martes, febrero 27, 2007


No hay un sueño verdadero que me deje tranquila, no hay un juego entre las palabras que pueda tirar un dado y en lugar de cuatro o seis se peguen puntos negros sobre las horas, esos minutos que pasan boca arriba y me respiran y aunque tengo alas, estoy un poco inmóvil entre un cuadro o una ventana, siempre un movimiento lento que sopla y me huele y aunque tengo aliento, estoy cansada. Pero aún así. Quiero acomodar el deseo entre las líneas de las manos que aprietan el azar y lo avientan, crean esos rumores entre cada tecla o paso de la mente, dedos que aprietan un recuerdo ahogado a fuerza de comprender el destino y el tiempo, mordiendo la cordura de un suspiro y otro, pronto un ombligo que tiene un aro que se atora en la ropa como las palabras, fotografías que se aprietan en los sueños y esas caídas que me despiertan sobresaltada de no dar el salto, de seguir en la cama, de seguir creyendo que tal vez escribir es la caída, que tal vez la mano se desliza en una barba y no en un color sobre la hoja blanca, acaso comprender la noche, el sueño perdido, el pelito en la oreja, el triangulito, la ventana, la luna roja.

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