domingo, septiembre 16, 2007

Ahora mismo pensé que la felicidad del día se podría reducir a:
Un licuado de choco-banana.
Un correo inesperado en la bandeja de entrada, que de alguna forma me hizo sonreír, quiero decir, me hizo sentir bien.
Un paseo por la plaza.
Una larga siesta.
Coyoacán, con sus juegos de canicas que no jugué, pero no jugué porque después tendría que cargar el premio todo el rato.
Los buñuelos con piloncillo. (La palabra piloncillo ya de por sí tiene algo, no sé qué, pero me llena de alegría.)
Un higo dulce que comí en tres mordidas.
Y fuegos artificiales seguidos por un “oh” de las personas.
Esa parte de los fuegos artificiales me recordaron cuando mi abuelo Checo me subía en sus hombros para que los pudiera ver mejor.

Además, antes de salir a la calle, leía un libro que se llama Tomochic de Heriberto Frías, que me tenía muerta de risa un fragmento:

Decían que el general estaba indignado por el comportamiento del 9º del que no
esperaba que retrocediese de la manera que lo había hecho; y Castorena aseguró
que en la noche había oído por casualidad algo de una conversación de él con el
coronel Torres, al que refiriéndole el suceso decíale el general:
¡Pero,
coronel, figúrese usted que no corrían como borregos, sino como borregas! ¡Los
oficiales del colegio, muchachitos inexpertos… la tropa bisoña!

1 comentario:

Anónimo dijo...

Un buen domingo que deja traslucir sin duda cosas sencillas con las que disfrutar ;) Un abrazo Marie.Erato