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lunes, julio 29, 2013

Julio es un mes muy largo... ¿se acabará algún día?
Así que he hecho todo tipo de cosas.
Las actividades que más disfruto son las del hogar.
Me compré una máquina Singer porque la que yo tenía era muy vieja y se descompuso.
No me di cuenta de lo vieja e ineficiente que era mi máquina hasta que comencé a coser en la nueva que tengo. Mi máquina me pide a gritos stickers, así que quiero comprar algunos para pegárselos.
Está nuevecita y su motor suena bien.
Arreglé la pantalla vieja de una lámpara.
Primero pensé en hacerlo todo con hilo porque vi esto en Pinterest: Lámparas.
Y después por la forma de la pantalla no se pudo hacer todo con hilo.
Así que me puse a coser y fue como comenzó a salir esto:








No hay nada más relajante que pisar el pedal y dejar ir la tela, ahí se van todos mis pensamientos y me quedo en blanco, sólo estoy atenta del prensa telas, viendo que la manta se vaya derecho y ya está.
Coser es delicioso, si pudiera coser todos los días lo haría.

domingo, abril 14, 2013


1.

De nuevo esta pregunta: ¿cómo te sientes?
Hoy me duelen los brazos, me duele la panza, me duelen las piernas. No sé si es por andar en bici o por cargar un costal de tierra, por hacer jardinería o por dormir mucho.
Duermo por las mañanas, duermo por las tardes. El sol que hace me tiene agripada. Cuando despierto me siento constipada. La garganta se me cierra y me siento ronca.
Hoy mientras venía de la librería, pensé de nuevo en Frederik, qué pensaría él de que hay un Starbucks en Gandhi. Esa idea se quedó volando en mi cabeza y como todas las ideas se repetía sin gramática en mi mente, estaba ahí clavada como un cuadro que no hay que leer para saber su fisonomía. Y Frederik siempre está en silencio en mi memoria, interrogándome con su mirada, su silencio era arrogante, no necesitaba palabras para decirme que algo era una mierda.
Y cuando llegué y me quité los pantalones y me acosté en la cama, sentía cada parte de mi cuerpo y las pantorrillas, los brazos, las piernas, un dolor muscular que en lugar de llevarme a pensar en el esfuerzo que hice al mover el costal de tierra, me hacían pensar en el envejecimiento de mi cuerpo. ¿Envejecer es doloroso?
Ese Starbucks es bastante mediocre si lo comparamos con el que está en Miguel Ángel de Quevedo antes de llegar al Sport City. Seguramente algo así me hubiera dicho Frederik. De cualquier forma no soy asidua al Starbucks, tampoco él lo era. Qué bien que Gandhi dé sus patadas de ahogado abriendo un Starbucks, qué mal que ni siquiera eso lo pueda hacer bien, que sea una especie de invernadero, que la ubicación de sus mesas en la terraza sea incómoda. En fin.


2.

El 21 de abril cumplo 29 años. Esa es la verdad. Mi marido me ha regalado un carro.
Un amigo mío, Nacho, me dijo que ese carro sólo podía llamarse de una forma: Donatello. Donatello era italiano, como mi Fiat, y se destacó por hacer esculturas, la mayoría pequeñas como lo es este carro.
Cuando estaciono a Donatello no puedo dejar de pensar en el Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj de Cortázar:
Cuando me dieron a Donatello. No me regalaron un carro cualquiera, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, Fiat 500, sport, quemacocos, eléctrico, rojo y muy pequeño, dos puertas y una cajuela pequeñísima.
Me regalaron – aquí lo terrible es que quizá Alberto sí sepa lo que me ha regalado- algo que es mío pero no es mi cuerpo, algo que debo sacar del garaje sin que los vidrios retrovisores peguen con las puertas, un vehículo que debo llevar a la universidad, a la casa de mi madre, a la colonia Roma. Me regalan la necesidad de ponerle gasolina, la obsesión de saber que está cerrado, que las luces diurnas están apagadas, que aún no tiene un rasguño. Me regalan el miedo a que le den un cristalazo, a que le pase algo, a que en alguna estupidez mía le dé un buen golpe. Me regalan la necesidad de manejar con precaución, a darle el paso a los taxistas para que no me avienten la carrocería. Me regalan la seguridad de que ese carro es mejor que otros carros y a comparar mi carro con los demás carros. No me regalaron un Fiat 500, yo fui regalada a Donatello.


3.

Mientras comía recordé una maestra que tuve en el Helénico. Me acuerdo que era buena onda, que se veía muy joven y lo era, tenía 32 años cuando me daba clase. Yo entonces tenía 20 años. Ella estaba preparando su boda en ese semestre y estaba radiante. Era guapa, usaba ropa que me gustaba, tenía un mechón pintado de blanco, además, era egresada de la Ibero y traía un Peugeot 206.
Cuando la veía llegar a clase con su mochila al hombro y su perfume dejando una estela dulce, recuerdo que pensaba en lo mucho que me gustaba ver su manera de disfrutar su vida. Me imaginaba a mí misma teniendo esa vida, ser maestra joven, tener un marido y por supuesto un Peugeot 206. Después vino la decepción, cuando ya no era mi maestra y platicábamos de cosas más personales… como si de ahí pudiera surgir una amistad vino el balde de agua helada. Fue de las personas que abiertamente me dijeron que era una estupidez salir con Alberto. Y recuerdo que además alzó su mano izquierda poderosamente y me mostró su anillo de casada. Creo que pensó que si yo andaba con un señor casado era capaz de andar con todos los señores casados de la ciudad de México. Fue como decirle, soy lesbiana y entonces ella se echara a correr pensando que al siguiente acto me la agarraría por la cintura para darle unos besos. Fue una decepción, pero al final, no pasó nada, no era mi amiga, fue mi maestra y fin de la historia.
A todo esto: todavía no tengo 32 años, ya estoy casada, soy egresada de la maestría en historia del arte y tengo a Donatello. Donatello tiene cara de niño bonito, es en serio.
Hoy cuando veo los 206 que circulan por la ciudad, veo en ese carro a esta maestra, y también veo que ya es un carro viejo, que su gloria pasó, como pasará la gloria de Donatello. Este recuerdo me hace sentir algo que es indudable: nunca sabemos qué puede ocurrirnos en el futuro, ni siquiera lo sospechamos, nuestros deseos en un momento determinado, pasados los años, se desvanecen, son como los carros que salen de la agencia, comienzan a perder valor hasta que son sólo sombras. Los deseos reales prevalecen y nunca pierden su luz, la escritura en mi caso sigue siendo una guía, sé que escribir está en mi futuro. Esta maestra, no sé qué es de su vida, me da igual, pero me gusta recordarla porque en ella recuerdo lo que deseaba y que ahora es pasado.


sábado, julio 03, 2010

Últimamente sólo quisiera ponerme a tejer. Tejer me ayuda para acomodar los puntos en mi cabeza. Mi maestra me dijo: “No, Idalia, estás entrando en la cadena equivocada” Y me deshizo todo el tejido, comencé de nuevo y volví a entrar en la cadena equivocada. Durante la clase me pasó más de cuatro veces. No sabía qué estaba haciendo mal al principio porque estoy haciendo cuadrados para hacer una bolsa con puros cuadraditos, pero había algo mal porque me estaban quedando redondos y me estaban quedando cada vez más grandes, uno me quedó como una estrella y se lo regalé a Elsa en forma de pulsera.

Es así: Los cuadros tienen que ser del mismo tamaño y hay que tejer igual de apretado o igual de flojo pero igual. A mí me salían unos más apretados que otros, unos más grandes otros más pequeños. Y cuando Ale, mi maestra, me deshizo todo se dio cuenta que estaba entrando en la cadena equivocada. Desde ayer siento que entro en la cadena equivocada. Me siento cansada. No quería escribir desde hace una semana, pero hoy me he puesto a escribir algo que será una historia. Y escribí en mi libreta: “cuando estoy triste me gusta comer helados, me gustaría comer siempre helados aunque haga frío”. Estar triste es estar en la cadena equivocada, cuando uno quiere un cuadrado y sale un pentágono y en una de esas hasta me salió una espiral. Ale dijo: ¡guau! hasta aprendo de tus errores no sabía que así se tejía una espiral.

El miércoles pasado fui a clase pero por la tarde, y cuando llegué estaba Ale sentada sola frente a la mesa. No llegó nadie más y pasamos una hora platicando sobre libros porque le gusta leer novelas de terror. A las cinco llegó otra compañera. No la conocía se llama Dulce y su marido tiene una fábrica de pegamentos, como tembló por la madrugada toda la clase fue sobre el recuerdo traumático que tiene mi maestra del terremoto del ochenta y cinco, Dulce también quedó traumada porque frente a su edificio vio cómo se derrumbó el edificio de enfrente y todo por la ventana era humo.

Desde que soy niña escucho las historias sobre el terremoto. Sé que yo tenía un año y estaba en mi cuna en casa de mi abuela Lupe. Mi mamá me cargó en brazos y fuimos a la calle. No pasó nada en esa colonia. Mi mamá tenía que recoger sus tesis de licenciatura y mi abuela no la dejó salir, pero Checo dijo que no había estado tan fuerte y dijo que mi abuela era una exagerada.

El miércoles estuvimos solamente nosotras. Sentí feo porque estoy segura que hay veces que nadie llega a la clase de tejido y como no hay que pagar una mensualidad me imaginé a Ale sentada en la mesa redonda esperando a alguna alumna, me entró ese sentimiento horrendo de querer abrazar a Ale y decirle que la quería, pero es tonto pensar así.

Hoy estoy en el comedor, me traje mi computadora y estoy aquí sentada frente a la sala y desde aquí escucho el ruido que hace el refrigerador… ese ruido y estar sola en el comedor me hace sentir que de nuevo estoy en la cadena equivocada. Estuve leyendo “El certificado” de Isaac Bashevis Singer. Me gusta bastante, pongo unas frases que subrayé en mi libro:

Pensé que debía lavarme las manos. Mi padre solía decir que durante el sueño desciende sobre las personas un espíritu maligno cuyo nombre es Jetuma, y que por eso debemos lavarnos las manos al levantarnos de dormir.

Aunque tenía mis dudas acerca de los dogmas religiosos, conservaba el hábito de la plegaria. Recé para que el pequeño cuarto sin ventanas aún no hubiese sido alquilado, recordando al mismo tiempo las palabras de la Gemará: aquel que reza para cambiar un suceso que ya ha ocurrido, reza en vano, pues ni siquiera Dios puede hacer que el tiempo retroceda.

Ayer comencé a leer “La carretera” pensé que sería seleccionado por #1libro el círculo de lectura organizado por Twitter. Pero no fue así. El libro ganador fue “1984” de Orwell y ese libro ya lo leí y lo leí bastante bien, así que no me dan ganas de leer cómo le devoran las ratas la cara a Julia, es una imagen que no quiero volver a leer porque ya me dejó traumada desde entonces. Pero como me vale seguir el protocolo dije, bueno pues leo “La carretera”. El principio es frío, gris, abrumador, oscuro, desesperanzador, es demasiado denso el ambiente de esa novela y como ayer estaba entrando en la cadena equivocada supuse que ese también sería un error, pensé, pues ya entré en “El certificado” y mejor ahí me quedo. La verdad fue tan potente el inicio de “La carretera” que todavía resuena una frase que está muy al principio: “Olvidamos lo que queremos recordar y recordamos lo que queremos olvidar”. Qué tremenda frase, lo último me dejó helada. Es demasiado fuerte: recordamos lo que queremos olvidar. Lo mala onda es que una recuerda esas cosas horrendas que quisiera olvidar que por lo general quedan afuera de la escritura y que esos recuerdos son como ratas comiendo la cara de Julia.

“El certificado” tiene sus cosas agradables, sus citas sobre Spinoza, sus descripciones de Polonia, su auténtico escenario de principios del siglo veinte, podría decir que es una novela amable, quizá todo lo quisiera recordar y al final terminaré olvidándolo. Y ya. No tengo ganas de leer cosas que me vayan a deprimir o me vayan a perturbar o me vayan a dejar imágenes que no podré quitar de mi cabeza. Soy una ama de casa tejiendo cuadritos por qué tendría que releer a Orwell. Me sonrío cuando escribo la frase: soy una ama de casa. Ayer me escribió mi editora para decirme que ya está casi terminado el libro de “Checo” y que necesitaba una semblanza mía. Yo quería poner: Actualmente me dedico a tejer y a leer novelas. Pero Alberto me dijo que pusiera: Actualmente me especializo en Historia del Arte. Y eso puse aunque la verdad no es esa: me especializo en cadenitas, macizos, ganchos del número 4.5 y escuchar historias de otras amas de casa consolidadas que van a tejer conmigo. Y escuchar a esas señoras hace mi día.

Antes de ponerme a escribir todo esto no tenía más ganas que decir: últimamente me la he pasado tejiendo. Poner la foto y publicar. Pero como el Blogger se tardaba en cargar la foto dije bueno escribiré algo mientras carga la foto. De pronto se me ha soltado la mano con todo esto. Y la verdad es que la mano me la ha soltado el gancho y no la literatura en estos últimos días. Tengo que confesar que la tarde estuvo triste, pero la noche junto con mi vodka en las rocas pinta muy bien. Ya no estoy sola en el comedor: hace un momento llegó Alberto con su computadora y se sentó a mi lado, si estoy entrando en la cadena equivocada al menos no estoy entrando sola.

Buenas días a mis amigas más queridas: Grace, Paola, Elsa, Zaida y Georgina.

Quiero publicar que con cada una comparto cosas diferentes y eso me gusta. A veces me sorprende saber que son lectoras de este humilde blog de chocoaventuras.

Por cierto si pueden escuchar el nuevo material de Grace les dejo su SoundCloud no es sólo porque yo la quiera mucho de verdad que es muy buena

<3>

miércoles, mayo 19, 2010

Hoy me voy al centro.
Estoy buscando.
Creo que siempre que esté buscando saldrán bien las cosas.
Además me puse unos pantalones negros que hacía rato no me ponía y son muy cómodos.
En este momento traigo mis audífonos y escucho un muy buen remix.
Próximamente crónicas del club de la araña o cómo hacerte ama de casa y al final del camino hacer una maestría en historia del arte.

¡A buscar al centro!

jueves, marzo 04, 2010

Pizza

Esta semana fue el último curso de Sukabumi. ¿Cuándo habrá otro? Nadie lo sabe. Quizá no vuelvan este año, quizá lo único que nos queda es ver la receta en Internet y hablar por celular con Oscar para pedir su auxilio. Debería de existir el asterisco Sukabumi. Oh tristeza. Esto confirma que todo lo bueno en la vida termina tarde o temprano y que siempre hay dos caminos y en este caso se acaba de cerrar el camino que lleva a la calle de Tajín los martes por la noche. Así que es oficial que este post se convierte en la última crónica del curso primavera-verano.

El martes pasado hicimos pizzas. Todo mundo conoce una pizza, pero esa es la magia de ir a Sukabumi: vas a que te presenten con una pizza. Y a pesar de que por años uno ha comido pizza de pronto es una sorpresa encontrarse con la harina, con la levadura y la salsa de jitomate.

Pavol comenzó la clase preguntando “¿Todos conocen la pizza?”

Y aunque suena un poco ridícula la pregunta, es bien curioso pero creo que hasta el día de ayer que preparé pizza con Isolda no conocía del todo a la pizza. Si no tienes la harina con agua pegada entre tus dedos, si no sientes el ritmo que adquiere una bolita y comienza a crecer una masa y esa masa hay que moldearla con las manos… entonces no conoces del todo la pizza. Además no conocía el sabor del queso roquefort con durazno y hasta ayer no había probado la pizza hecha con harina integral. Ante la pregunta obvia de Pavol podría decir que mi conocimiento sobre la pizza era bastante mediocre y superficial.

Ayer cocinamos la pizza Sukabumi en casa de mi hermana. Como también hicimos Tiramisú de fresas a la naranja, nos dividimos las actividades. Primero Isolda se puso a cernir la harina (que era integral y que como somos bien neofitas no lo supimos hasta casi el final). Isolda pensó que el salvado eran cositas que había que quitarle a la harina, y afortunadamente le quitamos el salvado sino nuestra pizza hubiera sido una suerte de All Bran con queso y salsa de jitomate. Le echamos la levadura y la removimos con poquita agua, la dejamos reposar y luego nos tocamos las manos para ver cuál tenía las manos más calientes porque es más fácil hacer la masa. Y yo me saqué la rifa de la masa.

Y no sabes qué es la pizza hasta que comienzas a hacer la masa y pasan cinco y pasan diez y pasa media hora y la masa sigue medio cuarteándose y así uno tiene que seguir dándole una y otra y otra vez... creo que es más rudo el trabajo cuando es harina integral pero puede que sea un mito. Isolda me dijo “ay pero si ayer no se veía tan difícil”. Pues sí como ninguna de nosotras amasamos, pobre señora a la que le tocó. Y nos reímos un rato de cómo Pavol le decía, “mmm… ya está chido pero todavía le falta un poco más”. Y la señora ya estaba medio harta pero tuvo que seguir. Ja ja ja ja, le costó más trabajo porque la amasó sentada.

Primero se cierne la harina. Después se hace un hoyito en medio de la masa y se echa un sobrecito de levadura. Se le pone poca agua y se remueve con el dedo como si hiciéramos un atole. Se tapa con un trapo húmedo y se deja reposar un rato. Ya pasado el rato se revuelve con toda la demás masa y se va agregando agua para seguir amasando. Y de este punto en adelante uno se puede quedar un rato considerable amasando...

Mientras se amasa y más si se tiene una hermana cocinando al mismo tiempo pues se puede hacer un humus para ir picando y se puede hacer la salsa de jitomate que pondremos en la pizza. Ayer hubo tiempo de sobra así que Isolda se metió a la página de Sukabumi y preparó el Tiramisú de fresas a la naranja.

Al final terminamos comiendo pizza a las cinco de la tarde y tiramisú a las seis, pero todo muy rico. El humus se acabó antes de que saliera la pizza, así que de las dos pizzas que hicimos sobró media pizza porque ya se habían llenado de humus y pitas. El Tiramisú sabe mejor si se deja reposar a las fresas en el jugo de naranja por más de una hora como sucedió ayer.

Frases célebres en Sukabumi:

“Todo queso roquefort es queso azul, pero no todo queso azul es queso roquefort”.

“La otra vez estuve haciendo cuentas y me di cuenta que en mi vida he hecho cerca de 12 000 pizzas”.

“La masa de la pizza cruda no se come porque la levadura se pone viva y se comienza a inflar generando parásitos que hacen mucho daño al estómago”.

“No hay que atascar de ingredientes a la pizza no es una torta”.

“Si ponemos mucha salsa de jitomate corremos el riesgo de que la masa se rompa”.

Final feliz en el curso de Sukabumi:

Abrimos una botella de vino, brindamos y comimos pizza. Me doy cuenta que hablamos de nuestras compostas como si se tratara de niños chiquitos, los cuidados que deben tener, su alimentación, lo que tal vez les pueda hacer daño. Y claro Margoth es la que sabe todo y da consejos sobre el mantenimiento de nuestras compostas.

Final sorpresa: Margoth resultó conocer a Frederik, antiguo lector de este blog. Su recuerdo estuvo en esa pequeña felicidad que compartimos el martes pasado.

¡Gracias Sukabumi!

No me puedo quejar acabo de cumplir uno de mis propósitos de año nuevo: tomar cursos de cocina. Y terminé hasta con una composta llamada Sukabumi.

Los extrañaré.

lunes, junio 15, 2009


Exprimidor.
La verdad es que si ven bien la foto se refleja toda la cocina en el exprimidor, a lo mejor es por el acero inoxidable.
:)
La verdad es que me dio harto gusto tomarle fotos. Aquí tengo más fotos del señor exprimidor en diferentes posturas.


lunes, abril 20, 2009

Mañana es mi cumpleaños número veinticinco.

No me siento vieja, ni me da crisis de la edad, ni nada por el estilo, la verdad es que un amigo de mi misma edad hizo un tangote porque cumplió veinticinco y me pareció una tontería, estoy muy contenta, ¿por qué no? Hasta el número 25 se escribe en una sola palabra, todavía no es treinta y uno por ejemplo que son necesarias más de una. Y además mi pareja también está cumpliendo en una sola palabra su edad y eso me encanta. Ya recibí felicitaciones, de las personas importantes que están pendientes de la fecha, como mi tía Queta. Y alguna que otra estupidez, una persona que pensé digna de más inteligencia que me preguntó, “y qué tal tus veinticinco, ¿muy feliz y muy publicada?”… Después sentí un silencio incómodo entre mi computadora, el mensaje que leí en mi mente y yo… en fin.

“Muy publicada”, pues no como quisiera, pero por lo menos tengo un libro que está dictaminando Alfaguara y otro en concurso.

“Felicidad”. Me cae gordísimo eso de decir pues sí soy feliz. Porque la verdad es que no soy nada feliz cuando manejo más de una hora bajo el rayo del sol cayendo en la lámina de mi carro... no soy nada feliz cuando se me entierra una uña en el dedo; no soy feliz cuando me enfermo de gripa, no soy feliz cuando me molesta la impertinencia de la gente, no soy feliz cuando no salen las cosas como quisiera, no soy feliz cuando me encuentro personas desagradables en la facultad. No soy feliz sobre todo cuando me acuerdo de la gente que se murió el año pasado como Frederik, no, no lo soy, no soy nada feliz acordándome de que Frederik debería de estar leyendo mi blog y titulándose y trabajando y yéndose a la playa de vacaciones, no me hace nada feliz ni siquiera escribirlo, no me hace feliz ver su perfil en el Facebook y saber que está muerto: no me hace feliz la gente pendeja de la facultad que se ceba en su muerte. No lo soy.

Pero cuando llego a mi casa soy muy feliz cuando la Anubis pasa por en medio de mis piernas, cuando siento que “ya llegué”, que me puedo acostar tantito en el sillón del estudio y dormirme una media hora. Soy feliz cuando estoy con mis amigos, cuando veo las dedicatorias que me escribió Frederik, cuando leo alguna de sus cartas, soy feliz cuando escucho las canciones que compone Esteban en el cuarto de junto, soy feliz cuando estoy con Alberto y le doy masaje en las manos. Soy feliz cuando invito a mi hermana a comer y hablamos de recetas para hacer nuevas ensaladas y somos sólo ella y yo y nadie nos molesta. Soy feliz sobre todo cuando estoy sola en mi cocina y preparo de comer y escucho música desde la sala. Sí soy feliz, una felicidad muy sutil, muy amable, no es una felicidad escandalosa de la que deba hacer alarde. Pienso que es una felicidad serena, no es una felicidad obscena como para responder al mail: Sí soy muy feliz y qué pedo. No para nada, creo que nadie podría soportar una felicidad arrolladora, emocionante, pasional-que-todo-lo-altera-a-su-paso… no por mucho tiempo. Pero por ejemplo, en este momento escucho “Between de Bars” y me mata de alegría, de emoción… Además ayer o anteayer soñé con un verso de esa canción que va así “the people you've been before that you don't want around anymore, that push and shove and won't bend to your will”.

Es así. Es como ese verso, tan sutil pero al mismo tiempo arrollador, así llegan mis veinticinco años, dejando atrás unas cosas, la gente que no quiero alrededor, la que se ha muerto, y recibiendo la que está conmigo, la que estará este año, la que me hace ser la Idalia del 21 de abril de 2009. Soy feliz sobre todas las cosas que puedan pasar porque escribo porque no puedo dejar de escribir, porque sé que eso es lo que haré hoy, mañana, pasado, el siguiente año y dentro de otros veinticinco años seguiré siendo escritura, palabra, lenguaje que es al final lo que me apasiona y me sujeta al mundo.

Eso es.

Feliz cumpleaños a mí misma.

 

Nací un 21 de abril de 1984 en el puerto de Acapulco a las 12:34 de la madrugada.

Así que después de esa hora pueden empezar a felicitarme.

 

Soy Tauro y mi año chino es la Rata.

Soy Agua en el signo Azteca: Agua 11.

Soy Idalia Sautto.

Soy Marie de Laos.

 

 

 

 

 

viernes, octubre 24, 2008

En las intrucciones para lavar adecuadamente una prenda de autor anónimo, se olvida lo más importante: Una brevísima historia de las pelusas. Esto haría más comprensible la lista de sugerencias.


Vacíe los bolsillos.

Cepille las pelusas.

Coloque las prendas de punto al revés para evitar que hagan bolitas.

 

 

Las pelusas son pedacitos de ropa o cualquier otra cosa que contenga tejido, de ahí el famoso mito de las pelusas que salen de los ombligos. Las pelusas no nacen de los ombligos, pero sí son unos animalillos que caben hasta en el crecimiento de las uñas. Las pelusas habitan en los bolsillos y cualquier espacio pequeñito y caliente, aunque no se reproducen como los hongos, de ahí que no se les pueda clasificar en algún reino. Para la desgracia de estos seres se ha inventado una máquina quita pelusas que las atrapa y encierra en un contenedor para después tirarlas a la basura. Las pelusas de electrolux corren con mejor suerte al sugerirles a sus clientes que sólo cepillen las pelusas y que coloquen las prendas al revés para evitar que hagan bolitas.

 

Habría que hablar detenidamente de las mencionadas “bolitas”.