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viernes, diciembre 19, 2014

León. Guanajuato. México

Una broma personal con M. agregaba “América, Planeta Tierra, Sistema Solar”.
Fui a León la semana pasada. Con Maritza. Con la mejor constante de León.
En este viaje lo más importante, además de visitar a la familia, de regalar Barba Azul, de leer noticias sobre Cortázar, de comprar cereales en el H.E.B., fue ser heredera de la vajilla de mamá Chagüita. 
Mi mamá Chagüita, of course.
Una vajilla muy hermosa de vidrio, comprada en Salinas y Rocha hace muchos, muchísimo años.
Empacada en periódico y servilleta y bolsa de plástico. 
Lentamente, muy lentamente la he ido desempacando.
Lo primero que saqué fueron las tazas, luego los platos pequeños. Y hoy, aún no, pero hoy, quiero desempacar la azucarera. Si desempacara todo de golpe es como tener todos los regalos al mismo tiempo. 
Y no quiero, no quiero develar todo el misterio de golpe.
Me gusta disfrutar el desembalaje.
Porque mientras lo hago imagino la historia que hay detrás de esta vajilla que ha permanecido guardada durante décadas. Sé que soy heredera no de la vajilla, sino de la historia que guarda la vajilla, soy la que hablará de esta taza que fue comprada en Salinas y Rocha en el centro de la ciudad, a muy pocas cuadras de donde vivo, y que viajaría a otro estado, pero después de más de cuarenta años regresaría.
¿Cuántas cosas guardan las personas? 
Objetos que están ahí, intactas dentro de un mueble, viendo el tiempo pasar y de pronto, plop, se abre la puerta y son removidas y son envueltas y regaladas al presente. De pronto ya están lavadas y están en el uso cotidiano, como si el tiempo no hubiera existido. 
Una taza con té. 
Una taza que no se había ocupado en años, el objeto no lo sabe, pero han pasado décadas. 
He nacido y crecido y la tengo en mis manos.
Pero si naciste ayer, amada mía, naciste ayer y ya tienes arrugas, dice Pedro Casariego.
Nací ayer y ya tengo una vajilla. Ya tengo un objeto que no quiero guardar en un mueble.
¿Y si se te rompe, y si se te despostilla?
Y sí… esa es la vida de las cosas, usarse, servir y romperse. 
No quiero que se rompa, pero quiero que el tiempo escriba nuevas historias en una vajilla de vidrio color sepia que guarda una ficción muda o una verdad que sólo mamá Chagüita podría contar, pero ya no está aquí para hacerlo, hay que inventar todo de nuevo.
Hay que nombrar esos platos, esas tazas, esa azucarera, esa cremera, hay que insertarlas en un contexto nuevo porque otra vez están en el mundo. 

¡Gracias por mi vajilla! - Eso dije, lo dije, en realidad, con muchos más signos de admiración.
Pero tiene que quedar escrito. 
Gracias porque me llena de alegría. Porque genera una nueva atmósfera en uno de mis lugares favoritos: la cocina.

jueves, septiembre 18, 2014

Estar en otra parte.

Hoy, después de bañarme, decidí dejarme la toalla en el cabello mientras me maquillaba los ojos.

Pensaba en la tarea que les había dejado a mis alumnos del Lancaster. ¿Quién soy?

Uno de ellos me preguntó, ¿entonces tenemos que filosofar? Me dio risa. Porque usan la palabra filosofar sin ningún juicio de valor, sin agregarle algo más a filosofar, pero quién soy los remite a la filosofía, cuando a mí más bien me remite a un acto que tiene que ver con lo cotidiano, y que probablemente la filosofía ha dicho mucho al respecto.

No, no tienen que filosofar, puede ser cualquier cosa como el signo de su horóscopo chino o como el color que más les gusta.

Cuando me quité la toalla me di cuenta que aún tenía shampoo en el cabello.

Tuve que enjuagarme en el lavabo y hacer toda una operación, ¿por qué me dejé shampoo en el cabello?

¿En dónde está mi mente? Está en otra parte.

Estoy en Nueva York. Y al mismo tiempo ya no estoy en Nueva York. Ya estoy en la clase que daré mañana de Literatura, ya estoy en el camino a casa, ya estoy con la ilusión de encontrarme con Pavlova. Estoy allá. Estoy en México y en unas horas en un avión y después en un taxi y después todo lo que ya conozco y que espera, se ha quedado estático, pero ahí está.

Estoy triste.

Siempre me pone triste hacer una maleta.

Doblemente triste porque se termina un viaje que compartí con un cómplice perfecto.

Mientras soy espectadora de otras realidades. Me asomo a la calle y veo a las personas pasar.

Quiero ser una de esas personas que lleva el café y camina presuroso a su trabajo.

Esa realidad es la misma en otras partes, y no.

Estoy en otra parte. Quisiera quedarme en la otra parte.

sábado, abril 05, 2014

Escribir mientras estás en tránsito.
De viaje, dicen.
Hoy me compré unas botas Dr. Martens. Quizá la mejor compra que he podido hacer en el año.
También estoy de pasada en Madrid. Y aunque viví aquí cerca de 8 meses en el 2012, la nostalgia es fuerte, los recuerdos se pegan a los territorios como las manchas de vino tinto a los manteles.
Estoy contenta.
Muy contenta de encontrarme con rostros de personas que al final se convirtieron en amigos entrañables.
También contenta de escribir a mitad del viaje. Permitirme lo que a veces pienso que debería de olvidar para después escribir la sustancia de lo que significa el verdadero viaje. Me quito de encima un poco esa idea y escribo que he sido enormemente feliz de caminar por la plaza de Santa Bárbara más conocida por el metro Alonso Martínez.
Para este viaje he pensado en armar un álbum de fotografías como se hacía hace pocos años, uno toma fotos y después crea un álbum digital y lo sube. Algo así haré, pero sólo de retratos, de aquellas personas que reencontré en mi camino.
Hoy cumplo 8 días de viaje, 8 pares de calcetines sucios.
O lavas o te quedas sin calcetines.
Decidí ir al H&M y comprar 8 pares de calcetines y seguir ensuciando calcetines.
La cuestión es: ¿lavar o comprar? Y decidí comprar.
Nunca es malo tener calcetines.
Amo tener calcetines.
Además los calcetines que compré en el H&M de Callao son de animalprint.
Negros, grises, con un jaguar, una cosa hermosa.

Mañana se suponía correría una carrera de 10 kilómetros en Barcelona.
Mi amiga Georgina que sabía que vendría a España me inscribió a la carrera, misma que me perderé porque tengo otro compromiso en Madrid.
Muy en el fondo, esta entrada de blog quería dedicarla a esa carrera de 10 kilómetros.
Como no hice esa carrera fui a correr al Parque de Santander.
10 kilómetros. Sin parar.
De algo deben servir porque no he dejado de comer pincho de patata.
Conclusión: Madrid es un pueblo.
pero es un pueblo bello,
con sus Tigers, sus chinos gourmets, sus dr. martens, sus melissa, sus otulets y tiendas vintage, su calle de Fuencarral, su Universidad con cervezas a las once de la mañana y grafiti de paro y M22.
Me encanta Madrid.
Me encantaría volver a vivir en esta ciudad / pueblo.
Me encantan sus cafeterías / bar.
Su street art, su caña con casera, su gente bonita, su lenguaje siempre atinado.
No se dice carro, se dice auto, no se dice camión se dice autobus, no se dice flojera se dice pereza...

Estatus. Felicidad.

Corolario. Felicidad.

Estoy escuchando esta letra:

Vem ver a vida

Sem você meu amor eu não sou ninguém

Estou tão sozinha tenho os olhos cansados de olhar para o além



jueves, julio 11, 2013

Una vez estando en León…
La ciudad es una mezcla extraña entre Satélite y Little Rock.
Satélite tiene colonias formadas por circuitos, como el circuito de Ciudad Universitaria, en donde para dar una vuelta a una calle hay que seguir hasta el retorno, no hay vueltas sobre calles precisas porque no existe la cuadrícula, por eso es circuito y por eso le da a las colonias una estética muy específica. Y Little Rock es la capital de Arkansas, varias cosas importantes: Sam’s club sale de este pequeño pueblo, así como uno de los expresidentes de Estados Unidos, Bill Clinton. Así es León, pueblo de Vicente Fox y aunque no es la cuna del Sam’s, si está la fábrica de Flexi, por ejemplo, además de que por todas partes hay Sam’s Club, Price Club, Home Depot, H-E-B, y cadenas gringas que ni siquiera en la ciudad de México tenemos, pero que seguramente Little Rock sí tiene.
Entre circuitos y Starbucks llegamos a casa de Maritza.

Apenas puse el freno de mano, vi que estaba ahí asomada por un pedacito de la cortina abierta. Con cara de soy-muy-triste seguida por su perro Pantuflas nos abrió la puerta.
Maritza no tiene suspiros completos, sólo medios suspiros. Soy-muy-triste cambió por unas cuantas horas de semblante para después sumergirse de nuevo en ese estado taciturno.
Maritza cuenta el número de letras que tienen las palabras y resuelve crucigramas con un lápiz del número dos. Así la última letra del alfabeto hebreo se cruza con la mitad de la onomatopeya de la risa y ésta termina para comenzar con el sinónimo de sensible.
Nuestra visita es parecido a un crucigrama de anécdotas, de silencios como los cuadros negros que separan palabras, de nostalgia y cosas del pasado como oraciones difíciles de resolver porque ya nadie recuerda y entonces esas palabras nunca vienen a la mente para poder terminar el cuadro.
En mi visita a León todas las pistas para resolver las horizontales responden a un sólo recuerdo.
1.     Un prendedor diminuto con una catarinita.
2.     Un chocolate Kiss edición especial cereza.
3.     Cuatro veces las mañanitas.
4.     Una conga sin alcohol y al tiempo.
5.     Diez minutos viendo la lluvia caer en el carro.
6.     Un pájaro caminando en la lluvia.
7.     Un hipopótamo rojo de plástico escondido en la alacena.
8.     Un jabón Dove liquido para manos.
9.     Un mosquitero sostenido por clips.
10. Un listón haciendo un moño en una pinza en el refrigerador.


Aquí deberían estar todas esas palabras que tienen que esperar el periódico de mañana para completar algo que en el fondo nunca se completa, una visita a Maritza.

martes, julio 09, 2013

...

El volante es como el cuello de un ave, si no se toma con firmeza se escapa y si se aprieta demasiado se mata.
Eso me dijo Alberto cuando vio que apretaba el volante como si fuera a salir volando por la ventana. Y en verdad no sé por qué al subir la velocidad había un impulso inconsciente que me hacía apretar con más fuerza el volante del carro.
Donatello levantó hasta 170 cuando la recta era más larga y el pavimento suave. Después no se puede mucho, los camiones de carga, el asfalto poroso, las curvas, las subidas, etcétera.
Mi copiloto de viaje me decía cuándo bajar la velocidad, cuándo frenar y cuándo acelerar para tomar la curva.
Por primera vez manejé la carretera de México a Morelia.
Y todos los periódicos dicen que hay narcotráfico en Morelia, pero nada a la vista, no vimos nada. Ir a Morelia no implica ver cadáveres por la carretera y cosas así, no hay violencia, ni retenes, y ya en la ciudad la gente amabilísima con nosotros.
Fuimos a tomar mezcales al Salón Púrpura en una calle que está atrás de catedral sobre García Obeso. Ahí estuvimos escuchando canciones de Pedro Infante, Jorge Negrete, Juan Gabriel, La Sonora Santanera, Café Tacuba y Chemical Brothers, todo en la misma tarde.
Al día siguiente regresamos.
No hay muchas cosas que hacer en Morelia así que uno se puede volver habitué a un lugar en dos días. De hecho el mesero nos preguntó ¿lo de siempre?
Solamente habíamos estado el día anterior, pero ya era lo de siempre: mezcal y vodka.
De Morelia manejé la carretera con rumbo a Salamanca para de ahí tomar la desviación que lleva a León.
La carretera de Morelia a Salamanca es hermosísima porque hay que cruzar el Lago de Cuitzeo. Hay una parte de la recta en donde para cualquier lado que se mire está el enorme lago y al fondo la montaña, ahí en verdad parece que es otro mundo.
El agua es cristalina y el cielo era azul. Quizá esa es la apariencia que tiene la luna de Júpiter en donde hay agua, o sea, el escenario en donde termina 2001: Odisea del Espacio. Lo único que falta en medio de la recta es un monolito negro y la voz en off de alguien que nos prohíbe el acceso por ser humanos.

No hay que ir tan lejos, cruzar el lago de Cuitzeo por la carretera de Morelia hacia Salamanca es suficiente.

jueves, enero 17, 2013

Otra cosa sobre Campeche que olvidé decir.

Estando en Uayamón que es una exhacienda ahora convertida en hotel, encontramos una fila de hormigas, no supimos en dónde estaba el hormiguero porque era enorme verdaderamente enorme el camino y el tránsito iba pesado en ambos sentidos. Cientos de hormigas algunas cargando larvas, moscas, hojitas, impresionante. Las cuatro (Grace, Pilar, Paola y yo) nos quedamos viendo las hormigas y seguimos un poco el camino. Amé ese momento en donde ninguna quería irse sin saber hasta donde llegaban las hormigas. Tenía años de no maravillarme por un camino de hormigas.
Fui a Campeche una semana con mis queridas amigas Graciela, Pilar y Paola.
Campeche fue:
Uayamón,
alberca,
helado de coco en La Brocha,
crema de coco en Champotón,
atardeceres,
noche con estrellas,
pelícanos y peces saltadores,
bikinis,
carretera con retenes,
exposición Olvido,
platillos voladores en la arquitectura,
más noche con estrellas,
té Reca,
té verde Reca,
Iglesia del cristo negro,
Chuc Chuc Chuc Chuc
más alberca,
más helado de coco,
y un hermoso final caminando por el malecón.
Fue una delicia este viaje.
Campeche además es hermoso, sus casas pintadas de colores, los restos de la muralla, me encantó conocer este pueblo. Además hacía calor y me picaron los mosquitos pero no importó. Siento que se me limpiaron los pulmones de tanta ciudad. Estoy contenta y es enero. La verdad es que enero siempre es un mes gris absolutamente, triste en algunos casos, no sé, enero no es un mes que me conmueva. Pero mientras estaba metida en el mar en playa tortugas nada importaba, sólo el mar, a lo lejos no había nadie, Paola y Mima fumando un cigarro, Grace y Pilar underwater y yo disfrutando cada vuelo de pelícano, qué delicia.

martes, diciembre 25, 2012

El camino en carretera siempre entristece.
Desde que soy niña viajar horas sobre la carretera me pone nerviosa.
Hoy estoy segura que la molestia es pensar. Estar en carretera me hace pensar todo el tiempo.
Quién soy, por qué soy así, qué estoy haciendo, qué haré.
Tengo 28 años. Y me siento una auténtica treintañera, no me da pena aceptarlo. En la carretera de regreso a la ciudad de México no dejaba de pensar en este año.
Este año estuvo marcado por: volver a casa. Cuando aterrizaba en el aeropuerto de Barajas, pensaba en lo frágil de ese momento, volver a mi piso en Santa Brígida fue "volver a casa".
Pensé en lo diferente que es hacer viajes en Europa cuando uno vive en ese territorio en donde volteas y ya estás en otro país. Recuerdo que la vez que regresamos Alberto y yo de París, tomamos el metro, eran las seis de la tarde y antes de llegar a casa pasamos al súper a comprar pan y huevo. Porque claro, no cambiamos de horario, no hicimos 12 horas de vuelo, y así es regresar de París cuando uno vive en Madrid, no traíamos más que una maleta en la espalda porque no se puede llevar casi equipaje si vuelas por Ryan air.
Si tuviera veinte años pensaría que este año fue el mejor de mi vida, pero no es así, fue muy bueno, fui muy feliz, pero viajar no es lo mejor de la vida, viajar es parte de mi vida. Y es la primera vez que veo esa diferencia, antes yo viajaba porque tenía la voracidad de conocer, de beber, de ir y venir, de aprehenderlo todo como si fuese una esponja. Y ahora pienso que quiero hacer viajes más puntuales, vivir una ciudad, adentrarme a lo que no es turístico, descifrar qué es lo que hay qué hacer, cómo vive la gente y caminar, pero sobre todo compartir. Y este año estuvo repleto de estos viajes sin turismo, viajes sólo para tomar un vino en un restaurante, caminar junto al río, disfrutar de un pedazo de sol en una helada primavera, comprar ropa de diez euros con una amiga, entrar a HM, visitar el outlet de Mango y Fuencarral, caminar cotidianamente por Fuencarral hasta Gran vía.
Recuerdo con cierta nostalgia aterrizar en Barajas y ver el páramo. Barajas está a las afueras de la ciudad y no hay edificios, no hay nada, un par de casitas por ahí.
Pensaba todas esas veces en la ciudad de México, en lo espectacular que es aterrizar en esta ciudad, pensaba que mientras no aterrizara en México, no podría decir "he vuelto a casa".


Regresamos en carro de León Guanajuato a la ciudad, evidentemente no nos dan ganas de pasar a comprar pan y huevo. Llegamos fulminados, por el sol que hacía en la carretera, el tráfico y la nube de pensamientos que están ahí. ¿Qué voy a hacer?
Tengo que escribir. Tengo que escribir.
¿Por qué cuando me repito a mí misma "tengo que escribir" pienso en mi amigo Frederik? No lo sé.
Comencé a escribir una novela. Ese día después de la carretera pensé en escribir una historia, no sé hacia dónde va, no sé por qué, sólo sé que lo quiero hacer y eso es suficiente.
Frederik estaba en mi mente, con su mirada de no estoy entendiendo, con su mirada de qué estás haciendo y por qué.
Escribí y escribí. Me puse triste. Pensé en mi blog, pensé en "mejor escribo en mi blog". Pero este espacio es diferente, es para relajarme.
Me pongo a buscar en mi archivo.
Encontré esta entrada que ahora pongo aquí. La quiero dejar en este momento porque ya no estoy con Rita, ya no estoy en ese cuarto y la transformación me parece lejana pero aún sigue dentro de mí.

Estoy escribiendo con mi laptop en el comedor de mi casa. En este aburrido 25 de diciembre. Es aburrido porque es como domingo, porque no hay muchas cosas qué hacer, porque de alguna forma estamos obligados a reposar, a tomar estas vacaciones y no quiero reposar, y no quiero tomar vacaciones. Estoy escuchando a Nick Drake y después a Chilly Gonzales. Las flores que me compró Alberto están abiertas y su olor impregna toda la estancia. Tengo una casa muy bonita, lo digo en serio, estoy viendo todo a mi alrededor y pienso qué bonito es.
Tomo el libro de Legátova y comienzo a leer mis subrayados:
Su día era una canción alegre que acababa por las tardes en forma de fanfarria triunfal con la vuelta de su marido. 
Para todo hace falta talento. Incluso para la felicidad.



19/06/2008


Me gusta el sabor de las galletas marías cuando se hacen viejas y blandas. Ese sabor y el té de cereza negra son la medida de mi felicidad.
Por la tarde fui a recoger mi computadora y algunas cosas al departamento.
Hablé con el mecánico que está arreglando mi estéreo y me dijo que estaría listo en quince minutos o media hora.
Entré a mi cuarto y me puse a releer un libro que me gusta mucho, La transformación de Květa Legátova. Pensé que mientras podría leer un poco ese libro y recordar frases subrayadas. Lo tenía encima de mi cómoda porque me lo acaba de regresar una amiga a la que se lo presté. Hace casi un año que leí ese libro y esa transformación mía que comenzó en julio del año pasado sigue todavía en camino, marchando como la imitación que hago de los soldaditos, los buenos momentos han marcado el año entero.
Buenos momentos que de pensarlos me estremecen.
Pequeños detalles se acomodan día con día, y sin duda no soy la misma.
Ayer y hoy estuve pensando en Frederik. Más bien me venía mucho a la mente una frase que él me decía mucho para señalarme alguna cosa por hacer. “No es por intrigar pero…” Su recuerdo viene y se va. No es por intrigar pero sería mejor ir preparando la exposición. No es por intrigar pero creo que deberías mandar ese texto. Sí, lo extraño. En momentos me asombra. Y sólo se queda en mí, una y otra vez, cómo pudo ser.
Después de todo decidí no despegar el calendario 2007 de mi cuarto.
Porque en esos días toda mi vida ha cambiado, esos días no se despegaran nunca de mí, porque son como lágrimas que se pronunciaran siempre en mi recuerdo.
No sé si soy mejor persona, pero sí sé que me alivia sentirme ligera.
Me doy cuenta que he aprendido a no enojarme.
Desde hace dos años pocas cosas me molestan. Y eso me hace más ligera. Mis pensamientos son frases sencillas, y al ser sencillas no me lastiman, no tienen esas aristas que tienen los pensamientos rebuscados que se entierran como las uñas, se clavan como un dolor imperceptible que al final resulta cansado, inútil. Antes así era. Y todo el tiempo me quejaba, me ponía triste, y también escribía, pero sobre todo porque me sentía hostigada por pensamientos tontos.
Ahora más bien me siento impregnada de recuerdos que surgen sin que me dé cuenta.
Las frases que subrayé en ese libro me siguen pareciendo maravillosas.
Me hice un ovillito y deseé quedarme así hasta el fin de los tiempos.
De pronto, sentada en mi cama, leyendo ese libro, el tiempo me tiene sin cuidado. El departamento adquiere un color anaranjado por eso de las seis, y de pronto vi que Rita, mi gata blancuzca, se me acercaba con cierto sigilo, como si le sorprendiera verme sentada con tanta quietud, nada de prisa, simplemente releyendo partes del libro. Alcé la mirada y la vi a través del espejo, me veía con asombro y sus pupilas estaban pequeñísimas en una fina línea negra, sus ojos eran más azules que las tapas del libro.
Vi mi cuarto y sentí que ese era el último momento en que veía mi cuarto tal como siempre ha estado. Sentí que ese cuarto nunca volvería a ser tan mío como hasta entonces. La transformación también avanzaría sobre mis cosas. Cada día irá mudando, hasta quedar vacío de mí, solo sin mí, ese cuarto que ahora comienza a terminar.
Y sentí la tristeza que acompaña todas las despedidas.
Rita saltó a la cama y se me acomodó en mis piernas. Me quedé con ella hasta quedar casi a oscuras. Me dieron ganas de llorar, pero mi propia felicidad se inclinó hacia mí con el ronroneo de Rita y estuve muy bien, pensando que nunca estamos del todo preparados para que terminen las cosas, cualquier cosa, incluso una tarde, una caricia, un libro.



viernes, junio 29, 2012




Tokyo por segunda vez.

Me gusta pensar que los recuerdos reales son aquellas cosas que recuerdas cuando ha pasado mucho tiempo y que se quedaron unidos a un lugar. Sin duda para mí Tokyo siempre será Diana y junto de ella será Häggen Dazs Matcha, será Koishikawa, será Okonomiyaki.

Después de siete años regresé a Tokyo y estando en esta increíble ciudad puedo hablar de las cosas que me impresionaron la primera vez y de las cosas que me volvieron a impresionar esta segunda vez. Había olvidado lo mucho que me habían gustado las máquinas de té embotellado, la propaganda en bolsitas con kleenex, la hermosura de los kanjis, los anuncios de Shinjuku, el Starbucks de Shibuya. Y regresé, después de estos años, a la papelería que más amé y seguiré amando: ITOYA, paraíso en la tierra sobre Ginza y reencontrado con emoción en el tercer piso del centro comercial que está saliendo del metro Shibuya. En Itoya uno puede perder todo su dinero comprando sellos, papel, lápices, plumines, pinceles, sobres chicos, rectangulares, hermosísimos sobres y papelitos y estampitas y todo lo más cursi y más mejor del mundo mundial se encuentra en esta papelería.

Me hospedé en el barrio antiguo Asakusa y aunque queda bastante lejos de los centros de atracción más agitados de Tokyo como Shibuya, Ginza, Omōte-sando y Harajuku, valió muchísimo la pena, sobre todo porque Asakusa no se termina de descubrir, el barrio da para muchas cosas, desde comprar todo tipo de golosinas japonesas hasta escuchar extraordinarios grupos japoneses que tocan jazz y blues, ahí es en donde se entiende cómo los japoneses se han apropiado de una cultura occidental a través de la música: Tokyo Blues de Murakami tuvo un sentido diferente cuando escuché cantar a una japonesa en perfecto inglés I’d rather go blind.
Asakusa tiene el templo más antiguo de Tokyo y vale la pena pasear por esas callecitas angostas habitadas por gatos que menean una de sus patitas y por gatos de carne y hueso que duermen la siesta a la entrada de las tiendas o restaurantes.
Tokyo huele a sopa de miso y es húmedo en verano. El calor es muy húmedo, tan húmedo que todo el tiempo estuve pegajosa y sudando, pero nunca tuve el sol quemándome la cabeza, muchos días nublados y chispeando, así que el calor era bochornoso y la ropa se pegaba al cuerpo como si estuviera en un sauna. Aunque hacía mucho calor las japonesas nunca pierden la compostura, pasean con sus sombrillas para el sol y sus lentes oscuros. Y me di cuenta de que hay japonesas realmente hermosas en donde los encajes de un calcetín blanco con tacones negros es una combinación atinada, no sé por qué, no entiendo todavía la estética japonesa pero todo lo que puede parecer bizarro para los occidentales, ahí se ve muy bien, en Japón no tengo empacho en ponerme calcetines con zapatos abiertos.  Creo que si viviera en Tokyo en un año terminaría, sin darme cuenta, vistiendo las cosas más estrafalarias.
Mi maleta regresó llena de calcetines de todo tipo, sin encajes, pero con colores y formas que sólo en Japón existen. Y eso es lo que más me gusta de Tokyo: es único. En Tokyo está el mundo, están todas las tiendas occidentales que se pueden encontrar en la Gran Vía o en Plaza Universidad, pero también existe una industria que sólo se encuentra en Tokyo como las golosinas de arroz , la variedad infinita de calcetines, los sellos y sobres y papeles de Itoya.
Y lo que más disfruté de Tokyo es su ausencia de turismo occidental. Esas olas asquerosas de turismo formadas en el museo Louvre de París, esas masas de personas bajando de un autobús en plena plaza del sol: eso no existe en Tokyo.
Existe un turismo japonés y un turismo oriental que pasa desapercibido para la mirada occidental. Quizá en donde más turistas vimos fue en el mercado de pescado Tsujiki, pero fueron muy pocos.

Me gusta pensar Tokyo y pensar en la cantidad de bicicletas que hay. Me gustó ver a una mujer andando en una bicicleta con un niño de meses en una silla colocada frente al manubrio y otro niño como de dos años sentado en una silla detrás de ella. Y aunque he visitado ciudades como Amsterdam en donde también hay millones de bicicletas, en Tokyo es más impresionante porque están las avenidas pero manejan mucho sobre las banquetas, si da un poco de miedo que te atropellen. Ver las bicicletas por todas partes con la cantidad de personas que concentra Tokyo, de verdad,  es una maravilla.

Para visitar Tokyo y no perderse es muy sencillo.
Contraté internet móvil en el aeropuerto Narita y bajé la aplicación del Metro de Tokyo a mi I-pad. Aunque trae los itinerarios y elige buenas rutas esta aplicación no hace distinción entre las tres diferentes líneas que hay en Tokyo: línea Tokyo Metro, línea Toei y línea JR. El GPS del I-pad y supongo de cualquier i-phone es extraordinaria, así que usando la brújula y el internet también te puedes perder pero al menos sabes en que barrio te perdiste. Me perdí como unas tres horas tratando de hacer un transbordo en Shinjuku, pero mientras me perdía conocí el barrio y entré a un Neko-café.

El Café de Gatos.
Pensé que la experiencia sería linda, pero no lo es tanto y de verdad soy una amante de gatos. En estos cafés de gato, el gato es la atracción principal. El café tenía cerca de 25 gatos que se pueden acariciar y amar y jugar con ellos si quieren, pero cómo puedes acariciar y amar a un gato si no conoces su historia, si no es el gato de un amigo, si no sabes cuál es su personalidad. No lo sé, me sentí extraña estando ahí, extrañé más que nada en el mundo a mis gatas, Persia y Anubis. Y no me gustó tanto estar en un lugar por el que pagas para acariciar a un gato y no sabes ni su nombre. Me pareció raro que 25 gatos convivieran en “armonía”, sentí que a lo mejor los tienen medio drogados para que estén en calma y no se peleen unos a los otros. Salí hasta con un poco de alergia porque no hay una ventilación natural, puro aire acondicionado y está encerrado, con alfombra y con mucho pelo. En Tokyo hay varios cafés de gatos y desde que entras comienzan a cobrarte, porque sólo por estar ahí cuesta 1000 yenes la hora, y si quieres tomar un café o un refresco, pues eso se añade a la cuenta.
Después de salir del Neko-café, tratamos de ubicar por dónde teníamos que meternos para ir a Harajuku, lo encontramos después de buscar y preguntar. Y aquí está la onda de los tickets, porque ahí no aceptaron nuestro ticket diario porque era tomar la línea JR.
Entonces si compras un ticket del metro para todo el día, cuesta 750 yenes para la línea Tokyo metro, si es para todo el día junto con la línea Toei, cuesta 1000, se puede viajar sólo usando la línea tokyo metro pero la aplicación para el Ipad mezcla las rutas hasta con las del JR, ahí pierde un poco su sentido porque hay que buscar otras rutas alternativas. Lo de menos es comprar un ticket de un viaje y tomar la JR si sólo está a unas cuantas estaciones en lugar de rodear por otras líneas del tokyo metro. Así la cosa de los metros.

La National Art Center de Tokyo vale mucho la pena visitar, el edificio es increíble, lo amé. Tuve la fortuna de ver una exposición de caligrafía japonesa hermosísima. Me llamó la atención un cuadro en el que había alguna obscenidad escrita porque varias japonesas al leerlo se tapaban la boca y reían, algunas lo comentaban y volvían a reír. Lástima que no sé japonés y no podía leer los kanjis expuestos.
Además de las exposiciones que hay aquí, la National Art ya sólo por el edificio vale la pena ser visitado. Todo lo que pueda escribir aquí sobre ese edificio es un poco soso porque la amplitud, los conos invertidos y sobre todo la sencillez de las sillas junto a los cristales, creo que escapan a cualquier descripción. En la cafetería de la planta baja me comí un helado Häagen Dazs de Matcha haciéndole un homenaje a Diana, la persona con la que comí por primera vez este helado.

Ayer terminé de hacer una bitácora de viaje en un cuaderno, pegando mis tickets del metro, haciendo uno que otro dibujito acompañado de sellos y estampas.
Fui muy feliz en Tokyo, más feliz que la primera vez porque esta vez fui con Alberto y con él volví a descubrir un mundo en donde todavía recordaba pedir las cosas por favor y de vez en cuando decir: ¿nani?

lunes, junio 04, 2012

Con la buena noticia de que hoy activaron el aire acondicionado en la Biblioteca.
Así que son las 18:25 y no estoy como zombie.
Mayo se terminó y nunca le dediqué una entrada a mi viaje a Londres.
A veces siento que no hay palabras que puedan describir un viaje como fue el que hice a Londres, no porque fuera extraordinario e inenarrable, no, fue un viaje bonito, sencillo, redondo. Pero quizá  siento que no quisiera escribir nada al respecto y dejar que el olvido se lleve Londres y que cuando dentro de unos años me acuerde de ese viaje sepa que ese es el verdadero recuerdo, el que se quedará ahí para siempre.
Pero de Londres quedé maravillada por un gato momificado conservado en una de las vitrinas de los últimos pisos del British Museum. Sí, yo sólo quisiera escribir sobre gatos, así que Londres para mí es este gato.
En tres palabras Londres es: caro, lluvioso, elegante y verde. Bueno ni modo fueron cuatro palabras.
Me enamoré de esos taxis que todavía pertenecen a otro siglo, son como caravanas pero modernas, amé el inglés superior que hablan las personas, y sobre todas las cosas, me impresionó el verde de los parques y de los árboles después de cada chipichipi.





Amen este gato por favor.


lunes, abril 09, 2012


Y la semana santa fue París.

Me da un poco de pena escribir sobre París sin sonar cursi, obvia y lugar común pero ni modo: París es una fiesta como dice Vila-Matas. Lo mejor es caminar, perderse por las calles, que nunca te pierdes si te encuentras con un metro o un café. La mejor visita que pude hacer a esta ciudad fue dejando a un lado los museos y los lugares harto turísticos en donde llegan manadas de turistas. Así que no fui corriendo a ver el código de Hammurabi, y bueno tampoco hice todo lo que viene en la guía de turismo. Lo que sí hice:

Fui al panteón de Montparnasse a visitar a Julio Cortázar. Afuera compré unas flores amarillas y fue muy triste llegar a una tumba llena de rayones y de mensajes tontos que le ha dejado la gente. Fue terrible porque la mayoría de los mensajes escritos con plumón indeleble y algunos hasta grabados con gubias sólo afean la tumba. Muy decepcionante. La última vez que estuve ahí fue en 2003 y la tumba estaba limpia, esto quiere decir que desde 1984 no se había rayado, y ahora 2012 está llena de mensajes y de tonterías como si se tratara de un baño público. Además la cantidad de turistas es un poco agobiante, en Montparnasse no hay casi turistas y aproveché la ocasión para visitar a Porfirio Díaz y tomar un par de fotos a su tumba. También visité a Susan Sontag, Sartre, Baudelaire, aunque los visité nomás porque sabía que estaban en el mismo panteón, el único que me importaba era Cortázar.

Estuve caminando muy cerca del museo de Orsay y ahí en donde se concentran miles de personas sientes que eres uno más de la bola que saca su cámara ¿y qué tomas? Esta pregunta me venía a la mente a qué le saco una foto, ¿no son ya suficientes las fotos que hay del París turístico?

Fui a la mítica librería en donde estuvo Joyce, Hemingway y seguramente todo el elenco de escritores que salen en París a la media noche. “Shakespeare and company” es muy bello lugar, hay un piano y me tocó escuchar a una chica que aporreaba el piano pero que hacía un ambiente muy rico. El lugar es acogedor, tiene una luz tenue y los libros están encimados, hay un acomodo de librería de viejo. La librería tiene toda la parafernalia del turismo: te venden la bolsa, la postal de Joyce, la libreta, pero con todo y eso: sí vale la pena ir, subir al segundo piso y sentarse junto a la ventana y ver Notre Dame. Sí es increíble estar ahí pero todo lo que rodea este acto es ponerte en la postura del turista que igual se sube a la Torre Eiffel y toma el paseo en el Sena pero pues ni modo, es el turismo que me toca vivir y lo asumí sin sentirme mal, ahora me arrepiento un poquito no aventar un euro al pozo de los escritores pero pues ni modo, no me nació hacerlo. Es una librería que todos quieren visitar y es mucho más bonita que su hermana gemela en Nueva York. Últimamente he sentido que las grandes ciudades: Nueva York, París, Madrid, La Ciudad de México, tienen lugares, quizá La Ciudad de México mucho menos, pero sí estoy segura que las tiendas de los museos te venden el mismo trique, los mismos lápices, el mismo patito amarillo para la bañera, la misma libreta de apuntes, la postal de Bansky junto a la postal de Degas, los imanes para formar palabras, el muñequito de Freud. En fin… Ya no tiene esta magia que todavía hace diez años se podía dar como comprar algo que sabes que sólo hay en un país y que ese lápiz es único y especial y… no, ya no es así, ya no hay cosas especiales que comprar. Lo más especial que traje de París fueron tres cuentos clásicos para niños, que estoy segura se consiguen en cualquier librería de Francia y en Amazon que lo tiene todo, pero bueno yo los conocí en una tienda de comics muy cerca de la rotonda de Clichy. Me gustaron por ser pequeños y tener ilustraciones muy clásicas. Además cada uno me costó dos euros porque es la reedición ocho mil desde la primera en 1952. Y bueno comí fondue, ese sí que no hay uno más rico, o eso pienso, y comí comida japonesa, también deliciosa. El desayuno del hotel no era nada malo y los croissants eran muy ricos. Toda la panadería francesa lo mejor de lo mejor.

De vuelta a Madrid.

Fui a comprar té con Yuli y platicamos de los precios del alquiler, de Malasaña, del dueño de un bar que frecuento mucho que se llama “La bodega de la ardosa”, y me di cuenta que Yuli me trataba como una chica con la que podía platicar del “cotilleo” de nuestro barrio.

Los últimos días de Semana Santa descubrí un foro, muy cerca de casa, se llama Nudo Teatro. Y tiene unas obras extraordinarias.

He visto tres, pero ahora soy tan fan que ya tengo reservación para la función del miércoles y cuando venga Grace a finales de mes, ¡Grace viene a visitarme y me emociona mucho! Pues volveré a ir a ver con ella las obras que más me conmovieron.

Pero Nudo Teatro merece una entrada de este blog...