jueves, junio 28, 2007


Lo que debería de tranquilizarme es un té de durazno de los que guarda mi hermana en el último anaquel de la alacena. Ya sin sonrisas, contando las páginas que faltan para terminar la novela, y luego, después de quitarme la ropa, sin haber salido al café de la Conchita, ponerme la piyama, ir colocando todo en su lugar, hasta el libro que leeré encima de las rodillas, los sueños que no recuerdo, debí aprender de memoria el poema de Spinoza la noche que estuve en vigilia, debí sentir un poco la lluvia, eso quería, la lluvia sin literatura. Si yo misma pudiera despertar, si me diera cuenta que ese paquete que fui a dejar al correo hoy por la mañana apenas puede contener unos segundos de lo que realmente soy, porque ese libro tiene contenida mi respiración, pero ahora no pienso contener ningún paso más, muy en el fondo la antigua tristeza, lamento decir desde lejos que era muy triste. Cuando me regresé de la plaza, caminando, otra vez, cuántas veces con las botas cafés muy sucias, hasta el tercer piso, sin la sonrisa de la tarde, contando el tiempo con una mano, el sentido común con la otra, tan molesta conmigo misma como si acaso con un gesto mío hubiera podido ensuciar el tiempo, ese tiempo que guardo en la manga del suéter, ese tiempo sin olvido que me deja sola, con el desamparo de la cordialidad, ser cordial con la espera. Sin poder huir de mí, de esa alegría que se apaga, quisiera atar de manos y pies mi propia ilusión, la que me llena de esperanza, no debo dejar caer una vez más el tiempo ciego, las frases como zapatillazos en el rostro, lo verdaderamente importante está en un paquete con el destino bien señalado, lo real, no la lluvia, las pastas impresas, el dibujito de Maggie, eso que me importa tanto y en lo que debo guardar la esperanza, no en el rostro que dibujo en la ventana, en los objetos y la ropa acomodada, no espero nada, eso me repito como el día anterior, me gustaría saber si hay algún recado para mí, es tonto esperar esas cosas, como cuando busco un dulce en mi bolsa y sé que no los hay, a veces empeño mi felicidad en los detalles más mínimos, a veces da resultado.

2 comentarios:

erato dijo...

Qué soledad más atroz me sugiere tu texto de hoy Marie! Y qué bien contado! Me ha tocado por dentro ese rincón solitario que yo llevo también y aveces esquivo. Un abrazo de luna llena y gracias por seguir compartiendo.

Casiopea dijo...

Querida Marie, a veces una se cuelga de cualquier cosa para esperar un milagro,hasta el ver la hora en el reloj como si marcara algo mágico.