domingo, junio 10, 2007


Este día padece horas pálidas, sin versos por intercambiar, con la yema de los dedos arrugados de agua, de composiciones y pétalos para comer. De pronto es como si se pudiera abrir el tiempo, si pongo mi mano a modo de visera, se abre un pedazo del mundo, despedido de los pliegues como los tantos deseos azules que se soplan y se van al aire, mitad alegría mitad miedo, deseos deslizados como serias visitas en sueños, lollipops para los pretextos, piano solo, literatura, pequeños bailes para sentir en las plantas de los pies un paisaje de enredaderas a plena luz de lo cotidiano, ordenado para asirme más fuerte a la contingencia de los días.
Ahora este tiempo sin adivinanzas de por medio, sin objetos perdidos en la memoria, y en la versión del mundo que cae como una ceja despeinada en el perfil de lo real, ya sin estrellas, pero con la mirada de Osiris enroscada en el destino, con ese olor que se mira en el cuello de la poesía, conmigo ausente, contigo en todas partes, tal vez sea cierto que en ninguna, en el fondo de la hoja verde-azulada, en el poema o en la valse d’Amélie, en la silueta del domingo, cada paso, cada servilleta de papel cebolla que te llama por tu nombre, que te detiene de la mano o te detiene del hombro, pero.
Da lo mismo inventar los deseos que soplar como verdad alguna mordida escrita en el brazo, posiblemente con cierto temor a que mi sombra me dirija la palabra y se de a la fuga, de puntas en una danza interminable, que me descubra en este caer tan lento y sin compases y sin colores en los párpados, con los segundos suspendidos en los labios, en eso que realmente soy cuando me pronuncio sin reservas.

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