martes, junio 13, 2017

2017


¿Qué hay de malo en todo eso? Todo lo que hago es para vos… vos pensás que pierdo el tiempo. Aunque no hayas preguntado por mí.

Estos versos rondan mi cabeza estos últimos días. Y entran en mi vida cotidiana para confirmar que la vida sigue teniendo fechas precisas. Esto es el 2017 y ya es junio. Escribir de nuevo aquí es como prender la luz de un estudio que se quedó en penumbra. No puede ser fortuito. Limpié ventanas y regué las plantas cada segundo día, los cactus cada sexto. Moví muebles, dejé encendida una vela con aroma a vainilla y las cosas, aunque lento, se fueron acomodando. Ahora todo me parece lejano y familiar. Tan familiar como para que surja a la luz otro camino. ¿Cuál camino?

1.
El otro día caminando sobre Madero entré a una tienda japonesa, aunque en realidad es china, me dijo Manuel, te dicen arigato gosaimas tá cuando te dan tu cambio pero es una tienda china. A mí me pareció una copia bastante legítima de lo que uno puede ver en Japón, el mismo concepto de Muji pero con precios accesibles en pesos mexicanos. Ahí me entretuve oliendo los aromatizantes para el hogar. Y al final llevé el mismo que uso para los pisos; lavanda. Compré una lámpara de leds inalámbrica que se carga con un cable usb. Una pluma que parece lamy. Una bocina inalámbrica que se conecta vía bluetooth. Una cartera color amarillo. Una toper con separaciones para llevar el almuerzo al trabajo. Y un perfume que se llama Sagitario.
Llegué a casa pensando si en verdad necesitaba comprar todas esas cosas. Supongo que ese era el detonador de los personajes de Clarice Lispector, estar en la cúspide de la frivolidad para bajar al piso y oler a un indigente, darte cuenta que eso es tu vida en realidad. Pero al poner todas las cosas en uso todo parecía embonar a la perfección. Lámpara como luz indirecta a la entrada del departamento. Bocina conectada al teléfono, tocando you are the piece of gold. Pluma creando un garabato. Cartera con fotos. Toper con verduras. Sagitario en muñecas y cuello.
Alejandro puso el sobre de lavanda en el baño y de inmediato todo olía a lavanda, un olor intenso que cubrió el pasillo y las paredes. Es lavanda y no. Supe de inmediato que ese olor, quizá porque vino de una tienda china imitación japonesa era ligeramente diferente a la lavanda que conocía, se trata de un olor espeso que tardó días en difuminarse y que el vapor activó al día uno, dos y tres, cada que la regadera se prendía. El sobre sigue colgado abajo del lavabo. Lavanda. Me gusta que sea una planta feral que tiene un olor intenso en la lluvia. Un olor que al tacto es grasoso. La lavanda de la Alameda, la lavanda de la tienda que quiere ser Muji.

2.
¿Por qué ya no escribes en tu blog? Fue una pregunta, luego otras que se fueron sumando. Porque la escritura quiso ocultarse.
El pasado también regresa.
En canciones y en personas que saben de nuestra existencia.
Hace 10 años abrí este espacio.
Una amiga del lejano pasado me habló por teléfono, tenía más de 13 años o 14 años sin platicar con ella. Soy de la sogem, tu amiga colombiana.
Pero antes, hace tres semanas, también recibí una llamada era Maritza.
A quien nunca dejaré de querer.
Las dos me hicieron recordar mi blog, este espacio en donde el tiempo puede materializarse en imágenes concretas.
Por eso empiezo con una canción de Él mató. ¿Qué hay de malo en todo esto?
 Estoy en cama mientras escribo estas líneas.
Frente a mí una serigrafía de Verónica Grech. Su marco negro de pulgada y media, no le dejé ningún centímetro de marialuisa. El rostro está de perfil y mira  hacia la derecha.
La puerta cerrada. La ventana abierta y el sonido de una persona que arregla la banqueta tac tac tac… lo escucho a lo lejos.
En primer plano El tesoro, en repetición.
 Esta canción de Él mató un policía motorizado que se repite una y otra vez. Yo conocí este grupo argentino el día que vinieron a México a dar un concierto a escasas cinco cuadras de mi departamento. En un bar que tiene un foro llamado Pasagüero. Fui ahí con una comitiva de seis personas, mi amiga María Fernanda y yo fingíamos cantar las canciones, pero en realidad no nos sabíamos ninguna. La verdad entendía muy poco las melodías y en ese concierto escuché las rolas por primera vez en mi vida.
Acá pueden escuchar El tesoro.

3.
¿Cuántas vidas se puede gastar en un año?
El domingo olvidé las llaves dentro de mi departamento, la ventana estaba abierta y decidí saltar por el pretil del pasillo hacia la ventana abierta. Y aunque mis pies cabían perfectamente en el pretil del edificio era muy sencillo dejarse caer o simplemente caer, el vértigo puede sobrevenir, las manos pueden fallar, y en un instante hubiera caído y difícilmente hubiera sobrevivido esa caída. Pero no fue así. Pude entrar y lavar las ventanas. Limpiar, mover los muebles, dejar que nuevamente entrara la luz.
—En ese paso te acabas de gastar una vida, ¿cuántas tienes? —me dijo Ale.
Quisiera decir algo más.
Comenzar de cero.
Inventar de nuevo un ritual de escritura, pero ¿será posible? Es probable que sólo sea esta vez, una vez más y luego nada... Pero no lo sé, no podría asegurar nada. Esta tranquilidad en la que estoy sumergida hace que también mi pensamiento se quede en blanco. Como si estuviera tomando un largo baño de tina.
Y no sé si puedo regresar, coordinar mis palabras como solía hacerlo.

Quizá sea cierto lo que dice Clemence, “todos los rituales son dramáticos, menos lavarte los dientes”.

lunes, julio 25, 2016

Fui a la Comer de Miguel A. de Quevedo porque mi madre me pidió la compra. Mi madre está convaleciente desde hace unas semanas. Fui en su carro. Tenía varios años sin ir a la Comer. Sin ir a esa Comer. Cambiaron el logo, ahora es más comic sans y menos helvética. El mundo sí cambia. Se hace más feo. La luz blanca sigue igual de inhóspita. Había poca gente. Eran las once de la mañana, de hoy, lunes. Compré verdura, vino tinto, mezcal. Aproveché para hacer mi propia compra porque hoy, lunes, regreso a mi casa. Pensé en lo vacío que estaría mi refri. Me imaginé llegando. Abriendo una alacena y un refri. Sin poder hablar con nadie. Subí al segundo piso.
Me deprimió no poder mover mi carrito en la rampa que sube al segundo piso. Tuve que quedarme ahí de pie. Con mis manos colocadas sobre el carro y observando a la gente que estaba más adelante o que viene bajando del otro lado. "Esto es agua" pensé. No quererte dar un tiro a las once de la mañana en una rampa del súper. Del otro lado, en bajada, venía una profesora de filosofía, ya mayor, que me dio clases de teoría de la historia en la Facultad. Hace ahora 10 años de esas clases. ¿Cómo puede ella, que es filósofa, no haber muerto de horror? ¿Por qué no se ha suicidado? Tenía razón Platón cuando dijo que los viejos siempre serían sospechosos. La única sospecha que levantan es la cobardía. No murieron por cobardes. Me acordé de una clase sobre Hegel. Era muy apasionada. Recordé su voz ronca. Vi su carrito semivacío. Tenía té y vino tinto, Casa Madero. Sus manos arrugadas y su cabello negro azabache con una gran raíz blanca. No quiero ser ella, pensé.
No quiero estar en una rampa de súper con las canas en la raíz y el vino tinto de 390 pesos en el carrito. Mirada perdida. Sin Hegel. Con luz blanca. Con un logo de la Comer en el horizonte.

Luego:

Regresas a casa de tu madre.
Sacas la lista.

papel de cocina.
papel de baño   regio opción verde.
fabuloso lavanda.
1/2 k jamón virginia
vino tinto
cacahuates tostados
galletas chockis sin azúcar

Separas las compras.
Las galletas normales, tuyas.
El vino tinto, dos botellas.
Una y una.
La botella de mezcal,
sólo para ti.
Los cacahuates, ella.
Regio, opción verde, ella.
Cottonelle, unique, tú.
La vida de las marcas.
La vida.
Sin marca.
Pero llena de cicatrices.
                    (—¿qué te picó?
—Nada. Me dio herpes.
Herpes Auster
                     )
Tu celular que comunica.
y dejas sonar.
y no contestas.

Abres tu computadora
y respondes mensajes:
Un Power Ranger Rojo.
                 Hace un corazón con sus manos.
de niña
te parecía la caricatura más estúpida
de la historia de las caricaturas
parece increíble
ahora la usas para expresar emociones.
Esto es el 2016.





domingo, julio 24, 2016





Ayer vi Sugar man.
Un día llegué al Cine Tonalá y vi los carteles.
Pero nunca vi el documental.
Después agregué a una de mis listas Sugar man.
Sin saber la historia de Rodríguez.
Sin saber que el director, Malik Bendjelloul, se suicidó en 2014.
Quiero abrazar a mis sugar friends.

viernes, julio 22, 2016

—No he leído eso que escribiste sobre Pavlova.
—¿Lo de mi blog?
—En el Face o en tu blog, no sé, no me interesa leerlo.
—¿Por?
—Porque no quiero sentirme mal.
—Apaga ya la tele.
—No.


*


Comencé a leer el tercer capítulo de la novela de William Gibson.
El archivo adjunto.
Ahí escribe: "Necesita desesperadamente salir de ese laberinto de logos".
No saldrá. Irá al quinto piso en un elevador, la traducción dice ascensor, la descripción es "Sí, un ascensor del tamaño de un armario".  Luego continúa: "sabe que está sola en ese ataúd vertical de espejos y acero bruñido".


*

Recibí un e-mail hoy por la mañana.
Se trata de la compañía de alimentos en donde compré por última vez comida para Pavlova.

Un sábado llevamos a Pavlova al veterinario.
Hacía calor y Graciela se puso un vestido negro. Yo no recuerdo qué me puse, si vestido o pantalón, no importa ahora. La doctora revisó a Pavlova. Tocaba su cuerpo. Está muy bien. Está perfecta. La inyectó, una medicina para su garganta, en su lomo gris con blanco, y dijo, es una infección, nada grave. Luego dijo que la gatita tenía una alergia, que era necesario cambiar su alimentación. En un post-it la doctora escribió una página de Internet. Llegando a casa entré y ordené el alimento. Luego me di cuenta que me había equivocado, necesitaba el que era de alergias. Escribí y me mandaron un mail diciendo que ya estaba la orden realizada pero que mandarían el alimento con alergia y un vale para regresar el otro alimento.
El jueves llegó el alimento, dos paquetes, el de alergia y el normal.
Ese mismo jueves por la mañana habíamos dormido a Pavlova.
Y el alimento se quedó en dos grandes paquetes en el pasillo del departamento. No hicimos nada. La cinta que envolvía las cajas era amarilla. Habría que devolver ese alimento. Sí, pero en otro momento.

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El mundo es extraño. Pavlova is everywhere. Afuera está lloviendo.
Los únicos sonidos que hay son las vibraciones del refrigerador. Los carros pasando en la calle mojada. Y mis dedos tecleando sobre la Macbook.
Ya sé que le dije adiós.
Nunca se puede terminar de acariciar a un gato.

*

Regreso a la novela.
"El e-mail de Parkaboy no lleva texto. Sólo está el archivo adjunto".
Bebo un vaso de agua.
La luz ilumina mi e-book.
"Siempre, ahora, abrir un archivo adjunto que contiene metraje no visto es algo profundamente liminal, un estado umbral, transitorio".
Me encantaría que algo extraño ocurriera.
Que el texto que estoy leyendo, así como puedo elegir su font y tamaño pudiera elegir su narrador.
Con mi dedo índice oprimo la palabra "liminal".
Aparecen dos ventanas. Una con tres iconos: un lápiz, una lupa y un enlace.
La otra sólo dice:
Liminal, adj.
1. Que concierne al comienzo de alguna cosa.
Sigo leyendo:
"Parkaboy ha llamado a su archivo adjunto nº 135".

*

Hago una pausa y voy a la cocina.
Más agua. Recuerdo de la nada una acción que observé por la tarde:
Un hombre en la mesa de junto tomó un sobre de splenda y lo hizo una especie de avión para quitarse comida de entre los dientes. Suena muy asqueroso. No fue tan dramático. Sólo ocupó la envoltura del splenda como si fuera un palillo de madera. Después la aventó sobre la mesa y siguió tomando una taza de café. Era ya un hombre mayor, quizá sesenta o sesenta y cinco años. Mi termómetro de edades nunca falla. Estaba acompañado de una chica, quizá su hija. Ella traía unos tenis anaranjados y unos pantalones negros.

*

Regreso a la novela.
"Hace clic en 'Repetir'. Vuelve a mirarlo.
Abre la página web y recorre con el ratón una página entera de correos. Se han acumulado varios a lo largo del día, a raíz de la aparición del nº 135, pero ahora no le apetece".
La traducción usa la palabra "apetece".
Apetecer.
1. Provocar en una persona deseo o apetencia.
En Madrid conocí a un chico de Soria, una vez me invitó a salir al cine y en lugar de decirme, ¿quieres venir al cine? me dijo: ¿te apetece ir al cine?
Sigo leyendo:
"No parece venir al caso.
Una ola rompe con estrépito, puro agotamiento, contra la cual el café colombiano no le sirve de defensa.
Se quita la ropa, se lava los dientes, con los miembros entumecidos de cansancio y temblorosos por la cafeína, apaga las luces y se arrastra, literalmente, bajo la rígida colcha plateada de la cama de Damien.
Se acurruca allí en posición fetal, fugazmente asombrada, mientras una última ola rompe sobre ella, del grado perfecto y ahora perfectamente revelado de su actual soledad".
Fin del capítulo 3.
Observo la distancia entre perfecto y perfectamente, y me da curiosidad saber cómo está escrito este párrafo en inglés.
La soledad sigue teniendo la imagen de una persona hecha bolita. Dormida y sola.
O también de una persona en un comedor con un foco prendido y la pantalla de la computadora. El e-book refleja la luz del foco. Un avión pasando. Y el sonido de los carros cruzando sobre charcos. Sigue lloviendo. El refrigerador sigue respirando.

*

—Quizá sea bueno que llores. Deberías de llorar.
—No tienes la menor idea de todo lo que he llorado este año. No tienes la menor idea. Podría pasarme cualquier cosa en este momento. Y no me importaría. Podrían llegar cinco tipos con metralletas y pararse frente a nosotros. Estoy cansada, eso es todo.

*

Respondí el e-mail explicando que Pavlova no tenía una alergia. O quizá sí. Pero que tuvimos que dormirla. Escribí esto en mi pésimo inglés. Escribí: we have to sleep her
En este instante recibo una respuesta:

We are sorry to hear about Pavlova and that you had to let her go.
We fully understand your situation.

Kind regards,

Vet-Concept Quality Management


Son las ocho de la mañana en Berlín. Una persona ya está trabajando. Abrió el correo electrónico y comenzó a responder mails. Ahí tienen la cinta amarilla para sellar los paquetes. Esa persona que nunca conoció a Pavlo escribe el nombre de Pavlova en un correo que es también un pésame. Pero no sabe que los ojos de Pavlova eran verdes. No sabe que sus patitas eran blancas y sus almohadillas rosas. No sabe que si recorrías con un dedo su nariz había una pequeña curvatura. Una pequeña jaiba. No sabe que abrí uno de los paquetes y encontré un ratón de tela dentro de la caja. Quería ver el recibo para devolver el paquete y por eso lo abrí. Un juguete para Pavlova.
También estas son las palabras para decir adiós.


jueves, julio 21, 2016



I’m not the same, canta Lukasz en el set “S mple Th ngs”. Se pronuncia Bukash, porque es polaco. Lo había escuchado el año pasado a través del soundcloud de Graciela María, varias veces había escuchado su voz diciendo The sky is kind of gray… a lot of unfinished thoughts… Life rushing passed me. That’s life... a simple metaphor, partially true. Pero apenas ahora lo conozco y su voz tiene rostro y su sonrisa deja ver sus colmillos ligeramente torcidos. Lukasz nos invita una botella de champaña. Ha sido una casualidad extraordinaria pasar a la galería y encontrarlo ahí. Platicamos. Brindamos. Ha salido el sol. Hace un día espléndido para caminar. Quizá mañana la temperatura aumente. El sol es importante. Han pasado meses sin sol y hoy ha salido, es un acontecimiento, un tema de conversación.

*

S mple Th ngs es un proyecto que se muestra fuera y alejada de las fórmulas contemporáneas de hacer y grabar música. El estudio de grabación desde sus inicios nació como el lugar para obtener el sonido de la música en su forma más puro; un cuarto configurado para que el sonido exterior no contamine lo que se graba adentro. Así los estudios son similares a los quirófanos de cirugía en donde todo está purificado, esterilizado y libre de cualquier germen que pueda infectar el cuerpo que se abre. En el estudio se disecciona cada instrumento y es ahí en donde las pistas de un disco se perfeccionan y remasterizan hasta obtener la línea perfecta.

*

La entrevista que realicé a Graciela María y Lukasz está completa aquí.


*

jueves, julio 14, 2016

Hace un mes murió Pavlova.
Pavlova nació en casa de una amiga de mi madre. Fue un embarazo extraño porque en la camada sólo existía ella. La hija de esa amiga es bailarina y le puso el nombre de Pavlova a la única cachorra nacida. Así que Pavlova llegó con nosotros ya bautizada. Como hija única nunca se acostumbró a convivir con otros gatos y ese fue el primer conflicto que tuvo cuando llegó a vivir con nosotras. Ya existían otras dos gatas. Ella ocuparía el puesto de la hermana menor. Pero nunca lo ocupó y siempre se opuso a usar el mismo arenero de las otras dos gatas. Pavlova hacía todo afuera del arenero, en una esquina de la regadera. Esta gata es muy cochina por eso hace eso, decían. Mi hermana y mi mamá se tardaron un par de años en entender la indirecta. Necesitaba otro arenero. No era una gata cochina.

*

Tenía 11 años cuando llegó a vivir conmigo en el Downtown.
Cuando me separé mi hermana me insistió en que no me llevara a ninguna de las gatas de mi matrimonio. Adopta a Pavlo. Pavlo necesita vivir sola, alejada de gatos. Para este momento ya no sólo había un arenero extra en la casa, ya había una sobrepoblación de animales. Pavlo se había convertido en la tía amargada de cuatro gatos. Y la hermana arisca de dos. Aquí no vive feliz. Está tan infeliz que se lame todo el tiempo la panza y tiene completamente pelón el vientre. 
Mi mamá me la fue a dejar un día a mi departamento y Pavlova se escondió rápidamente adentro del edredón.
Cuando me fui a dormir salió disparada y no la volví a ver. Me fui a trabajar y cuando regresé la volví a encontrar escondida en el edredón. Así pasó cerca de un mes hasta que se acostumbró a verme. Si bien habíamos vivido en algún momento de la historia en la misma casa de mi madre, de eso ya no quedaba más que un vago recuerdo. El amor que nos pudimos tener nació justamente en esta etapa de mi vida.

*

Pavlova odiaba a los gatos y a los perros. 
Sólo una vez intenté que conviviera con un perro. Foster era un perro salchicha que intentó hacer migas con Pavlova en cuanto la vio. Pavlova por supuesto le soltó un par de zarpazos y después se fue a esconder al closet. Nunca más volvió Foster al departamento. Tampoco su dueño.
Después llegó a vivir por una temporada Vicky. Y ahí nos dimos cuenta que a Pavlova le gustaba el tabaco. El catnip que mi mamá me había regalado le daba exactamente lo mismo. Pero no el olor del cigarro. Un día despertamos y encontramos los cigarros de Vicky completamente mordisqueados. Vicky me decía que cuando yo me iba a la oficina, Pavlo y él tenían un diálogo privado. Pavlova me obliga a dormir la siesta. Y yo la llamo a ella y viene.
Vicky también es hijo único como Pavlova y entendía el mundo desde ese extraño lugar en donde el amor, las preocupaciones y las expectativas de los padres sólo señalan un sujeto. Pavlova dormía en mi lugar cuando Vicky se quedaba solo. Y en los pies de la cama cuando dormíamos juntos. Los dos se quedaban dormidos hasta muy tarde en la mañana. 
Voy a decir lo que todos dicen de sus mascotas: no era como cualquier gatita.
No lo era. Cuando había reuniones solía esconderse. Cuando sólo éramos unos cuantos salía a vigilar a la comitiva. Desde el banco del piano observaba el comedor en donde solíamos sentarnos alrededor de la mesa a tomar cerveza, coca y empanadas. A veces se refugiaba en el cuarto y ahí esperaba a que todos se fueran. Otras se quedaba dormida en el tapete de la sala.

*

Cuando Graciela vivió en mi casa a principios de año se enamoró de la personalidad que tenía mi gata. Pavlo, dueña por supuesto del piso y del downtown, ya sabía cómo tratar con seres humanos en cualquier estado o situación sentimental.
Descubrimos que Pavlova amaba el sonido del piano. Que ronroneaba cuando Graciela comenzaba a cantar. Y se acurrucaba en su axila cuando nos íbamos a dormir.
¿Por qué rasca tanto su arenero por las noches?, me preguntó G.
El ruido de cómo rascaba y rascaba inundaba toda la habitación como si estuviera encima de nosotras. Parecía que Pavlova nos anunciaba que estaba en el baño. 
Rascar en su arenero, rascar el sillón gris, rascar el sillón café, esos eran los ruidos cotidianos en el departamento.
Quiero un gato como Pavlova, me dijo Graciela.
No hay nadie como Pavlova, llévate a Pavlova si la quieres.

*
Y Pavlova se fue a Berlín. Con sus patitas rasuradas de los análisis que le tomaron y su microchip insertado en el lomo de su cuerpo. Fui a dejarlas al aeropuerto con el corazón comprimido. Aunque había tomado la decisión sentía que ese viaje me alejaría por siempre de mi gata. Esto sólo era el inicio de un largo adiós.
¿Quién me esperaría en Allende? ¿A quién tendría que ir a alimentar? ¿Quién sería la razón para volver a casa?

*
Pero Pavlo se acostumbró rápidamente a la buena vida.
Pavlova tenía el cotidiano olor de cemento mojado de República de Cuba.
Allá descubrió el sonido de los cuervos y el olor de la primavera. La corteza y las hojas desprenden el olor del almidón. Su cuerpo se acomodaba en el límite de la puerta y el balcón. 
Nunca en su vida había tenido un balcón. Afuera sólo árboles y pájaros.
Al mes llegué también yo. Quería ver a mi gata. Quería comprobar con mis ojos que estaba bien. Y sí. Ahí encontré a Pavlo. En otra vida, en otra atmósfera, con otros sobrenombres, con otros personajes a quien vigilar desde una silla del departamento.

*
Hace un mes murió Pavlova.
Fue una negligencia médica. La inyectaron pensando que tenía una infección en la garganta y el medicamento le hizo una reacción alérgica que le costó la vida. En tres días tuvimos que despedirnos de ella.
Su nariz rosada no volverá a oler el aire.
Su tope borrego no volverá a golpear mi pierna.
Su hermosa carita no me verá de soslayo.
Estuvimos con ella cuando le pusieron una inyección letal. Teníamos que dormirla. Los veterinarios usan esa palabra "dormir" "sleep". No dicen "matar", "morir".
Graciela estaba a mi lado. Y no supimos qué hacer con su cuerpo recién fallecido.
Tuve que inventar algo. Si existe el ritual de la muerte es porque existe una cultura del amor.
La misma tragedia de Príamo. Tener el cuerpo para enterrarlo. Nosotras teníamos a nuestra Pavlova. A nuestra Pitzilein. 
Pavli Pavlo. 
Nos despedimos de ella y su carita se acostó en nuestras manos. Es lo mejor para ti. Para que dejes de sufrir. Y las lágrimas. Tantas lágrimas. Y su atenuado maullido. 
Era una queja y un perdón.
No hay escapatoria. Viajaste a Berlín para encontrarte con la muerte.
La muerte tiene lugares extraños de citarnos. Un viaje internacional no es poca cosa.
Mexikoplatz, es la estación del metro más cercana a la clínica veterinaria de la Universidad de Berlín, en donde Pavlova murió.
La doctora nos dejó a solas con su cuerpo.
Graciela me dijo: cierra sus ojos.
Yo lo hice. Después se abrieron de nuevo. Y volví a cerrarlos, ahora apretándolos. No sabía cómo lidiar con su peso muerto. Aún enferma oponía resistencia, pero ahora no había nada, sólo su cuerpo que vence las manos. La envolví en la toalla blanca que había. La envolví como un tamalito. Como me envolvía mi papá cuando era niña y tenía frío. Su cola salía de la toalla.
Escribo ahora por esa colita atigrada que asomaba.

martes, mayo 24, 2016

Imaginamos que la Stasi nos está vigilando y hacen un reporte detallado de las acciones que hacemos adentro del departamento.


23 de mayo. 10. 42. pm. Sonnenallee, Berlín.

La gata, a quien apodan Pitzi, se asoma al balcón abierto: observa las estrellas, lo cual sorprende a G. También I. se sorprende. Hace un comentario irrelevante sobre la vida que tenía P. en México. La gata no ha salido para nada desde que llegó a ese departamento. La observan un rato. G. le dice a I. que muy probablemente las personas mayores de sesenta años que se sientan a un lado de ellas cuando toman el metro pudieron pertenecer a la Stasi. Hay espías vivos. No pasó hace mucho. Hay gente de Alemania del este que todavía anda por ahí y que sigue odiando el modelo occidental. Luego siguen viendo una película. Hablan del clima. Se escuchan truenos. Se aproxima una tormenta.

24 de mayo. 8. 20 am. Sonnenallee, Berlín.

Despiertan sin contratiempos. G. prepara café en la cocina. I. revisa su correo en el comedor. G. le pregunta a I. qué color de barniz le queda mejor. Alza sus manos hacia el techo. No sabe si elegir el blanco o el dorado. I. opta por el dorado. Hablan del clima. En días anteriores hacía calor pero hoy es un día nublado.

26 de mayo. 9.37 am. Sonnenallee, Berlín.

G. le dice a I. "Quisiera que mi vida fuera como la de Pitzi".

27 de mayo. 11.20 pm. Sonnenallee, Berlín.

G. llega con hambre. Se escucha ruido en la cocina. Prende una vela y la pone en la mesa del comedor. Abre la puerta del balcón. Pitzi, la gata, huele el aire fresco que entra, se aventura a salir y cuando ve que G se acerca corre hacia adentro con la cola pegada al piso.

miércoles, mayo 11, 2016

Plac Konstytucji.

Los tranvías son de color amarillo y rojo. La glorieta funciona como cualquier glorieta del mundo.
Cada dos minutos pasa el tranvía número 35. A lo lejos se alcanza a distinguir el edificio de Bosch y el letrero del HM. Los edificios son viejos. Todos son una versión de lo que pudieron reconstruir después de la segunda guerra mundial.
El café nero es una franquicia y tiene internet gratis. Luz en las mesas y conexiones para las computadoras. Olvidé mi convertidor. Sólo puedo usar mi laptop mientras tenga pila.
Estoy frente a la ventana para ver pasar a la gente afuera, para observar el tranvía de ida y vuelta.
Tienen música agradable.
Y de Ella Fitzgerald ha saltado a Buena Vista Social Club.
Es Varsovia. Es 2016.
Y estoy escuchando dos gardenias para ti.
El bullicio polaco no es similar al alemán.
No sé decir hola en polaco. No sé cómo decir adiós.
Y me da un poco de pena no saber decir lo más básico. La verdad es que no preparé nada para venir. Simplemente elegí esta ciudad porque está a cinco horas en tren. Porque es barato. Porque el vaso de vodka cuesta 5 eslotis. Que convertidos son 25 pesos mexicanos.
Aún tengo instalado el chip alemán y en lugar de decir thanks, digo danke, en lugar de decir bye, digo chus. Pero da igual. Podría mejor hablar español.
He decidido mejor hablar en español.
Y la música en el café está en mi idioma. Probablemente sea la única que entiende la letra de lo que estamos escuchando. El ánimo de todos es apacible.
El ánimo es estudiantil.
De vuelta a la música en inglés.
Ahora escuchamos a Frank Sinatra.
Afuera comenzó a llover y pasó una chica con una sombrilla anaranjada, piernas blanquísimas, falda azul de terciopelo y botitas negras con tacón y calcetín blanco.
La estética del idioma es lo que más me gusta. Minúsculas en medio de frases en mayúsculas. Palabras que no entiendo con terminaciones en consonantes poco ocupadas en español: j, z, k, w.
Kcniec, pelna, sztuki.
Es 11 de mayo.
Mi papá cumple años hoy.
Imagino que estará desayunando un plato de fruta en la terraza de su casa. Viendo el mar. Revisando su correo electrónico mientras toma una taza de café.
Puedo escribirle un mensaje y felicitarlo. Pero no quiero.
Hay algo de la mensajería instantánea que elimina la ficción de estar lejos.
Y he decidido alejarme.
Acercarme es verificar el horario en México y enviarle un mensaje.
En cualquier parte del mundo hay un café nero, que se llame starbucks, o que se llame casita del té es lo de menos, estoy en ese espacio en donde hay gente con sus laptops y su internet, y su café y su pastel de chocolate. Pero la diferencia es el estrés, la diferencia es el viaje. Aquí me siento a salvo. En esa burbuja de la extranjería hay paz.
En este presente hay tranvías. Quiero verlos pasar todo el día. Quiero quedarme leyendo en mi ePub Homo Faber. Quiero saber qué pasa con su hija que ha conocido en un barco rumbo a Francia. Quiero terminar de leer qué sucede con Hanna a quién no ha visto en más de treinta años. Y de nuevo mi atención está en el tranvía, en los rieles de metal que la gente pisa al cruzar la calle.
En menos de diez minutos, dejó de llover y salió el sol.

La gente sigue caminando hacia alguna parte.

Apenas asoma el sol y de nuevo ya nadie usa el abrigo.

Un señor en bicicleta carga un montón de libros. Los ofrece a los que pasan junto a él.
Tiene la barba blanca y larga. Se estaciona y monta sus libros en el pretil del edificio.
Es una zona de estudiantes porque la Universidad Politécnica está muy cerca de aquí.
El café de enfrente tiene un letrero: 10% student.
No hay nada más importante que esto: vida cotidiana. Similar a la de todas las ciudades. Personas saliendo de la cafetería con su café para llevar, cuidado que no se derrame, saben su ruta perfectamente, nada los detiene.
La mayoría jóvenes. Pocas cabecitas blancas.
Un chico deja su café en el pretil y contesta una llamada de su celular.
Otro pasa en su bicicleta.
En este instante un café en Varsovia podría estar en cualquier parte.
Hace un año estaba tomando café en Reforma e Insurgentes.

Pero es Varsovia, a dos cuadras de aquí hay un callejón de bares en donde sólo ofrecen vodkas, de todas las clases. A las siete de la noche estará lleno de estudiantes.
Son las seis de la tarde.
Ahí no hay internet. Ahí no hay laptops.
Sólo la luz neón de la entrada y el friso quemado del edificio.
La calle se llama Sniadeckich.
El vodka espera.


lunes, abril 25, 2016

Creo que quiero tenerlo negro de nuevo. Me comporto diferente cuando tengo el caballo claro. Ya me harté de este comportamiento, me dice Graciela, mientras corta en rodajas las zanahorias para la sopa de jengibre que prepara. Con las dos manos coloca todo en una olla. El olor del cilantro recién picado hace que incline un poco el cuerpo para olerlo.
Graciela trae puesto un suéter de una marca que se vendía en los setentas para jugar tenis.
Yo traigo el mismo abrigo gris. No queremos prender la calefacción porque reseca la garganta.
Todavía es abril. Las nubes tienen lluvia y a veces hielo.
He buscado la forma y el significado de este tipo de nubes en la Guía sobre la observación de las nubes.
No encontré ninguna similar.

sábado, abril 23, 2016

cumpleaños 32



Los tulipanes los hay de dos colores: blancos o rojos.
Los platos los hay de dos tonos: azules o naranjas.
Las velas las hay pequeñas o medianas.
Sólo tenemos peltre para servir el vino.
Servilletas blancas y medianas.
El frío hace que los nudillos de mis manos se resequen.
Ikea no está muy lejos. Son cuatro estaciones y hay que tomar el Ring 41.
El Ring 41 es un tren que va por arriba de la ciudad y la rodea. Desde ahí puedo ver el antiguo aeropuerto al que voy a correr por las mañanas, Tempelhofer Feld. He ido a correr por la mañana y desde la primera vez que lo vi pasar pensé en tomarlo algún día.
Hoy es el día y estoy ahí descubriendo que es ese tren. Ahora yo veo a la gente correr en el parque.
Es mi cumpleaños y vengo en ese tren viendo un inmenso parque verde en donde aterrizaban los aviones gringos en la segunda guerra mundial. Hoy salió el sol y puedo ponerme mis lentes oscuros.
Estoy contenta.
Pienso inevitablemente en el año pasado. Las cosas cambian muy rápido. Nunca logro imaginar lo que el tiempo tiene preparado. México queda tan lejos. Me importa tan poco. La voz del tren anuncia la siguiente parada. Sé que lo anuncia pero no puedo descifrar el mensaje textual. Me gusta esta extranjería en donde las palabras son escuchadas pero no entendidas. El mundo es más afable cuando no se entiende. Es como si las esquinas estuvieran redondeadas.
A veces me repito a mí misma qué buena vida, la única forma de vivir es esto, hacer lo que me gusta, viajar, estar con quien quiero estar.
Es mi cumpleaños y voy a Ikea por unos platos y unos vasos porque no hay suficientes en casa de Graciela.
Caetano Veloso canta You don't know me.
Nací en la bahía de Acapulco. Me entero de cosas horribles que están ocurriendo ahí.
Y otra vez la voz de Caetano: You don't know me at all. Theres nothing you can show me.
Entro a Ikea.
Así se debe vivir con 40 metros cuadrados.
Me paseo por las distintas escenografías. ¿Qué llevaría a casa?
Nada. Quizá una jarra de vidrio. Odio mi jarra de plástico. De ahí en fuera no hay nada que realmente necesite. Voy directo por los platos y los vasos.
Me entretengo viendo las cactáceas de dos y tres euros.
Regreso tomando el Ring 41. Me gusta ver la torre de comunicaciones en el horizonte. Hace más sol pero más viento frío. Me bajo una estación antes y llego al departamento sin problemas.
Tengo dos llaves, una para la entrada del edificio, otra para el departamento.
La llave del departamento tiene una carita feliz, como esta :), perforada en la parte redonda.
Están sostenidas por un listón que dice sonar.
Me encuentro con Graciela que está cocinando una sopa de lenteja con papa y poro.
Cuando entro me canta las mañanitas.
Abrimos una botella de vino y nos sentamos a comer.
Chocamos nuestros tenedores.
Así es la felicidad en Neukölln, en 2016.


viernes, abril 15, 2016

Prince Johnny, you're kind but you're not simple
By now I think I know the difference
You wanna be a son of someone.

 St. Vincent

sábado, abril 02, 2016

Honey, time is on my side.
Mi rutina está abierta en canal, como algunos cerdos que llegan al Mercado de San Juan. El sol comenzó ayer. Las plantas quieren agua todos los días. Mi revista Picnic no soportará un mes más bajo la maceta que contiene el jazmín. El agua lo quito con los dedos como si se tratara de polvo.
—¿Sabes que ahora secuestran tu información y te piden dinero a cambio?
—Ojalá secuestraran mi información, sólo para decirles que no me importa en lo más mínimo.
Ya es abril, el mes de mi cumpleaños.
Parece que los años comienzan en abril y no en enero.
Que las cosas vuelven a acomodarse. Las hojas se abren en el sol, se cierran en el atardecer. A veces pareciera que nada está por cambiar y lo cierto es que todo ha cambiado.
Extraño a Pavlova. Cuando lo digo en voz alta parece una necedad, ahora sólo me lo digo a mí misma y en voz bajita.
Hace tiempo que no era dueña del tiempo como ahora.
Cuando no hay un horario de oficina todo parece durar más. El horario hace que la semana tenga un sentido. Ahora no lo veo. La vida existe aunque no tenga sentido. Todo sigue aunque no haya oficina.
El horario cambiará pronto.

*

Me regalaron de cumpleaños un Kobo. Yo siempre le digo Kindle, como le digo pan bimbo al pan de caja. Pero en realidad es un Kobo. Wallo me pasó toda su biblioteca electrónica. Más de 700 libros. Wallo me dijo: Revisa los libros y dime cuál quieres que te descargue y de una vez te lo paso.
Quiero leer Las nubes de Juan José Saer. Entonces entró a su Torrens y me bajó todos los libros que me venían a la mente. David Mamet, Amos Oz, Raymond Carver, Antonio Lobo Antunes, Irvine Welsh, Ray Bradbury, Italo Calvino, Ian Mc Ewan, Paul Grossman, Coetzee, Robert Walser, Kawabata, Patti Smith, Junot Díaz, y así... se fueron bajando uno a uno en mi tableta de lectura. Fue un día maravilloso. No sé si voy a leer todos. Tenerlos en ese aparatito me da paz emocional. Supongo que es lo que sienten algunas artistas que tienen un guardarropas gigantesco y observan todos los pares de zapatos que coleccionan, y los programas de televisión que los visitan hacen tomas de un almacén de zapatos y abrigos y vestidos... no pueden usarlos todos a la vez, pero tenerlos ahí en sus cajitas les da una seguridad frívola, estúpida y grandiosa.
Más o menos eso se siente.
Ayer leí mi primer libro electrónico: Salón de belleza de Mario Bellatín
Me mandaron mi estadística: 1 libro finalizado, 789 por leer, horas de lectura, dos.

*

2 de abril.  273 días para finalizar el año.
Así es la vida cuando se puede contabilizar. Cuando todo tiene un número y una fecha precisa. También el amor.