domingo, mayo 27, 2007

Si me preguntas lo que yo más quiero,
te diré que se muda con el día
y que lo va llevando el minutero
y el curso de las horas lo desvía.

Alfonso Reyes, La verdad de Aquiles.



Llena de nostalgia, de imágenes perdidas que son verdes, que se confunden con recuerdos y anhelos y días nublados. Otra vez mayo. Entumecida por el domingo. A veces sólo debería ir a la cama como cualquier atardecer que permanece en el fondo y arriba de la mirada. Estoy acostumbrada a pensar mis días por encima de los papeles abandonados, de los sitios que he dejado de visitar y las palabras que ya no escribo más. Aquellos poemas que sólo guardo por debajo de las uñas, aquellas cartas que me retienen en la realidad. Es la realidad. El cansancio en su lento desnudarse con cada minuto y cada hora que pasa. Tramando el tic tac con un dedo sobre el escritorio. Pero en búsqueda, acariciando la nueva persecución, aunque me duelan los oídos, aunque yo piense que no es posible o que está mal o está bien, qué importa. El destino se ha enrollado una vez más en mi mano, ahora con todos los caballos a galope, con la intuición de que tres cartas pueden salvar la salida de este círculo, de este tablero de ajedrez en donde la partida está empezada y la metáfora me conduce sin que yo misma pueda hacer algo para remediarlo. Tengo el tiempo cortándome los tobillos, pide a gritos que me detenga porque hay cosas importantes que debo. Que debo pero no quiero. Que debo pero no quiero. Y mientras no quiera. Y mientras las tachuelas detengan el calendario y se peguen los días a danzas que sostienen una pierna en el aire, un cabello largo y negro en pleno vuelo, si al menos pudiera hundir las palabras en una danza llena de telas y pasos que son estaciones, que son memorias aprendidas, estrellas de plástico que brillan en mi techo. Si acaso fuera posible hospedar cada deseo de mí misma en un silbido. Y después, en las horas de inseguridad busco enloquecidamente mentirle a mi propio miedo, al miedo que está adentro de mis ilusiones, que pesa como un tranvía sin lectores, que no sostengo y no quiero, que me inclina los sentimientos en las ventanillas del alma. Y cuando ya no quiera ver, tampoco tendré agujeritos entre las manos, las lágrimas anudadas a todas las pestañas y distancias y cielos que acaso han perdido el azul violeta de los crepúsculos, como yo pasado ayer. Un cuarto de hora más y mañana por la mañana, la chalina blanca, los anillos de la cordura olvidados en una mesa.

1 comentario:

Casiopea dijo...

Querida Marie, cuanto dolor se percibe en tu escritura, creo que muchas veces escribir nos redime y nos ayuda a soportarlo. Claro no todos tenemos las palabras adecuadas para hacerlo, por eso celebro leerte aunque sea doloroso lo que te mueve.