jueves, marzo 01, 2007

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En realidad si no tuviera el paracaídas del sueño hubiera muerto en un sobresalto.

Es así:

Ayer soñé que estaba sentada en una especie de parque, pero en el sueño yo sabía que era uno de los jardines de la biblioteca, como si ésta tuviera varios. De pronto siento cómo alguien me tapa los ojos con sus manos. Esa persona que está detrás de mí soy yo misma. En el sueño sé que soy yo misma y no quiero voltear a verme, me da miedo. Pero antes de que ese miedo se intensifique se acaba el sueño.

Me quedo pensando que hay algo atrapado. No entiendo por qué el miedo a verme a mí misma. Me deja esa molestia intermitente y no le puedo poner remedio, son como pensamientos rebanados, como frases que no terminaron pero que están suspendidas en mi cabeza. Ay, no lo sé, de pronto me siento atrapada. Pero, ¿por qué atrapada? ¿qué es lo que atrapa? Esa es la pregunta. Eso es lo que me deja fría y no sé que es lo siguiente, no sé por qué me tengo que quedar con esa duda. No sé por qué tengo que guardar silencio y tragar saliva, lavarme la cara con un suspiro que dejará atrás algunas palabras, algunos sueños.

En cada arruguita de su mirada está la tristeza, preguntas sin explicación, puertas cerradas, aroma mont blanc. Debería meterme en un baño caliente, comer frutas, abandonar el café, vivir los miércoles con los brazos abiertos a la casualidad de un cuento, tararear un tango con los pies un dos tres, un dos tres. Pestañear voluntariamente sin sentir que la memoria me sabe a membrillo o me sabe a when you’re smiling.

(Tengo una lapicera llena de dulces de mantequilla.)

Y no importa tener una provisión de jabón para manos, de gorritas de plástico y de tantas cosas más que significan momentos, que son todo lo que tengo junto con mis libros. Las alegrías más simples recopilándose como tal vez los cumpleaños, las pausas tristes, los bigotes, las cejas azules, el alma no se puede escapar por la nariz, no. Cuando mi boca ya no haga vapor en la ventana entonces sí, quiero decir, las alegrías que me traen de regreso, que no me destruyen esa parte del olfato. A veces de tanto pensar creo que ya ninguna medicina podría esconder la angustia que siento cuando veo la escultura naif en el baño. Una carta más y la realidad comienza a tomar ese aspecto lleno de encajes pero sin una manga para cubrir el brazo del sol, esa ronchita roja que comienza siendo nada y se va encajando como los días.

Seguiría escribiendo con un lápiz en la boca sin poder pronunciar ya nada, pero tengo sed desde hace varios días, y por más que tomo agua siento que esa sed comienza a marcarse en mi piel como estas palabras que no quisiera buscar en ningún catálogo, que ojalá fueran una casualidad más, pero en el fondo no lo son, tampoco son un sueño.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Visité el blog y quise escribirte. Por alguna razón no quieres comentarios, así que entro por donde puedo, porque necesito entrar, porque las cosas no son así, porque estas formas de totalizar el mundo, las situaciones, hacen que en nuestra cabeza se creen verdades absolutas, esos son los vivios que dice Nietzsche, ¿acaso no lo leíste?
De pronto me asombra cómo podemos crearnos esos fantasmas y hacerlos vivir, de pronto esos fantasmas se asemejan y luego todos son el mismo. No te engañes Marie. El juego de la vida es como el ajedrez, a veces es más una cuestión de estrategia. Ese es el nombre del juego. Lo que quieres lo pagas con el alma, decía el viejo Heráclito. A veces llego a creerlo.

Casiopea dijo...

Marie, en el texto que quise comentar no habia chance, sueños como algo que uno persigue y sueños que le suceden a uno por las noches?en ambos casos son cosas que se me escapan de las manos aunque quiera atraparlas. No se cuales prefiero.