir más de diez horas.

Abajo cada minuto es gratis, es etcétera, es una Coca Light.

Las almas que sueñan doblan en la esquina de la panadería, doblan ahí en donde nadie ha hecho un gran esfuerzo por seguirlas.

No se pueden fingir las sonrisas que trazo en mi libreta de cuadricula chica.

Aquí no hay voces, todos mis trazos son mudos aunque hablen en voz baja.

Nadie disimula una sonrisa cuando hago un trazo en la cuadricula de mis hojas.

La voz despierta en la sombra de algunas palabras.

Los sueños ajenos cambian el color de mis ojos.

Los recuerdos se guardan en bolsitas de plástico.

Los pensamientos saldrán como el sol.

La memoria, negativo, sin color pero con figuras a la luz.

martes, marzo 11, 2008

Pesadillas

Soñé una casa enorme con muchas personas que no conocía, pero eran personas ya grandes, algunos señores traían saco. Yo estaba un poco alejada de ese círculo, pero los veía desde una salita. De pronto tenía un ataque de pánico y me escondía. Pero no sabía en dónde esconderme. Cuando me metía a una habitación terminaba en el mismo sitio que me daba miedo: la salita, un pequeño cuarto con altos techos que tenía libreros pero no libros. Todas las habitaciones eran en realidad una o eso sentía.

Desperté.

Y después me volví a quedar dormida.

Soñé que había un niño corriendo de un lado a otro. Esto me parecía insoportable. Hacía mucho sol. No estaba acalorada pero la luz no me dejaba entender por qué había un niño o por qué yo tenía que estar ahí. Caminé hacia una sombra pero apenas tenía claridad del espacio, que era un lugar abierto con árboles, la luz del sol me enceguecía de nuevo.



lunes, marzo 10, 2008

De pronto sentí la mirada de una esculturita negra que tengo frente a mí mientras escribo. Y con su mirada los recuerdos de cómo llegó a mí.

Pero a veces quisiera componer los recuerdos.
Ninguna nota, ninguna tecla, ningún aviso del sin sentido con el que se van dando las cosas, una tras otra.
De pronto estamos del otro lado observando esta realidad como se puede observar un eclipse.


Sigo en el tiempo, ahora llena de siempres que se guardan en los mensajes.

Pero tal vez por esta ocasión sea siempre.



Eso creo.

domingo, marzo 09, 2008

Si me siento a escribir es porque necesito poner un orden a las horas.

Yo entonces podría ser un reloj que con las piernas cruzadas anota un pensamiento por minuto. Pero recuerdo más sentimientos que pensamientos, siento más la memoria que el continuo devenir de situaciones frente a mis ojos. A veces no importa lo que suceda enfrente de mí si yo estoy en otra parte. Cuando escucho Man of the hour en el fondo de mi ser siento una ausencia que me deja la garganta seca. De esa sensación surge la necesidad de traer lo más que pueda ese recuerdo de niña en donde sentía, de verdad sentía, que alguien me cuidaba en cualquier parte que yo estuviera.

Son las 6:42 y tengo más ganas de escribir una carta de amor que pensar en los deberes de la semana. Los domingos comienzan a volverse una parte bonita de mi vida. Quién lo iba a pensar. Pero sí, aunque encierran su tedio particular. Lo que sucede con este día es que hay un respeto por el horario, y eso siempre molesta. Los domingos nunca son lo suficientemente Blues, son más bien como Last kiss.

Pero mira, no haré una cartita de amor, prefiero tararear una canción.

A los minutos no les importa un poquito si yo pienso o me quedo atónita ante la ventana. Y de pronto comienza a oscurecer, imperceptiblemente, todo se oscurece, primero rosado y luego el atardecer con la morbidez de las tarjetitas de santos. El tiempo para mí es un continuo que me va dotando de memoria pero que también va dejando ausencias. Soy yo pero al mismo tiempo dejo una partecita mía, no sé en dónde quede, sólo sé que cambia y que hace un año no era esta que soy ahora. Lo ausente se agarra al tiempo exacto, lo ausente detiene un tiempo que lo minutos posteriores ya no traerán de nuevo. Eso que ha sido y que no importa más a los relojes. Cómo pueden seguir tirando las manecillas cuando las faltas deberían de prolongarse con esa misma hora o con ese minuto. No lo sé. Sólo las certezas envejecen.

Ese hilo de ideas se va tornando en un camuflaje de imágenes, a veces el color de una casa, la ventana, la calle en donde las personas se van sucediendo unas a otras, ese mar de desconocidos que habita la ciudad, los espacios completamente atiborrados de cosas que ya no son cosas, o que ya no me vienen a la cabeza como simples nombres que significan lo que son, ahora, en la mayoría de los casos, personas y objetos se han compactado en la mente como imágenes con peso, pero sobre todo como una masa inconciente que habita en mi interior y a veces me deja sola, eso parecido a la nada.

¿Qué piensas?

Nada.

Porque nada es el colapso de situaciones en donde las cosas me han robado lo que me deja en nada. Entonces sí podría ser como los dibujos que hago en mi libreta, sólo un perfil, una línea, un ojo, pero no una Idalia, al menos no la Idalia que ahora escribe.

A veces estoy en un lugar y lo que observo son actitudes, palabras, frases, modos que adquiere la gente para vivir en esto que se llama mundo. Y no quiero pensar en las personas, pero están frente a mí, me roban mi tiempo y mi espacio con una facilidad impresionante.

Ayer fui a la cantina que está sobre la calle de la Higuera.

Y entonces observo el señor que sirve las bebidas y que agita la coctelera, atrás de él hay una pantalla con una pelea de box, y todo lo demás es un mueble para botellas. Después es mi reflejo en un espejo y el reflejo de Alberto y el reflejo de otras personas. El box, las botellas, el camarero, y de pronto sólo son las orejas.

Ayer eran muchas las orejas que no tienen lóbulos y las mujeres disimuladamente los cubren con su cabello. Las orejas que no están pegadas a la cabeza y que se asoman como de elefantito. También las personas esconden este tipo de oreja. Las orejas que han comenzado a crecer y toman un aspecto más pálido. Así como las orejas que tienen pelos, muchos pelos. Las orejas sucias, las orejas con lóbulos gordos, las orejas pequeñísimas y rojizas.

Yo tenía las orejas coloradas por el alcohol.

Las sentía calientes, tan calientes que por eso comencé a ver las orejas.

viernes, marzo 07, 2008

Hoy me puse un suéter que tenía una estampa pegada de corazón. Y después me di cuenta que mi corazón se estaba despegando. Mejor lo despegué porque no quería que se cayera. Y es una larga lista de cositas que guardo, yo no sé por qué. Simplemente pienso o me hago a la idea de que un día lo utilizaré. Tal vez lo haga. En mi escrito del combate escribo sobre cómo las figuras se pegan y traspapelan unas otras. Hoy pensé que si despegaba mi corazón tendría que pegarlo en algún lugar. Como si esa estampa coincidiera con mi propio suéter que fuera mi pecho y mi corazón al mismo tiempo.

Escucho Babasónicos y es como si de pronto no fuera este año o estuviera fuera del tiempo. Me pasa con la música. La música guarda exactamente el recuerdo de cómo me sentía en cierto momento de mi vida, me roba y recupero aquello que sentía, melancolía. Marcando límites con la memoria en esa rueda que no deja de girar y que ya no entiendo si es de la fortuna o del destino, sólo sé que sigue girando.

miércoles, marzo 05, 2008

Este lunes me encontré con mi comadre. Yo estaba un poco triste.

La comadre dijo: El día está bonito.

Y yo se lo creí.

En el camión que me trajo a mi casa una señora se me acercó y me dijo si el destino del conductor era llevarnos a Taxqueña. A una velocidad que no entiendo remarqué en mi cabeza: “destino” y “conductor”.

Sí, claro, este camión la lleva al metro Taxqueña.

Pero ella se refería a Miguel Ángel de Quevedo que antes se llamaba Taxqueña.

Sí, de todas maneras llega a Miguel Ángel porque ahí da la vuelta.

Nos fuimos sentadas juntas.

Cuando me levanté para bajarme del camión mucho antes de llegar al metro porque yo no voy hasta el metro, la señora me volvió a preguntar:
¿Falta mucho para llegar a Taxqueña?

Más o menos.

Me sorprende encontrar personas como esta señora que toma por primera vez una ruta que yo tengo años tomando.

La señora me tocó el hombro en una especie de agradecimiento.

Sólo le sonreí.

Tal vez un día deje de tomar esa ruta, y entonces tenga que tomar otras en donde sea nueva y tenga que preguntar si falta mucho para llegar.

Hoy en la clase de francés dije que el metro de París es el mejor transporte para encontrar el amor. Y la maestra no lo entendió.

En los reflejos del camión,

ahí estoy atrapada por las tardes y las preguntas.

En mi camino no hay un metro y tampoco París.

Creo que falta mucho para llegar.

Pero no me importa.

jueves, febrero 28, 2008

No sé, a veces es como si me sentara con cara de susto frente a la máquina.

Pero de pronto me doy cuenta que estoy llenísima de palabras que me salen a las primeras de cambio. Y me censuro. No debería. En realidad me ha dolido la panza casi una hora y estoy un poco inflamada. Pero tengo esa necesidad de frotarme contra el teclado como si esto me aliviara. Creo que me alivia. Pienso que muchas cosas son absurdas y me pone de malas que sean así. Vengo en el camión y me pego a la ventana, entonces la calle deviene pasto que deviene cemento que deviene graffiti que deviene cielo que deviene nube. Y es cierto, todo es una composición, de pronto es como si cayera el veinte. Todo deviene a otra cosa, hasta el dolor de mi panza deviene palabra que deviene blanco que deviene rayita temblorosa al final de la oración.

Varias cosas que tengo que decir antes de irme a dormir.

Me encontré veinte pesos en el estacionamiento. Tirados. Fue tanta la emoción que ni siquiera pude decir con palabras que había veinte pesos en mi mano por arte de magia.

Nunca los gastaré. Serán de la buena suerte, mi amuleto privado, mi billete de veinte pesos un poco roto de una esquina. Los jueves por lo general son un buen día. Eso creo.

Y sucedió.

Ahora. En este momento soy la ausencia del pellejito que me arranqué de la uña y me duele casi para tener el dedo en la boca todo el tiempo.

Terminé de leer el Tratado de pintura, Da Vinci. Lo amé con locura.

Cómo hacer un barniz para fijar los recuerdos:

“Salitre, vitriolo, cinabrio, alumbre, amoniaco, mercurio sublimado, sal gema, sal álcali, sal común, alumbre de roza, arsénico sublimado, tártaro, oropimente, cardenillo. Todo a fuego lento, dispón un brasero de cobre o de hierro encendido”.

Y después se quedan para siempre como las pinturas del Renacimiento, con craqueladuras pero para siempre.

miércoles, febrero 20, 2008

Y puesto que los cuerpos luminosos son entre tinieblas más potentes que ningún cuerpo, parece evidente que, siendo el orificio del ojo harto tenebroso, cual es la naturaleza de todos los agujeros, las imágenes de los cuerpos lejanos se confundirán en medio de esa tan grande luz celeste, y que si por un acaso se mostrasen resultarán oscuros y negros, tal como ocurre con todo pequeño cuerpo visto bajo la luz del aire.
Leonardo da Vinci, Tratado de pintura.

domingo, febrero 17, 2008

Hoy:

Por la mañana: Me decepcionó la nueva película de Tim Burton.

Por la tarde: Medité quince minutos, sentada, relajada, tres sesiones de cinco minutos.

No tuve pensamientos claros, sólo imágenes que iban y yo misma quitaba de ahí para concentrarme en mi respiración.

Entonces, por un momento, creí tener la sensación de que viviría mucho tiempo si seguía con la meditación.

Después monté una moto, al final me caí.

Nada me pasó, pero es la primera vez que me subo a una moto y me gustó.

Estoy bien, es como si de pronto me diera cuenta que todo está por delante y que algo, no sé qué sea, se está abriendo camino frente a mí.

Inicio. Comienzo. Estas palabras describen el sentimiento de hoy.

lunes, febrero 11, 2008

Sputnik, my love o despedida del compañero de viaje

¿Qué piensas?

Ahora.

En este momento.

Un segundo antes de preguntarte.

No me importa que sea un pensamiento absurdo.

Quiero saberlo.

No importa que no entienda.

Escribo con una sola mano mientras con la otra sostengo la secadora de pelo que hace un ruido impresionante. Sólo escucho la secadora cerca de mi cabello y las palabras que escribo ahora. Escribo mientras mi cabello húmedo se peina a toda velocidad.

Sputnik, my love está a la vista, la diferencia entre signo y símbolo en mi memoria. La rueda de la fortuna y las canas de Myu. El calor entra en cada uno de mis cabellos y yo pienso en el otro. En el otro que observamos desde un parque de diversiones. El otro perdido en una isla griega. Otra Sumire. Otra Idalia. Otro pensamiento. Otro reflejo en la mañana. Otra ciudad de México que se vacía por completo en el camino. Otra vez con la secadora en la mano y este ruido que marca el tiempo.

"Nunca te lo he dicho pero después de conocerte entendí que uno tenía que hacer de sí mismo un grandísimo personaje de novela".

Pienso en Sputnik, my love, y me doy cuenta que se trata de un libro que llegó a mi vida para cerrar una amistad. Sumire es el signo de un momento de mi vida y es también el símbolo de la mano que se agita a lo lejos; del otro lado; el eterno adiós.