domingo, junio 03, 2007

Sueños


en caída...




A veces siento que sueño demasiado pero al mismo tiempo tantas cosas que termino por olvidar.
Estoy parada sobre unos periódicos, descalza, con unos calcetines verdes. Los brazos abiertos en una ele. Con la punta de mis dedos recorro un medio círculo que trazo imaginariamente sobre mi cabeza. Siento el peso directamente en el costado derecho del cuerpo. Tengo los ojos cerrados y sé que estoy en una casa muy vieja de altos techos y humedad en las paredes. En esa casa todos los objetos están a la venta, y muchos de estos objetos me gustan mucho, pero ninguno lo puedo comprar. De pronto ya no estoy con los ojos cerrados, de imaginar la casa doy un paso al frente para recorrer los cuartos. Una habitación tiene un colchón de agua, se ve sucio y abandonado. Hay un balcón por donde se cruza hacia una sala, ahí hay una mujer de cabello largo, quebrado, está sentada en una silla con las manos sobre las piernas y no para de llorar. Yo la observo. Entonces ella habla hacia un auditorio de sillas vacías, porque sólo estoy yo, de pie al fondo, la mujer dice sin fijar la mirada en ninguna parte, sin entender tampoco, que ese llanto le parece tan ajeno como “pronuncia mi nombre”, tan ajeno como esa mujer que no sabe ni siquiera quién es. Me espanta lo que dice, salgo de ahí y en un pasillo veo una frase enmarcada con rojo, leo: “las bocas cubren el silencio de los besos”. Me voy de ahí pero repito constantemente la frase para no olvidarla.
Sigo mi camino, aprisa, porque siento que algo está mal. Cada vez más angustiada, cada vez más desesperada.
Me encuentro entonces con A. estoy justo en la habitación del colchón de agua.
—¿Has visto a tu mujer?
—Sólo de verla me ha puesto así.
Siento horror y trato de salir del cuarto, pero mi cuerpo se ha inmovilizado de alguna forma que no entiendo por qué.
Despierto.
Lo primero que recuerdo es la frase enmarcada y la mujer llorando, y después el resto del sueño.

domingo, mayo 27, 2007

Si me preguntas lo que yo más quiero,
te diré que se muda con el día
y que lo va llevando el minutero
y el curso de las horas lo desvía.

Alfonso Reyes, La verdad de Aquiles.



Llena de nostalgia, de imágenes perdidas que son verdes, que se confunden con recuerdos y anhelos y días nublados. Otra vez mayo. Entumecida por el domingo. A veces sólo debería ir a la cama como cualquier atardecer que permanece en el fondo y arriba de la mirada. Estoy acostumbrada a pensar mis días por encima de los papeles abandonados, de los sitios que he dejado de visitar y las palabras que ya no escribo más. Aquellos poemas que sólo guardo por debajo de las uñas, aquellas cartas que me retienen en la realidad. Es la realidad. El cansancio en su lento desnudarse con cada minuto y cada hora que pasa. Tramando el tic tac con un dedo sobre el escritorio. Pero en búsqueda, acariciando la nueva persecución, aunque me duelan los oídos, aunque yo piense que no es posible o que está mal o está bien, qué importa. El destino se ha enrollado una vez más en mi mano, ahora con todos los caballos a galope, con la intuición de que tres cartas pueden salvar la salida de este círculo, de este tablero de ajedrez en donde la partida está empezada y la metáfora me conduce sin que yo misma pueda hacer algo para remediarlo. Tengo el tiempo cortándome los tobillos, pide a gritos que me detenga porque hay cosas importantes que debo. Que debo pero no quiero. Que debo pero no quiero. Y mientras no quiera. Y mientras las tachuelas detengan el calendario y se peguen los días a danzas que sostienen una pierna en el aire, un cabello largo y negro en pleno vuelo, si al menos pudiera hundir las palabras en una danza llena de telas y pasos que son estaciones, que son memorias aprendidas, estrellas de plástico que brillan en mi techo. Si acaso fuera posible hospedar cada deseo de mí misma en un silbido. Y después, en las horas de inseguridad busco enloquecidamente mentirle a mi propio miedo, al miedo que está adentro de mis ilusiones, que pesa como un tranvía sin lectores, que no sostengo y no quiero, que me inclina los sentimientos en las ventanillas del alma. Y cuando ya no quiera ver, tampoco tendré agujeritos entre las manos, las lágrimas anudadas a todas las pestañas y distancias y cielos que acaso han perdido el azul violeta de los crepúsculos, como yo pasado ayer. Un cuarto de hora más y mañana por la mañana, la chalina blanca, los anillos de la cordura olvidados en una mesa.

martes, mayo 15, 2007

Así debe ser,
,,,
,,
,




Y después hay tantas cosas.
Que no sabemos.
Que no sospechamos siquiera.
Porque siempre creemos vislumbrar nuestro destino en una sombra. Tal vez sólo sería suficiente cerrar la mano y ver si acaso alguna línea dentro de nosotros se ha dibujado de otro modo, y cada uña crecida trae un mensaje secreto, sin esperas, sin búsquedas, jalando cada día sin popotes retorcidos de por medio, sin masticar la cotidianidad con cada paso, y yo. Entonces yo.
Siento una felicidad tan grande que casi podría creer que todos los árboles tienen manzanas rojas.
Los pensamientos se juntan en medio de nuestra mirada, en medio de las cejas, crean esa disyuntiva entre el miedo y los anhelos, a veces caen silenciosamente como una pestaña sobre la mejilla. Esa misma pestaña puede ser nada o puede ser arrojada como un deseo al que se le sopla una sola vez. Y depende de un nombre, depende de un guiño, de una caricia o de una gota de lluvia que la despida como esperanza, como cajita musical que nos rescata el alma y el sentido de abrir los ojos con muchas más pestañas que son pensamientos como palabras, como la memoria de una persona que estamos destinados a recordar. Ya por siempre.

some words when spoken...can't be taken back...
walks on his own...with
thoughts he can't help thinking...
future's above...but in the past he's slow
and sinking...
caught a bolt 'a lightnin'...cursed the day he let it
go...
nothingman...
nothingman...
isn't it
something?
nothingman...
took the other side...
empty stares...from
each corner of a shared prison cell...
one just escapes...one's left inside
the well...
and he who forgets...will be destined to remember...


Nothingman, Pearl Jam.

viernes, mayo 11, 2007

El viaje es la ola que se azota en el malecón y trae una brisa helada que se esconde en la frente, en la mirada de un extraño que coloca una rosa del desierto justo en el bolsillo de la chamarra. Rostros que duermen bajo el sudor del crepúsculo, sobre todos los pensamientos hay un techo altísimo y blanco, blanco, blanco.
Aquí duelen los dientes. El sudor de los hombres huele a especias, a té de menta, huele al desierto que se mete entre los dedos, en los oídos, entre cada palabra que se pronuncia.
AL Hamdu Lilah.

Y aún así creo que cualquier sueño tiene más relación con la realidad que los pasados sueños. Porque sin darnos cuenta vivimos el futuro. Lentamente los sueños se van cubriendo de la misma madera con la que fabricamos nuestros días reales, quiero decir, los que estamos despiertos, y aún hablamos, aún nos podemos dar cuenta de que cruzando la calle podría ser una rosa del desierto o una carta, como ésta, parte también de cada granito que ha ido cayendo en mi tiempo. Y en algún otro lado podría creer que los verdaderos dioses están tirando las casualidades sobre un juego de ajedrez en donde todo está dispuesto para los hombres, y nosotros podemos arrancar nuestro destino como esas marcas guardadas en los libros, las líneas de las manos, una uña mordida, un caballo calco cansado, una mezquita, una letra pequeñísima.
Estas frases llevan por los caminos como un barco o una vela que se arroja a la oscuridad después de ser azul y amarilla o roja, morada la mirada cuando se apaga y todo deja un silencio, la mente se queda quieta y ya no tiene que correr, tampoco el tiempo, ni los días. Las horas se guardan como un dátil en la mejilla, se va disolviendo el dulce hasta que inevitablemente hay que comerlo. La tarde bien podría ser la mermelada que se queda en la uñas y después el aire es salado, es frío y trae el viento del sur. Los minutos aquí son de esa forma, tan dulce, pero con la promesa inscrita en un billete de regreso. Aquí dicen billete en lugar de boleto. Dicen chaqueta en lugar de chamarra. Dicen peruanitas en lugar de pestañitas. Cualquier cosa podría tener un nombre secreto, una palabra podría estar hecha de arena, podría muy bien ser la rosa del desierto en la chamarra, el apretón de manos o simplemente un guiño. Los frutos de la memoria no caen nunca, siempre se quedan prendidos de las frases,
como las pestañas a las cucharas robadas,
como los olores de la gena en la mano,
ah sí.
Las horas.

El día de hoy nunca más será el de mañana. Las marcas de la tristeza se ven siempre a través de los dientes, de la nariz, de las comisuras que se forman en los labios cuando dos personas se dicen adiós.
Quedan los muros. Queda siempre el tiempo un poco arrojado en las tardes, a veces sólo pintado como las luces que se van a la Meca, imaginarias llegan siempre a tiempo, como lo es esta carta o la voz impregnada en ella.
Chocolate, panecito, ojos abiertos en el salón de té.
No sabes mirar. No sabes mirar a través de un enojo, de escuchar, sólo escuchar.
De mirar a través de esas luces que se alzan y se hunden en la noche.
Una vez más.




Tendría que ponerme la ropa alrevés para repetir un mismo camino.
O dejar que el camino respire por cuenta propia.

domingo, abril 22, 2007

And, I have the Blues

Concierto de Carlos Johnson en la Ciudad de México.
21 de abril de 2007.


And, I have the Blues,
Yeah, I have the Blues.




Los comodines que tiene el destino caen siempre sobre un mantel tejido de eternidad, momentos azules and if you feel alone, just call me…, frases que resumen el sentido de la vida en donde la única puerta de emergencia es una llamada, sólo hay que tomar el teléfono, aunque no se tenga el número, hay que tomar los dígitos de la cola de un gato, de la oreja de una persona a la que se ama, estas cosas siempre se ocultan en los lugares más insólitos, porque la casualidad es absurda, aunque no parezca, aunque se esconda en la racionalidad de lo real, a veces no es así, simplemente hay que llamar antes de que se caiga el mundo por la ventana, y si no se puede al menos gritar. Antes de terminar la noche todo es azul. El asombro cubre el perfil de todas las palabras, I’m leaving in the next train, I’m sure, I’m leaving and everything is going to be ok, baby.
El señor Johnson y su arete de guitarrita.
El señor Johnson y su felicidad en cada poro de su ser.
Esto solamente podría aspirar a ser una crónica de sentimientos profundos, de sensaciones que no se pueden olvidar porque se quedan por adentro de la epidermis, crean surcos en el alma, aparecen como lágrimas en todo el cuerpo, empapan con la voz cada imagen, cada cuerda, cada vellito erizado del brazo. Un año más que tiene mucho de Blues, de metáfora, de pequeños paraísos que se han perdido en un parpadeo, pero aún así entre cada día se puede sentir ese atisbo de felicidad, se abre a la cumbre casi sin darse cuenta, en aquel escenario toca Carlos Johnson, ese señor de barba blanquísima y piel negra, tan negra… Su voz dobla las esquinas de cada hoja en la que se pueda inscribir un recuerdo, una carta, un sueño. La guitarra del señor Johnson tenía en cada canción un orgasmo, y a veces la felicidad se contagiaba por toda la Ruta 61, sus dedos simplemente no dejaban que terminara ese éxtasis, se hacía largo, largo, casi doloroso de tan bello. Lo que escuché de esa guitarra fue un canto a la vida, a lo hermoso que tiene la vida, que a veces parecía un grito de desesperación, de una desolada tristeza pero al mismo tiempo se convertía en arte, se convertía en el propio destino de un tren, con la esperanza de seguir viviendo y esa sospecha de que todo puede cambiar. Ese diálogo que sostenía Johnson con su guitarra, su mirada penetrante, era una seducción a seguir cruzando el umbral de lo maravilloso, era un grito de vida, una vuelta de tuerca a espaldas del destino, una voz que aventó las cartas ya jugadas en el centro de la mesa, en el centro del tequila, en el centro del escenario, Carlos Johnson con su gordura sin igual, con su gran altura y el Blues en las venas. Si la ola de gotitas que van cayendo a la guitarra de Carlos Johnson pudiera encarrilar esa suerte de premonición a lo extraordinario, a lo que nos tiene reservado el destino, entonces, estoy segura, ayer hundió en mí una huella que silba ahora en cada palabra, en cada fibra de los sentidos.



Ayer fue mi cumpleaños y el señor Carlos Johnson me cantó un Happy Birthday Baby. Ahora su voz se ha hecho pequeña, ya encerrada sólo en mi memoria, canta interminablemente, me llama a quererlo, a inscribirlo por siempre entre mis letras.

domingo, abril 15, 2007

Oh freedom is mine

And I know how I feel


Es así. O te decides por otra cosa o simplemente ya sin quejas, ya sin el pequeño odio acumulado en las uñas, it’s a new day. Habría que dejar el rencor detrás de las orejas, el aroma del tiempo se ha desprendido de los encuentros, la piedrita en el zapato que hay que cambiar de lugar, no hay suspiros a lo consabido, el siguiente año estaremos hablando de esto mismo, dentro de diez será la misma novela con diferentes tapas azules, las mismas frases subrayadas que no llevan a ningún lado, sólo se quedan atrapadas, invisibles, imperceptibles pero infinitas. Los paraísos perdidos están ocultos en cada libro que se cierra, son a espaldas del mundo, como son los besos o las caricias tras bambalinas de la cotidianidad. Los besos son extranjeros en esta tierra. A nadie le importa eso que piensas. No puedes con ello. Ah sí. I’m feeling good. Esa quietud aparente del bienestar, de los domingos por la tarde y la felicidad de las medias sonrisas, un capuchino y nos vamos. Por cierto, a ti no te gustan los capuchinos. Pero. ¿Qué importa? No hay capuchino en la casa, sólo americano. No hay sobresalto. Un paso mal dado o bien dado, depende desde donde se le mire. En las pausas se truenan los dedos, se cierran los ojos queriendo abrirlos a otro mundo. El mundo viejo puede ser el nuevo. El problema es el pasaporte, la visa, la llave correcta, el lugar preciso. Alguna de esas combinaciones extrañas que arroja el destino. Lo mismo el deber, el querer se guarda en el bolsillo, mañana y el siguiente fin de semana. Cuando por eso de las siete de la noche comience a subir el olor a azúcar quemada del vecino. Espero que el sopor del atardecer se disipe en las palabras y las hojas que una vez más leo, por aquello de los espejos con agujeros, de la sorpresa en cada cuartilla de Pavic. Así todo el tiempo.
Pavic, humor índigo, amor mío, sueño ajeno.
Pavic, antibiótico para la rutina.
Debes cuidarte y no crear resistencia.
Pasa lo mismo con la escritura, no te separas del camino que se conoce, de las frases ya construidas, al final habrá tres adjetivos que se unan amigablemente al día amargo, huraño pero dócil… tan domingo, al final es eso, taaan domingo, paz del señor, sin nubes porque todo es un infierno. Para decir qué, perdón, qué.
Me pregunto si el fastidio progresivo termina en algún lugar ya conocido.
Podría ser el mismo atardecer. Esa fotografía es todas las fotografías. La ventana, la niña de Murillo, la sonrisa coqueta extinguiéndose en la memoria.





Tantas cosas… y yo ahíta de una sola.


Wake for your sleep

the drying of your tears
today we escape
we escape


sábado, abril 14, 2007

Habría que sobar los pensamientos

como se soba un tobillo...



Y en la orilla de la noche siempre hay un milagro que me alivia, ese pedacito de esencia que se ha quedado en las uñas, el aroma de un recuerdo en mi mente, un puente, un gesto entre los labios y la barbilla. Un abril que ha dejado la realidad en la mesa de un café, de seguir el rastro, la casualidad en dos ramas que se bifurcan y tienen un solo pájaro, un solo camino que en cualquier momento emprende el vuelo. Un año más y a la cama. Me he cansado de dibujar esas quimeras que tienen orejas de conejo, tal vez todas las ideas que espanto de mi mente tienen esas orejas de liebre de marzo, de panzas absolutas o pestañas amarradas a deseos, no sé. No hay luz en la vela, llevo despierta, no mucho, sólo desde que subí las escaleras después de tomar un capuchino (y una dona de azúcar, nariz de azúcar, espuma, tarde). El señor peliblanco de las patillas, prefirió cruzar las piernas, abrazarme en la banca que da a la calle. Los besos, las palabras que se van acercando entre los labios, la felicidad, a veces siento que es tan perfecta que, ah… muy bien podría ser prestada, pero no. El tiempo es lento y rencoroso si el propósito es besarnos, sentir que ocurre como por arte de magia, quiero decir, el encuentro.

sábado, abril 07, 2007

...


Estoy tratando de ver más de cerca. Cada tercer dedo, cuarto, ajá, estamos en abril. No, abril no es el mes más cruel, lo siento pero no hay meses crueles, sólo días, alguna extraña acumulación de días que provocan una ruptura en las frases. Sólo eso, porque pareciera que nada avanza, es así. Sigo creyendo que todo podría ser la entrega de un chocolate a la mitad del estacionamiento. Ya nada es a la cuenta de tres. Me hostiga pensar así, juro que no quiero ser así. Si yo viera esa última frase en un libro le pondría un asterisco.

Te puedo asegurar que aquí adentro
—señala con su palma el centro del pecho
hay una bailarina que se lava los pies con leche.
¿Sabes? Yo bailaría bajo cualquier pretexto.

Me hallaba hundida entre los conejos de peluche y la ventana, el colchón se termina a tres centímetros de mi hombro. Pero nada importa. En verdad. Puedo seguir amando desde este lado de la ventana. La otra vez Andenken me dijo que la belleza es la única idea que ha reencarnado en el mundo. Creo que de algún modo tiene razón. Es posible verla de dos modos, haciendo un binocular con los dedos, pero sólo con esa extraña habilidad de encerrar la mirada con dos dedos, ir haciendo un puente con los tres, alzándolos como antenitas. O también, más sencillo, a través de una piedrita de río que tenga un orificio en medio hecho de modo natural. O bueno, una tercera es en el día de San Juan, pero no estoy tan segura de la tercera.
Hoy no hay lentes oscuros en los que me pueda reflejar. Estoy escuchando las horas acostada en mi cama. La cortina trata de escapar por la ventana. Los colores de la tarde, quiero decir, el azul que se pega en el cristal de la ventana me ha despertado, tenía la boca seca, en mi sueño era de noche, no recuerdo más, mi hombro se enfrió por el marco de la ventana y yo estaba pasmada por las nubes. Ahora estoy a salvo y escucho el maullido de la Negra. Veo la imagen de la cortina desprendiéndose como una hoja de papel y así se va volando hasta la casa de enfrente, primero con mucha fuerza y después simplemente cayendo como un gran velo. Cierro el binocular de mi mano. Abro los ojos. La Negra comienza a escalarme desde los pies y me entierra una patita justo en el estómago. La Negra tiene caspa. Estoy viendo el cielo desde la ventana. Dos nubes están apunto de besarse. Abro la cortina delgadísima para observar mejor ese beso, sostengo la cortina con una mano y la Negra estira su cuello hacia arriba, olisquea el aire que entra. Observo cómo poco a poco se alargan dos bocas delgadísimas para besarse. Un beso largo largo largo que comienza a hacerse profundo, los rostros se penetran, barren sus mejillas. Después del beso se colapsan, se hacen una sola nube, se complementa un beso y todo parece perfecto desde aquí, ya sin ombligos que los separen, lloverá entonces, lloverá sin estrellas ni atardeceres rosas que se coman el azul, que iluminen las palmeras del fondo. De pronto, casi de la nada, un titubeo de la nariz y después las lágrimas. Mientras escribo me muerdo los labios, no sé.
Junto a mí varias libretas abiertas con recaditos que no escucho, han pasado su fecha de caducidad. Sin embargo ya no escribo tantas quejas, creo que me he ido reconciliando con el tiempo. No hay rosas sin avispas. Siempre me queda la esperanza de irme aflojando poco a poco, como mirar, quimbolito, pájaro vogue, maniquí de la literatura, sin rostro ni pies, sólo mostrándose por encima de las ventanas y de las tijeras que cada quien usa para cortar sus ovillos una vez que ya no se puede seguir desenredando, el tiempo o los espejos. Y aún así. Una paz que se pega con saliva al cuerpo de la persona que más amo. Como un timbre que cuesta diez pesos y que tiene la imagen de un ogro sobre un unicornio. Pegado en el sobre, pero sin remitente. En esos sobres está la entrada al laberinto, y es cuando me atropella el te quiero o el te amo, algún sello con la fecha de devolución.
Cosquillita,
paleta de grosella,
marzopa,
pero, I put a spell on you.
Aún no termino de vestirme y ya están encima todas estas ideas.
Pero. El tiempo no se pierde. Nadie puede soltar el tiempo y que se pierda a mitad de un parque transitado como un cachorro sin correa. Sí. Me harto de algunas cosas, como quedarme ganosilla de leer una frase que valga mi estupefacción. Después esa idea que me persigue sobre observar el destino con el ojo de un insecto que tiene miles de ojos, apretando mundos posibles, casillas de abeja. En mi libreta viene escrito lo siguiente: “Una clase más sobre Sócrates con ese grillo pitando en la esquina de la mesa y es una locura (ilegible), una gotita en el coco o el coco mismo, araña peluda”.

(En mi escritorio: un vaso con agua hasta la mitad. Este vaso ha estado junto a mí más de tres días, sólo lo he usado para tomar mi vitamina diaria. Pero está mal seguir usándolo. El problema es que parece limpia el agua y arriba del vaso coloco una foto en la que estoy con Lobo Antunes. Esa foto la tengo en mi atril todo el tiempo, pero ahora está encima del vaso. En esa foto de verdad parece que Lobo Antunes me quiere como yo a él. Creo que es su sonrisa.)

Nota sobre los ogros de abril. (Aquí no hay un cuarto piso. Extrañamente mi escritorio se ha movido de lugar. Fui por un té de limón a la cocina y la Negra hizo un gran esfuerzo para no maullar, aún así cuando el agua comenzó a hervir, la Negra maulló.). Pienso enloquecidamente que hay un ogro en mi closet. Está escondido atrás o adentro de la guitarra, da igual, me da miedo que salga. En realidad lo que me da miedo es que no me deje entrar nunca más a mi closet. Es un miedo tonto. A lo mejor se debe a la cantidad de cosas que hay ahí. Mientras no escuche crecer un árbol. No quiero escuchar el futuro en ninguno de los armarios que me toque tener en esta vida. Además, no debo tener miedo, el único ogro que se me ocurre es Andenken, los ogros tienen dobles uñas, citan a Platón de memoria, esconden el ceño en la mirada y poseen un extraño hechizo que se nota en las pestañas porque nunca dejan de crecer, como las orejas y las narices. Se esconde en mi closet porque le gusta oler mi ropa. Además los ogros no toleran el mal aliento. Y todo a mi alrededor huele a hierbabuena.
Tic
Tac
Tic
Tac
Tic
Tac




...
Love me or leave me and let me be lonely
You wont believe me but I love you only
Id rather be lonley than happy with somebody else
Nina Simone

Café de la Conchita: No salir de ahí, cerrar con llave, aunque esa llave tiembla, yo misma estoy temblando porque nunca sé. Primera vez que dejo de hacer dibujitos para poder entrar aquí. Al cuarto para las doce pasó por mí. Entonces podía ver mi reflejo en sus lentes negros. Yo también de negro pero con perfume en las muñecas. Cuando entré a su carro se quitó los lentes y se hizo hacia atrás para verme bien. Un ataque de besos me compone cada recado que escribo en mi libreta. Nina Simone es una casualidad, si la sueño será comprensible. ¿Pero, por qué? A veces todo me parece tan, tan incomprensible. De verdad.
(Estos recados escritos a lápiz envidian mi pluma roja.)
Sueño: figuritas de sal miniaturas, una flor azul en el cuaderno. Mis sueños, esos que no necesito comprar, tienen más adjetivos que ideas, tienen secretos, mentiras. En algún momento la doctora empezó a hablar con un acento extranjero. Desperté y el reloj marcaba las 16:35. Ni un mensaje. El sol en la panza. El verdadero peso está en los cambios, el peso de cambiarle la hoja a la gran rutina, de querer brincar lo incomprensible, pero al mismo tiempo se tiene que caminar lo absurdo, aunque aún así se siga pensando que lo sólido se desvanece en el aire, no, hay cosas que no se desvanecen. Mirar bien esa eternidad detrás de nosotros, no quitarle la mirada. Esa araña en la cabecera no está tejiendo destinos, está lapidando mis preguntas, esas preguntas que me siguen doliendo por debajo de las uñas cuando rasco las ideas, cuando me crece la comezón o el sol me sigue dando en la cara. Parpadeando sílabas absurdas, una y otra vez, al margen de todo dibujo, y telón y escrito y amor Cacharel.
Lo que quiero es entrar al cubo de arena y cerrar la ventana de media luna.
Café y dona de azúcar: Pero a pesar del ataque de besos, era impresionante la cantidad de nombres que pronuncio mal, porque en cada uno me interrumpía con la pronunciación correcta, misma que yo repetía, perdón, repetía bien.
Luego mi barbilla en su mano, mis ojos miraron hacia todos lados de su rostro.
Encontré una ceja blanca parada en medio de las negras. Desde hace tiempo he tratado de atrapar ese pedacito de tiempo que nos hace ser. Bang, bang.
Miedo: He dejado de sentirme tropezada. Tal vez porque he olvidado que los márgenes sirven para dibujar o hacer anotaciones, los márgenes soportan verdades o algunos secretos.
Escribo porque guardo secretos inútiles.


martes, abril 03, 2007

...


Abril es el mes más cruel; engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
memorias y anhelos, remueve...
T.S. Eliot


Es así: se ha ido creando un hueco entre el paso del tiempo y mi escritura.

No sé: el mismo día que escribo comienzo una lenta depuración, no sé por qué lo hago, simplemente debería seguir y seguir, pero esto me hace perder la noción de lo que quiero decir. Me siento extraviada y no logro hacer un puente para no caerme en lo que se parece tanto al tiempo muerto. Ese tiempo se va atorando, es precisamente ese tiempo lo que crea un tedio incomprensible, pero no hay tedio, me arde por adentro, es un reflujo de ideas que se mete por los oídos y quema, hay un doblez en la rutina y se tiene que sobrellevar lo mejor posible. El tiempo se vuelve cada vez más feroz, se detiene en una banca, en una librería, pero me mantiene a un lado, estoy a un lado y observo, vigilo cada instante cómo va girando sobre un mismo sitio, puede ser la palma de la mano o el pie en el dintel de una librería, el mundo no se observa desde arriba de los bancos, se tiene encerrado entre tantos libros, oliendo a polilla a naftalina y humedad, absurdo como un sueño, pero de manera lineal se niega a caer sin antes abrir las alas.

—Abril es un mes que no existe. Pero al mismo tiempo se parece a un unicornio.

Hoy soñé que traía un traje de corredor de autos y un paracaídas que me negaba a abrir. En ese momento era un poco tonto abrir mi paracaídas. Pero había algo en el sueño que me emocionaba, sentía alegría y no había papeles tirados como otras veces, los papeles tirados ha ido inundando mis sueños. Primero quería escribir todo esto en una hoja y comencé a dibujarme con los brazos en alto para colocar el paracaídas, yo pensaba dibujarme en el aire, aunque en el sueño no lo haría, sólo hasta el final lo abrí en el pasillo de mi casa, se infló por un momento y después cayó al suelo. Desperté y aún era de día. Pero el absurdo supone la ausencia total de esperanza, no entiendo por qué seguir abriendo los libros como si fueran paracaídas o seguir oliéndolos a pesar de todo, seguir oliendo sus páginas aunque sienta que me hace daño. Entonces todo parecería fuera de este mundo, podría ser el pixel en el universo. Un nuevo acorde de la hora. Estoy convencida de que no voy para ningún lado, no quiero hablar con el gato Cheshire, más bien quiero ser el gato. Cualquier lugar estaría bien si todavía hay frases por perseguir. Hoy estuve tocando el piano largo rato, primero calentando los dedos y luego tratando de recuperar lo que he olvidado. Me cansa saber que el fa seis sostenido no sirve. Es como tratar de escribir sin colocar una vocal como la “e”. Tal vez lo mismo está ocurriendo con estas teclitas, pero no en el texto como en mi mente.

—Abril es el mes de mi cumpleaños.

En la última hoja del libro que estoy leyendo, escribí: “a veces es como si me fuera desprendiendo, entre mi pensamiento y lo que me sostiene cuando doy un paso o abro los brazos en espera de que esa alegría...”. Se corta la frase porque la escribí antes de dormir, cuando cerré el libro y sentía el sopor de la tarde. Las gatas a mi alrededor, me pareció que en ese instante, acostada bocabajo y los brazos a los lados, casi podía bailar dentro de mí, en ese momento sólo pienso en besar a Alberto, de manera obsesiva, besarlo, tal vez de lado.

—Nadie contesta el teléfono, lleva más de diez minutos sonando.

Última frase subrayada mientras Sartre escucha a Nina Simone en un bar:

Qué extraño, qué conmovedor que esta duración sea tan frágil. Nada puede interrumpirla y todo puede quebrantarla, bastaría tan poco para que el disco se detuviera: un resorte roto, un capricho. Esa hermosa voz me gusta sobre todo, no por su amplitud ni su tristeza, sino porque es el acontecimiento que tantas notas han preparado desde lejos, muriendo para que ella nazca.


Yo escucho a Nina cuando de pronto me invade por completo el sueño. Me detengo a escribir en la parte de atrás del libro. Tengo la impresión de que ya no es para mí esto que escribo, indefectiblemente se lo estoy dedicando a la persona que amo, por encima de todo existe esa carta imaginaria que sólo podría entender él, también es linda esta manera, aunque no la única. Estoy saltando las piedritas de agua mientras mi mano está en el único lugar a salvo, contigo (que ahora me lees), subo cada escalón, bajo, subo, como si se pudiera caminar más arriba de la banqueta, en los límites de lo amarillo, de la columna de los árboles. De pronto, en una puerta hay un espejo octagonal y me quedo pasmada, porque en el espejo está escrito “refleja aquí lo que quieres y no lo que puedes o debes”.

Y en este momento podría alzar los brazos al cielo y gritar.

miércoles, marzo 28, 2007

...


And if you get in trouble,

Just write and let mi know—

Ethel Waters


Cuando menos me doy cuenta estoy gozando de la felicidad. Es un estado en donde todo lo que me rodea es cómplice de este bienestar; una mano que me toca el cuello por detrás, y esa mano, el reconocimiento de ese calorcito que se acomoda por abajo del cuello de la blusa y me dice que todo está bien, todo está bien, no hay que escribir a nadie como Ethel Waters porque un abrazo embona perfecto con la palabra y el camino, los escalones que hay que bajar para llegar a la librería en donde venden libretas pequeñas, la mirada puesta en una libreta, bella porque está en blanco. Entonces sí es verdad la frase de Time is on my side. Y si yo hubiera comprado la libreta hubiera escrito en la primera hoja: Time is on my side. Yes it is!

Es tanto el goce que ni siquiera lo percibo, tal vez por la cercanía que hay con la paz. Pero hoy ha sido dejarme querer por las pequeñas cosas, quiero decir, todo estuvo perfecto, y comienzo a entender que esta felicidad llena mi corazón cuando desde un hombro voy cayendo al centro de seguridad, a ese límite imaginario que han colocado enfrente del espacio escultórico

y la mirada, los ojos delineados de café y mañanas dejan de ver el sueño, los barandales

gigantes precipicios a un paso de mí, a tres cabezas, a dos piernas que me llevan y

un círculo blanco bien podría encerrar mi alegría a las dos y media

aplazarse quince minutos, tal vez toda la tarde

el sol, el reflejo de mi rostro en unos lentes oscuros, la caminata al borde las piedras que a veces son hojas o son árboles pero siempre un ritual. Me siento realmente plena y sólo me doy cuenta de eso cuando han pasado unas horas y de pronto me descubro tranquila. Me sorprendo a mí misma inquieta porque despierto de esa felicidad, la voy abandonando poco a poco y los pensamientos comienzan su lento bostezo a las ocho de la noche, cuando creo que nada podría salir mal y esa mano en el cuello, aunque se ha ido alejando de mí, de alguna manera sigue tecleando mi nombre en la memoria, se acerca supersónica mientras estoy sola y escribo en mi cuarto.

Sí, la felicidad tiene formas extrañas de manifestarse, es como la sombra que produce una nube y me tiene a salvo por unos instantes, justo como el círculo blanco que promete seguridad, ahí en donde el tiempo ha decidido detenerse un poco, sólo un poco, como los son los besos y los bailes.


domingo, marzo 18, 2007

¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.

Nietzsche


Pero podría ser cualquier lugar en el que yo quepa,

un lavabo

una silla

un librero...

Podría ser escribir.

Ya sé que no me puedo esconder del domingo, ni simular la ausencia que me provoca en el fondo de mí.

Y luego. A veces siento que algunos días me dan dolor de caballo. Mañana es como otro domingo, algo similar porque no hay labores, no hay nada que hacer —aparentemente—, en realidad hay muchas cosas pero ningún tipo de ánimo.

Me prometí a mí misma no escribir triste. No sé. Estoy harta de quejarme. De verdad. A veces siento que cualquier palabra es una queja. Y ya no. Ya no.

Por lo menos hasta algún punto me prometo siempre la vanidad de ser feliz con alguna cosa mínima. Incluso esconderme en un baño que tiene una puerta hacia un patio con bicicletas. O ponerme los lentes que compré por cinco pesos y no le he cambiado las micas. Veo todo desenfocado y sé que hace daño, pero de esta manera veo todo como una fotografía borrosa y me tiene sin cuidado ir así, me quito de encima las miradas de desdén que hay por todas partes. Más bien traer los lentes puestos me hacen ver que en verdad todo tiene un tinte absurdo de ser. Cada movimiento me permite fingir que las cosas son de otro modo.

No me gusta saber de las verdades.

Hace tiempo le dije a Andenken, a mí me gusta que me doren la píldora, de esta manera soy más feliz.

Y sigo creyendo lo mismo.

lunes, marzo 12, 2007

Oh qué será, qué será

...


Isolda me sacó una sonrisa el día de hoy.

No lo podía creer, pero sí.

Me puso una canción que me gusta tanto.

Pero tanto.

En el fondo, tengo que decirlo, me da mucha nostalgia porque es una de las canciones que más escuchaba mi papá cuando vivía con nosotras.

Yo creo en muchas cosas que no he visto, y ustedes también, lo sé. No se puede negar la existencia de algo palpado por mas etéreo que sea. No hace falta exhibir una prueba de decencia de aquello que es tan verdadero. El único gesto es creer o no. Algunas veces hasta creer llorando. Se trata de un tema incompleto porque le falta respuesta; respuesta que alguno de ustedes, quizás, le pueda dar.

Una vez dije que escribiría una canción, que seguramente es algo sencillo, pero la verdad es que no, quiero decir, no es nada fácil. Menos si quiero una historia en technicolor y que tenga esa suerte de ritmo viejo que,

me va quitando las palabras,

que se quiebra,

que me hace llorar,

porque en el fondo extrañar siempre es doloroso,

eso ya lo sabía,

pero a veces lo siento,

dejo de pensarlo para sentirlo como un asalto,

como una canción que de pronto se escucha,

y no puedo hacer nada.

(Suspiro largo.)

Las canciones son recuerdos con esquinas exactas, estas canciones siempre me ponen a pensar tantas cosas, oh qué será, qué será.

Uf, sé que debería dejarlo ya, que es inútil, pero a veces sigue doliendo aunque ya no haya costra, aunque todo parezca bien, en el fondo son fantasmas que tocan a la puerta, que están detrás de cada frase, me tocan el hombro cuando escribo, se recargan en mí, me inclino un poco hacia el monitor como si quisiera asomarme a una foto vieja y mirarla, así, mirarla todo el tiempo.

domingo, marzo 11, 2007

...


Las aftas mentales. Cada vez que la lengua de la asociación las toca, duele. La idiotez de decir: “Dispongo de poco tiempo—”, cuando es el tiempo el que dispone poco o mucho de ti.

Diario de Andrés Fava, Julio Cortázar.


Quisiera estar dormida todo el domingo. Lo siento, pero es la verdad. Todo el domingo dormida. Aunque a veces me despierto con ganas de estar Feeling Good. A veces con tantas ganas de gritar, con tantas ganas de hacer algo más que no sea un rutina en domingo, pero de gritar en buena medida, de gritar mucho. Abrir la cortina delgada que está por debajo de la cortina gruesa, abrir un poquito la ventana que da hacia la casa a la que no han dejado de crecerle plantas y gallos y perros ladrando, y entonces soltar un buen grito, largo, casi como un silbido. Y no me importaría que saliera la señora que calla el perro a callarme a mí, y estaría bien, sé que estaría bien. Ayer vi una película (Little Miss Sunshine), ahí dicen que es necesario pasar por los años difíciles de la juventud, porque es cuando más se sufre, pero que sin ese sufrimiento no sería posible la vida, entonces el señor (que es el tío de Olive) pone el ejemplo de Proust y su obra, creo que es un muy buen ejemplo, porque sin esos años, en los que la vida parece tan insoportable como un domingo, la magdalena de Proust no tendría efecto. Imagino que el domingo es un día adolescente que no termina por crecer nunca, pero que se tiene que admitir y soportar como una piedrita en el zapato, porque sin ese día, no sé, supongo que sin domingos las personas no envejecerían nunca.

Cosa buena, me asomé a la ventana: Está nublado y me enceguece las ideas esa luz blanca. Ayer se cayeron todas las florecitas moradas que había en las jacarandas. Creo que sólo pude disfrutarlas dos días. Aún así para ser domingo, el simple hecho de que esté nublado lo convierte en un buen síntoma. Y no está tan mal: la cama tendida, me esperan los trastes sucios, guardar la tarta de fruta al refri y ponerme a leer, nada mal. Mi té aún no se enfría, podría ser peor. Podría tener una afta real por adentro de los labios. Podría considerar el domingo como una afta, pero en realidad se trata de un libro en las manos, de una paloma con pelaje sucio, de seguir estudiando, (de ir a lavar los trastes sucios, de ir a lavar los trastes sucios, de ir a lavar los trastes sucios y quedar con los dedos como de viejita), peces a la orilla de la taza, papalotes que no ganan en un concurso, Pavlova panza arriba, rumores on dit y la curiosidad de esperar el lunes, la fronteriza hora del domingo que comienza a ordenarse en palabras, pienso, (pienso en ti que me lees, pienso en decirte que te amo, pero ya lo sabes, es la voluntad, la carita del elefante que está arriba del librero) antes de venir aquí, antes de saber que escribiría, antes de hacer cualquier cosa, rey poderoso, blind melon, imaginé o me inventé un piano en la sala, una armónica en C, me lo imaginé en realidad o sólo cruzo con las ideas tres segundos y después, después me voy a la ventana, el cielo, el tema para la novela, mañana, enteramente mío como los sueños y los caballitos de fieltro.

sábado, marzo 10, 2007


¿Qué había hecho? Había turbado la armonía del universo mágico de donde mi alma sacaba la certidumbre de una existencia inmortal. Estaba maldito quizá por haber querido penetrar un misterio temible, ofendiendo la ley divina; ¡ya no debía esperar más que la cólera y el desprecio! Las sombras irritadas huían lanzando gritos y trazando en el aire círculos fatales, como los pájaros al acercarse la tormenta.

Nerval
...


Está nublado y el sol no dará lunares rojos como lollipops. Me gusta quedarme dormida mientras escucho música porque después es la misma música la que me despierta, pasan quince minutos o media hora, el tiempo suficiente para soñar y aún no está la puesta del sol. Y yo. Estoy meciéndome en los colores que escucho. Y yo. Por segunda vez estoy creyendo que el amor, más bien el tiempo, tiempo y amor, son como el vino tinto, bello, pero comienza a meterse sin que me dé cuenta, morados mis dientes, índigo los ojos de Pavlova. ¿Cómo se llama el amor y el tiempo? Ya no el recuerdo.

Ya no tanto una mirada pegada en la médula de la memoria.

I intended to be independently blue...

A la cuenta de tres me iré a la cama. No más Nerval. No más Nina Simone.

lunes, marzo 05, 2007

...


Esos sueños que se resisten a morir son como las fotos que demuestran que una luna llena puede caer al piso y ser el faro de un carro, o ser una luz más en la noche, pero no la luna llena, nunca la realidad visible. Necesito más que una fantasía sobre los hombros, necesito un té de arándano que me cure los riñones. Necesito creer de verdad que existe una luna y un sol incrustados en las jambas de la Conchita. Empujar cada deseo lo más que pueda. Dejar de inquietarme por el nuevo día. Me alegra poder escribir aunque sea tarde, pero no sé si estoy entendiendo ese juego del match point, en donde la red tiene la pelotita verde y todo es adentro o afuera, un lado o el otro, monedita de oro, las dos de la tarde, lunes, debería escribir más despacio, pero no se puede, no importa la conciencia si existe la curiosidad y hace que todas las cartas estén volteadas. Y la curiosidad me puede ahogar de ideas falsas, de historias que me invente, de falsas promesas, de palabras no dichas, de encuentros no realizados. Yo misma comienzo a temblar porque hay un malestar. Y no es el domingo, el malestar siempre es la ausencia de lo que se desea y no se tiene, por fin, necesito la ventana abierta, el frío sobre las manos, necesito irme a sentar a una banca y tener frío, porque así me siento viva, porque de alguna manera extraordinaria sé que estoy bien, me ahorro los escalones de la reflexión, estoy bien y no necesito un gatito enrollado en mi dedo para saberlo. Son cosas que se sienten, y ya, no se van aunque yo quiera que se vayan, se van ocultando dentro de mí como las nubes en las formas o las palabras en la retórica.

Naricita.

jueves, marzo 01, 2007

...


En realidad si no tuviera el paracaídas del sueño hubiera muerto en un sobresalto.

Es así:

Ayer soñé que estaba sentada en una especie de parque, pero en el sueño yo sabía que era uno de los jardines de la biblioteca, como si ésta tuviera varios. De pronto siento cómo alguien me tapa los ojos con sus manos. Esa persona que está detrás de mí soy yo misma. En el sueño sé que soy yo misma y no quiero voltear a verme, me da miedo. Pero antes de que ese miedo se intensifique se acaba el sueño.

Me quedo pensando que hay algo atrapado. No entiendo por qué el miedo a verme a mí misma. Me deja esa molestia intermitente y no le puedo poner remedio, son como pensamientos rebanados, como frases que no terminaron pero que están suspendidas en mi cabeza. Ay, no lo sé, de pronto me siento atrapada. Pero, ¿por qué atrapada? ¿qué es lo que atrapa? Esa es la pregunta. Eso es lo que me deja fría y no sé que es lo siguiente, no sé por qué me tengo que quedar con esa duda. No sé por qué tengo que guardar silencio y tragar saliva, lavarme la cara con un suspiro que dejará atrás algunas palabras, algunos sueños.

En cada arruguita de su mirada está la tristeza, preguntas sin explicación, puertas cerradas, aroma mont blanc. Debería meterme en un baño caliente, comer frutas, abandonar el café, vivir los miércoles con los brazos abiertos a la casualidad de un cuento, tararear un tango con los pies un dos tres, un dos tres. Pestañear voluntariamente sin sentir que la memoria me sabe a membrillo o me sabe a when you’re smiling.

(Tengo una lapicera llena de dulces de mantequilla.)

Y no importa tener una provisión de jabón para manos, de gorritas de plástico y de tantas cosas más que significan momentos, que son todo lo que tengo junto con mis libros. Las alegrías más simples recopilándose como tal vez los cumpleaños, las pausas tristes, los bigotes, las cejas azules, el alma no se puede escapar por la nariz, no. Cuando mi boca ya no haga vapor en la ventana entonces sí, quiero decir, las alegrías que me traen de regreso, que no me destruyen esa parte del olfato. A veces de tanto pensar creo que ya ninguna medicina podría esconder la angustia que siento cuando veo la escultura naif en el baño. Una carta más y la realidad comienza a tomar ese aspecto lleno de encajes pero sin una manga para cubrir el brazo del sol, esa ronchita roja que comienza siendo nada y se va encajando como los días.

Seguiría escribiendo con un lápiz en la boca sin poder pronunciar ya nada, pero tengo sed desde hace varios días, y por más que tomo agua siento que esa sed comienza a marcarse en mi piel como estas palabras que no quisiera buscar en ningún catálogo, que ojalá fueran una casualidad más, pero en el fondo no lo son, tampoco son un sueño.