domingo, abril 14, 2013
martes, enero 22, 2013
martes, diciembre 25, 2012
Desde que soy niña viajar horas sobre la carretera me pone nerviosa.
Hoy estoy segura que la molestia es pensar. Estar en carretera me hace pensar todo el tiempo.
Quién soy, por qué soy así, qué estoy haciendo, qué haré.
Tengo 28 años. Y me siento una auténtica treintañera, no me da pena aceptarlo. En la carretera de regreso a la ciudad de México no dejaba de pensar en este año.
Este año estuvo marcado por: volver a casa. Cuando aterrizaba en el aeropuerto de Barajas, pensaba en lo frágil de ese momento, volver a mi piso en Santa Brígida fue "volver a casa".
Pensé en lo diferente que es hacer viajes en Europa cuando uno vive en ese territorio en donde volteas y ya estás en otro país. Recuerdo que la vez que regresamos Alberto y yo de París, tomamos el metro, eran las seis de la tarde y antes de llegar a casa pasamos al súper a comprar pan y huevo. Porque claro, no cambiamos de horario, no hicimos 12 horas de vuelo, y así es regresar de París cuando uno vive en Madrid, no traíamos más que una maleta en la espalda porque no se puede llevar casi equipaje si vuelas por Ryan air.
Si tuviera veinte años pensaría que este año fue el mejor de mi vida, pero no es así, fue muy bueno, fui muy feliz, pero viajar no es lo mejor de la vida, viajar es parte de mi vida. Y es la primera vez que veo esa diferencia, antes yo viajaba porque tenía la voracidad de conocer, de beber, de ir y venir, de aprehenderlo todo como si fuese una esponja. Y ahora pienso que quiero hacer viajes más puntuales, vivir una ciudad, adentrarme a lo que no es turístico, descifrar qué es lo que hay qué hacer, cómo vive la gente y caminar, pero sobre todo compartir. Y este año estuvo repleto de estos viajes sin turismo, viajes sólo para tomar un vino en un restaurante, caminar junto al río, disfrutar de un pedazo de sol en una helada primavera, comprar ropa de diez euros con una amiga, entrar a HM, visitar el outlet de Mango y Fuencarral, caminar cotidianamente por Fuencarral hasta Gran vía.
Recuerdo con cierta nostalgia aterrizar en Barajas y ver el páramo. Barajas está a las afueras de la ciudad y no hay edificios, no hay nada, un par de casitas por ahí.
Pensaba todas esas veces en la ciudad de México, en lo espectacular que es aterrizar en esta ciudad, pensaba que mientras no aterrizara en México, no podría decir "he vuelto a casa".
Regresamos en carro de León Guanajuato a la ciudad, evidentemente no nos dan ganas de pasar a comprar pan y huevo. Llegamos fulminados, por el sol que hacía en la carretera, el tráfico y la nube de pensamientos que están ahí. ¿Qué voy a hacer?
Tengo que escribir. Tengo que escribir.
¿Por qué cuando me repito a mí misma "tengo que escribir" pienso en mi amigo Frederik? No lo sé.
Comencé a escribir una novela. Ese día después de la carretera pensé en escribir una historia, no sé hacia dónde va, no sé por qué, sólo sé que lo quiero hacer y eso es suficiente.
Frederik estaba en mi mente, con su mirada de no estoy entendiendo, con su mirada de qué estás haciendo y por qué.
Escribí y escribí. Me puse triste. Pensé en mi blog, pensé en "mejor escribo en mi blog". Pero este espacio es diferente, es para relajarme.
Me pongo a buscar en mi archivo.
Encontré esta entrada que ahora pongo aquí. La quiero dejar en este momento porque ya no estoy con Rita, ya no estoy en ese cuarto y la transformación me parece lejana pero aún sigue dentro de mí.
Estoy escribiendo con mi laptop en el comedor de mi casa. En este aburrido 25 de diciembre. Es aburrido porque es como domingo, porque no hay muchas cosas qué hacer, porque de alguna forma estamos obligados a reposar, a tomar estas vacaciones y no quiero reposar, y no quiero tomar vacaciones. Estoy escuchando a Nick Drake y después a Chilly Gonzales. Las flores que me compró Alberto están abiertas y su olor impregna toda la estancia. Tengo una casa muy bonita, lo digo en serio, estoy viendo todo a mi alrededor y pienso qué bonito es.
Tomo el libro de Legátova y comienzo a leer mis subrayados:
Su día era una canción alegre que acababa por las tardes en forma de fanfarria triunfal con la vuelta de su marido.
Para todo hace falta talento. Incluso para la felicidad.
19/06/2008
domingo, mayo 08, 2011
John Coltrane - In A Sentimental Mood
Es una tontería pero tengo ganas de escribir: un día de estos.
Un día de estos
¿Qué?
Nada, seguramente un día de estos me quito de encima la apatía y la tristeza.
Me he dado cuenta que hoy en día sentirse triste es una tontería, pero así pasa cuando sucede.
Me gustaría escribir con puro lugar común, son tan cómodos.
Qué fuerte, hoy es cumpleaños de Frederik,
¿Qué se supone que debemos de hacer los vivos con los cumpleaños de las personas que ya se murieron?
Escribir y seguir escribiendo alrededor de los recuerdos.
Revisando mis correos me encontré con uno que me pone de buen humor y creo que me recuerda la cantidad de vueltas que le dábamos a un asunto que podía ser bastante trivial como pedir un consejo de hacer esto o lo otro.
Aquí pongo un fragmento:
"Idalia
Habrás leído alguna vez esa frasecita de Benedetti que dice algo así como que uno no siempre puede hacer lo que quiere, ni tampoco hacer lo que puede, pero lo que en definitiva puede hacer es no hacer lo que no quiere (aunque tanta denegación conlleve siempre algún raro sortilegio freudiano). Ahora que pensando un poco en sus términos (si es que soy medianamente capaz de hacer eso y en verdad lo dudo) tal vez todo sea cuestión de no hacer las cosas por eso de que qué pena no hacerlas, ¿me entiende? (Claro que me entiendes) No sé, siempre es más fácil dar consejos. Es por eso que Benedetti es un escritor fácil: sabe perfectamente qué decir en el momento justo en que todo lo que uno necesita escuchar es un consejo: es un escritor fácil: digamos que su posibilidad de metáfora es más bien baja. Ahora que, bueno, pues será tal vez que a veces estamos un poco en una modalidad (¿sabes sólo hay una palabra que es muchísimo mejor en inglés que en español: mood) Un regalo excepcional..."
Me acabo de dar cuenta que... estas casualidades me parecen hermosas, antes de escribir esto y antes de leer ese correo había posteado "in a sentimental mood".
Sí "mood" es mejor en inglés que en español.
viernes, mayo 08, 2009
Acabo de regresar a mi trabajo, me escapé un rato quesque para comer. Caminé por Altavista hasta llegar a Insurgentes, tomé esa callecita a la que llaman Miguel Ángel y llegué, cha cha cha chan, nada más y nada menos que a la zona de librerías. Según yo estaba muy decidido a salir únicamente con un libro y exclusivamente por la circunstancia (necesitaba cambiar un billete "Grande"). "No más de 80 pesos, no más de 80 pesos" Me lo repetí como cuarenta veces, y, al final, estaba tan seguro de mi mismo que en verdad creía haberme comprado todo el choro. Total: 319.50, tres libros. Soy un fiasco. El caso es que me compré un librito que seguro que te gusta (no es novela, pero estoy seguro que te interesa), creo que ya te había hablado de él: "Mimesis. La representación de la realidad en la literatura occidental" Luego te lo enseño. Compré además un libro de Foucault (nunca hay suficientes motivos para no comprar un libro de Foucault) y otro de Roger Bartra (mmmm, a unos minutos de distancia me parece que mejor hubiera comprado otro).
lunes, febrero 11, 2008
Sputnik, my love o despedida del compañero de viaje
¿Qué piensas?
Ahora.
En este momento.
Un segundo antes de preguntarte.
No me importa que sea un pensamiento absurdo.
Quiero saberlo.
No importa que no entienda.
Escribo con una sola mano mientras con la otra sostengo la secadora de pelo que hace un ruido impresionante. Sólo escucho la secadora cerca de mi cabello y las palabras que escribo ahora. Escribo mientras mi cabello húmedo se peina a toda velocidad.
Sputnik, my love está a la vista, la diferencia entre signo y símbolo en mi memoria. La rueda de la fortuna y las canas de Myu. El calor entra en cada uno de mis cabellos y yo pienso en el otro. En el otro que observamos desde un parque de diversiones. El otro perdido en una isla griega. Otra Sumire. Otra Idalia. Otro pensamiento. Otro reflejo en la mañana. Otra ciudad de México que se vacía por completo en el camino. Otra vez con la secadora en la mano y este ruido que marca el tiempo.
"Nunca te lo he dicho pero después de conocerte entendí que uno tenía que hacer de sí mismo un grandísimo personaje de novela".
Pienso en Sputnik, my love, y me doy cuenta que se trata de un libro que llegó a mi vida para cerrar una amistad. Sumire es el signo de un momento de mi vida y es también el símbolo de la mano que se agita a lo lejos; del otro lado; el eterno adiós.